Alfredo Salgado   LO QUE MOISÉS ENSEÑA AL VENEZOLANO DE HOY

El anciano pastor de ovejas, que calcinaba sus penas bajo el inclemente Sol  del desierto, no tuvo otra opción que la de obedecer la sorprendente voz, que omnipotente, salía de la zarza ardiente: “Dile a Faraón que libere a mi pueblo”.

El otrora príncipe en Egipto, devenido en pastor a cargo de unas ovejas ajenas, trató de patalear y sacó excusas,- que fueron pulverizadas por la Divina Presencia,- para no asumir la tarea de liberar a Israel del yugo egipcio. Tal vez lo más valioso que el anciano hebreo tenía a los ojos del Dios de Los Ejércitos, era precisamente su debilidad, de la que era plenamente consciente.

Moisés libró  a Israel de las garras del Faraón, en medio de prodigios y maravillas, bajo la guía del brazo poderoso y extendido de YeHoVaH. Pero ese pueblo que fue librado, bendecido desde lo alto, no fue fiel, dudo, olvidó las maravillas que había presenciado y hubo de pasar 40 años vagando en el desierto, en lugar de los tres días de camino que los separaban de la Tierra Prometida.

Los huesos de la generación que salió de Egipto, quedaron achicharrados bajo el Sol del Sinaí, y solo dos fieles, que no dudaron, que le creyeron a Dios, de los más de dos millones salidos originalmente del cautiverio, lograron ver cumplida la promesa.

Leía y releía estas narraciones de la historia, ¡y claro que las historias se repiten!  En Venezuela se está repitiendo. Las historias bíblicas, que son historia, son un espejo de la condición de los hombres y de las naciones, a lo largo de las edades:

Dios ha ordenado que este pueblo venezolano, sobre el que Él ha mostrado Su favor, esta tierra sobre la que Él ha derramado Su abundancia, sea liberada de tanta indecencia, mentiras y robos.

Pero al igual que 4 mil años atrás, cuando Moisés cargó sobre sus espaldas la infidelidad y las dudas de Israel, de sus líderes, ésta enloquecida Venezuela, da vueltas de aquí a allá, sobre sí misma, a solo tres días de alcanzar la promesa de liberación, y los “líderes” que deberían conducirla, no la conducen, más bien la confunden.

No es casual que la generación política tradicional, cuyo fenecimiento estamos viendo, a pesar de los indudables sacrificios personales que muchos de ellos han realizado, se esté quedando en el desierto y le haya sido vedado el alcanzar la Tierra Prometida de la Venezuela Democrática.

Los políticos tradicionales venezolanos no entendieron el momento, ni el carácter del enemigo que enfrentan, ni el conjunto de degradaciones inducidas deliberadamente en la conducta de las multitudes.

Cerca de la Tierra Prometida, el anciano Moisés envió doce espías a explorar el territorio que debían poseer. De ellos,  diez flaquearon, no confiaron en la promesa que tenían por delante y el pueblo fue incitado a regresar al cautiverio, a pesar de los prodigios que sobre ellos se habían ejecutado.

Los otros dos, Josué y Caleb, confiaron en la promesa divina, y tuvieron razón, y fueron los únicos, de esa generación que fue liberada del cautiverio, que pudo entrar en la Tierra que Fluye Leche y Miel.

Los líderes de la confusión en Venezuela, han dudado y no ven delante de sí, el promisorio panorama que a los venezolanos se nos ha puesto por delante, y quieren volver al cautiverio, pactar con los autores de la injusticia y el engaño. ¡Por eso fenecerán en el desierto, allí quedarán sus huesos!

Los líderes de la conducción, están conscientes de los errores y faltas que, como nación hemos cometido, y por tanto no debemos volver la vista atrás añorando los bienes del pasado, atados a multitud de males.

Queremos poseer la  Tierra Prometida, construirla, cultivarla, señorear sobre ella. Queremos que sea Tierra de Justicia, donde impere La Verdad, La Cordura, La Responsabilidad y El Compromiso.

El liderazgo confundido, nos sacó de Egipto, pero está a punto de dejar a la nación entera cautiva en el desierto, presa de hienas, chacales y serpientes; no se dan cuenta de las ventanas de oportunidades que tenemos abiertas delante de nosotros, añoran sus pactos y acuerdos ocultos con el poder opresor y demente, y se rehúsan a tomar las acciones que den al traste definitivo con esta cleptómana revolución.

La Venezuela Democrática, la Prometida, aquella por la que luchamos, la que no dudamos que podemos y debemos conquistar, será una democracia en la que el peso de la opinión ciudadana será fundamental, la responsabilidad ciudadana será columna vertebral de todo el sistema, el compromiso ciudadano será el cemento que unirá todo el engranaje del Nuevo Pacto Republicano, que relanzará de modo potenciado a esta sociedad hoy enferma, pero que en el nuevo compromiso de vida que, como nación asumiremos, seremos el asombro de las naciones por las bondades que irradiarán desde esta tierra de gracia.

Los venezolanos comunes y corrientes, que tanto coraje hemos mostrado en los últimos años de recrudecimiento de la crisis, que no nos hemos rendido, que seguimos luchando día a día, tenemos sobradas razones para militar activamente en la Fe inquebrantable, en la esperanza, en la certeza de un desenlace favorable a las mayorías decentes, valientes y perseverantes. Las señales están visibles, son evidentes, no dudemos del destino noble que desde el principio, fue establecido sobre nosotros.

No es casual el cúmulo de favores que el Dios Creador derramó sobre esta tierra. Los venezolanos hemos sido inconscientes y desagradecidos, ante los portentos que se han hecho sobre nosotros; no es casual que las multitudes de compatriotas, expulsados del país por la crisis inducida por los opresores, sean el asombro de los pueblos que generosamente nos cobijan.

Es el encuentro con la  grandeza que nos ha sido predestinada, lo que debemos asumir responsablemente para las próximas generaciones, y para eso necesitamos líderes que no duden de nuestro propósito, que conduzcan y no confundan, que agradezcan y no se quejen, que perseveren y no pacten con el mal.

Líderes que crean y que lleven a los ciudadanos, a la Tierra Prometida en la que habremos de construir la sociedad de justicia, paz, orden y respeto, que será faro y ejemplo de las naciones del mundo.

Alfredo Salgado

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