Ana María Hurtado

Sé que no voy a ser políticamente correcta, ni condescendiente, ni equilibrada. Esta foto de médicos venezolanos presentando una prueba para ejercer en Chile me ha sacado de los límites de la moderación: la sola foto es un exabrupto, una desmesura.

No sólo por la obvia TRAGEDIA que para este país significa este desangre de médicos, sino porque me lleva a otras desoladoras reflexiones. Más allá de responsabilizar a este régimen genocida por la catástrofe que vivimos y que impulsa a millones de personas a huir del territorio nacional, quiero también cuestionar.

-¿Qué hemos hecho como país, como universidad, como familia, con nuestros hijos? La fuga de médicos, no es una fuga más de cerebros, o de buena y calificada mano de obra.

-¿Qué clase de médicos hemos formado a partir de las últimas décadas del siglo pasado? Me hago esta pregunta, desde mi corazón desolado de médico. Confieso que mis principios son anticuados, prácticamente decimonónicos, no soy millennalial, y desde allí cualquier cosa que opine al respecto no tiene una base sólida para ser comprendida en el siglo XXI.

Estudiar medicina no es hacer un master en negocios, o una carrera en publicidad y mercadeo; los antiguos considerábamos que era un arte, una ciencia y un sacerdocio, una profesión que ameritaba la entrega de nuestro ser al Otro, al servicio, (lo llamaban vocación de servicio), mis maestros me enseñaron que aun siendo adolescentes, al entrar a estudiar la carrera, nuestra vida ya no era la de los demás adolescentes, primero estaba el servicio y la entrega, uno lo entendía, lo tomaba o lo dejaba.

En ese sentido, no me imagino a Arnaldo Gabaldón, Félix Pifano, Pastor Oropeza y otros grandes sanitaristas huyendo de aquella Venezuela miserable, insalubre al extremo y primitiva, por el contrario, gracias a ellos y a su entrega, nuestro país tuvo logros sanitarios extraordinarios, que lamentablemente se han perdido en este nuevo período de barbarie.

Entiendo que nuestros muchachos, recién salidos de la Escuela de Medicina se sienten amenazados por la crueldad de este país, no pueden salir como “jóvenes normales”, tienen sueldos de hambre, no tiene “futuro”, etcétera, etcétera… todo es válido, pero creo que en algún momento nuestra sociedad se tornó tan laxa en lo esencial, tan ciega y sorda a la miseria y a la existencia de los otros, entregó sus principios humanistas más excelsos al facilismo, al narcisismo hedonista rentista, que llegamos a donde estamos, y ahora, desarticulados, sin brújula, amnésicos de nuestra historia civil, ignorantes de lo que significa ser ciudadanos, sentimos que no tenemos país, hemos hecho literal el epíteto de “apátridas”.

Esta foto no me llena de orgullo, porque nuestros médicos tan bien preparados sean acogidos en otros países. Me siento desolada porque son médicos, sin la memoria de nuestra noble profesión, no son hijos de José María Vargas, ni de José Gregorio Hernández, ni de Rafael Rangel, ni de Luis Razetti, ni de Francisco A. Rísquez, ni de Lya Imber de Coronil.

Están huérfanos, ofreciendo sus saberes técnicos a nuevos patrones, vendiendo nuestra mejor estirpe médica, por el plato de lentejas de la seguridad. Es entendible pero mi arcaica visión profesional me hace pensar que la diáspora médica es mucho más que una catástrofe para la salud del país, es una catástrofe ontológica, ética y espiritual.

Ana María Hurtado

@anamaría hurtado

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