Ángel Alberto Bellorín A DEGRADACIÓN Y EL “YO ACUSO” A LA VENEZOLANA. Sustituya usted los nombres

En mi publicación anterior,compartí un escrito de Rafael Angel Teran Barroeta donde nos recordó la degradación del capitán del Ejército Francés Alfred Dreyfus, cito:

“Las Crónicas forenses internacionales, dan cuenta del famoso caso del Capitán Francés Alfredo Dreyfus, acusado de Traición a la Patria, enjuiciado y condenado por un tribunal a prisión y a la pena de “degradación”, cuya ejecución se realizó el 5 de enero de 1895, a las 9 de la mañana en el Patio de la Escuela de Guerra en París.

En la ceremonia militar, el Comandante de la X Brigada de Infantería, general Darras, frente a sus numerosas tropas pronunció la voz de mando:

-“¡Tercien armas!”, se abrió una puerta en el ángulo derecho del patio y apareció un grupo de soldados de artillería, conduciendo al capitán Dreyfus, quien portaba tres galones de oro en su guerrera y colgando de su costado, el sable.

En esas circunstancias, le fue leída la sentencia y el general Darras le gritó:

-“Dreyfus, es usted indigno de llevar las armas; en nombre del pueblo francés, le degradamos”.

Acto seguido, un sargento le arrancó las insignias de grado, le quitó los botones y adornos del uniforme y le partió el sable de mando en dos pedazos. Dreyfus gritó: -“Habéis degradado a un inocente”.

Dreyfus, pasó 11 años, preso en la cárcel de “Cayena”, en la Guyana Francesa, en la Isla denominada “Del Diablo” (donde en 1941 , otro francés, ese sí un delincuente, Henry Charrière (a) Papillon estuvo preso y de allí se fugó).

Posteriormente, las autoridades francesas descubrieron al verdadero traidor y Dreyfus fue reivindicado moralmente y reingresado a las filas castrenses”. El famoso caso Dreyfus, como ejemplo académico de la “Psicología del abuso militar”, y que debería ser de estudio obligatorio en las Academias militares, por aquello de que la “cuerda revienta por lo más delgado”, no hubiese terminado favorable al sentenciado, si no hubiese intervenido a su favor el notable, respetado novelista y escritor de la época Emile Zola, quien se las jugó todas, a favor de Dreyfus con duros comunicados de prensa, que le costaron hasta el exilio.

Su famoso escrito” yo acuso” publicado en el diario L’Aurore de París, el 13 de enero de 1898, en su primera plana, viene como anillo al dedo a la forma como hoy se maneja la llamada “Justicia Militar”.

Estoy seguro que la gran mayoría conoce el caso, pero a los interesados, y como manera de ejercicio académico ,aquí se las reproduzco :

“Yo acuso al teniente coronel Paty de Clam como laborante —quiero suponer inconsciente— del error judicial, y por haber defendido su obra nefasta, tres años después con maquinaciones descabelladas y culpables.

Acuso al general Mercier por haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores iniquidades del siglo.

Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto, culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político, y para salvar al Estado Mayor comprometido.

Acuso al general Boisdeffre y al general Gonse, por haberse hecho cómplices del mismo crimen, el uno por fanatismo clerical, el otro por espíritu de cuerpo, que hace de las oficinas de Guerra un arca santa, inatacable.

Acuso al general Pellieux y al comandante Ravary, por haber hecho una información infame, una información parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero monumento de su torpe audacia.

Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores y fraudulentos, a menos que un examen facultativo los declare víctimas de una ceguera de los ojos y del juicio.

Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en L’Éclair y en L’Echo de París, una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública.  Y por último: acuso al primer Consejo de Guerra, por haber condenado a un acusado, fundándose en un documento secreto, y al segundo Consejo de Guerra, por haber cubierto esta ilegalidad, cometiendo el crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable.

No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojó sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales.

En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Y el acto que realizó aquí, no es más que un medio revolucionario de activar la explosión de la verdad y de la justicia.

Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito de mi alma. ¡Que se atrevan a llevarme a los Tribunales y que me juzguen públicamente!

Así lo espero”.
Émile Zola, París, 13 de enero de 1898.

Ángel Alberto Bellorín

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