Alfredo Infante sj. Aquella mujer, aquel perfume. (Lc7,36-50)

Jesús ha sido invitado a casa de un fariseo llamado Simón. Estando Jesús recostado a la mesa, una prostituta entra a la casa a encontrarse con él. Recordemos que estamos en una sociedad patriarcal y además en la casa de un fariseo.

Los fariseos eran celosos de la observancia de la ley de Moisés. La combinación de estos dos elementos: sociedad patriarcal y casa de un fariseo, significa que aquella mujer tenía todo en su contra; lo que está haciendo es una locura, está actuando contra el sentido común, contra la moral y las buenas costumbres.

Se está arriesgando y arriesgando a Jesús. ¿Pero qué le lleva a tal atrevimiento? La fe en Jesús, ella confía que a los pies de Jesús se plenificará su vida.

Por eso relativiza los prejuicios culturales y atraviesa la frontera de la moral para encontrarse con Jesús, es la fe como fuerza interior salvífica, la que le mueve y le lleva a los pies de Jesús.

Al entrar se coloca arrodillada, detrás de los pies de Jesús. La imagen es simbólica, estar a los pies de Jesús es reconocer su señorío, y, sobre todo, es una imagen discipular.

Se coloca detrás, a los pies; los pies representan el camino, la mujer está revelando que Jesús es el camino.

Estando reclinada llora, y mucho, hasta empapar los pies de Jesús, el llanto es la vida derramada a los pies del Señor; derrama su vacío existencial, su dolor, su sin sentido, Jesús lo acoge con misericordia.

Luego, que siente internamente que ha sido liberada de la carga de la vida, comienza a enjugar los pies del maestro con sus cabellos, es la experiencia de la liberación de la muerte, ya su pasado no le determina, está reconciliada consigo misma y con Dios.

Después besa los pies de Jesús, el beso es el sacramental del amor, está haciendo una alianza con Jesús, a los pies, entregándose a su camino.

Finalmente, derrama perfume, el perfume es costoso, su generosidad no tiene medida, nada es más importante que estar y seguir a quien la liberó y devolvió el sentido de la vida.

Es la Pascua de su vida a los pies de Jesús. Simón, el fariseo, está viendo la escena y dice: Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:

-«Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»

¡Qué distinta mirada la de Jesús y la del fariseo! El fariseo ve desde el filtro de los prejuicios religiosos, y no ve a la mujer, sino a la pecadora.

Jesús, por el contrario, ve la dignidad humana de aquella mujer, dignidad que está por encima de cualquier código moral y religioso.

Pero Jesús no sólo reconoce la dignidad de aquella mujer, sino que confronta a Simón con una parábola, mostrando que aquella mujer ha sido más humana y agradecida que él, porque ha experimentado el amor y la liberación en su corazón, en cambio, a Simón, el fariseo, la ideología le ha impedido acoger el paso de la gracia por su vida.

Y, entonces, ocurre, que en esa escena donde Jesús esta reclinado en la mesa, el verdadero banquete se da entre Jesús y la mujer, no entre Jesús y Simón.

La Eucaristía es el banquete de acción de gracias por la vida de nuestro Señor y eso es lo que ocurre en el corazón de aquella mujer, a los pies de Jesús.

Alfredo Infante, sj, Sagrado corazón de Jesús, en vos confío Parroquia San Alberto Hurtado. Caracas-Venezuela.

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