Anónimo El Profesor de las Pancartas en la plaza Bolívar

(Viernes 2 de marzo de 2018 – Caracas, Venezuela) Todo empezó cuando mi madre tuvo la brillante idea de que atravesáramos la Plaza Bolívar del Centro de Caracas para que yo le rindiera homenaje al héroe de la patria. Quién iba a imaginar que mientras Nicolás Maduro estaba en el CNE firmando para mantener la tiranía, un profesor de 70 años estaría honrando con su valor el pensamiento del Libertador.

Al llegar al centro de la plaza notamos que a un costado del monumento ecuestre de Simón Bolívar se hallaba un señor mayor con lentes, cargando un gorrito en la cabeza y un suéter tejido a mano bajo sendas pancartas que llevaba en su pecho y espalda. La pancarta del frente decía:

Con la palabra de El Libertador ni ofendo ni temo.
“Un necio no puede ser autoridad”. (Carta a Santander. 1825)
“Un ser sin estudios es un ser incompleto”. (Carta a su hermana. 1825)
“Es una manía miserable el querer gobernar a todo trance”. (Carta a Santander. 1823)

La trasera decía:

“No hay esperanza de justicia donde no hay equidad ni talento para manejar los grandes negocios de que depende la vida del Estado”.
“Echemos el miedo a la espalda y salvemos la república”. (Emulando a Martí)

-“Este señor es un valiente. Toma fotos”, dijo mi madre por lo que saqué el celular para dejar constancia de su silenciosa bravía. Poco a poco la gente que paseaba por la plaza se acercó a leer con más detenimiento leyendo en voz alta las citas, como un eco que respaldaba lo allí escrito.

Un “sapo” de la zona alertó a un soldado que, celular en mano llamando a un superior y leyéndolo las pancartas, se acercó al profesor para hacer acto de presencia. Poco después llegó un militar, de menor estatura pero mayor rango, para notificarle que debía retirarse de la plaza pues no contaba con permiso para realizar un evento en ella.

Mi madre salió en defensa del señor, alegando que no era ningún evento, que el señor únicamente era un ciudadano que simplemente le rendía homenaje al libertador citando sus frases más memorables.

Otro señor, vestido con traje y de mayor edad, fue enfático a su vez al decir que apoyaba todas y cada una de las citas ahí escritas y que no había ofensa alguna en las palabras del Libertador.

El militar de mayor rango no cedió terreno y dijo que las personas se sentían ofendidas por lo que el señor mostraba en sus pancartas, pero fue recibido por un coro de voces de la creciente multitud presente negando tal ofensa.

-“A mí no me ofende, es el pensamiento del libertador y todo venezolano se siente orgulloso de él. Si a alguien le ofende será porque no es venezolano”, dijo una señora de tez oscura y fuerte voz de la que se hicieron eco otros espectadores.

El militar insistió en que el señor debía retirarse de la plaza, por lo que mi madre se puso al frente y habló con tal pasión en sus palabras, que no pude por menos que enorgullecerme de la mujer que me crió. No recuerdo a la perfección lo que dijo, pero estos fragmentos resuenan en mi memoria:

“A mí como venezolana me conmueve profundamente la expresión ciudadana de este señor, la gallardía de su acto al homenajear al libertador de la nación. No me ofendo, lo apoyo por completo y me planto junto a él. Éste es el sentir venezolano, un señor que sin malas palabras, dice lo que todos pensamos y debemos recordar. Aplausos para él”.

El final de sus palabras fue recibido con aplausos para el profesor, quien miraba fijamente a mi madre, estoico en su porte, asintiendo con su mirada cada palabra que ella pronunciaba.

El profesor se mantuvo firme rodeado de las voces que le apoyaban, se mantuvo firme ante la llamada de los militares para que desalojara la plaza, se mantuvo firme mientras soportaba el inmenso peso de la hazaña realizada: enviar un claro y contundente mensaje en todo el centro de la nefasta revolución.

Mientras las palabras de apoyo iban y venían los militares nos tomaban fotografías, algunos desde lejos y otros desde cerca, pero a cada cámara que veía yo le sonreía. Aquí y allá se escuchaban gritos en contra, pocos tomando en cuenta que estábamos en la cuna chavista.

Fue ahí cuando llegaron unos 7 sujetos, entre 60 y 70 años aproximadamente, a exigirnos violentamente que despejáramos la plaza a base de gritos: “¡Traidores, colombianos, váyanse a su país!”

Gritos a los que el profesor, como respuesta, lentamente mostró su cédula de identidad venezolana. Estos sujetos venían de la llamada “esquina caliente”, un toldo rojo en diagonal al Capitolio, donde los chavistas más radicales y menos racionales se congregan para gritarle improperios y amenazas a los diputados de la oposición y, en ocasiones, incluso agredirlos con golpes y piedras.

Uno de ellos, el más avispado, leía en voz alta las frases para demostrarle a todos los presentes lo ofensiva que resultaban esas citas bolivarianas.

-“Lean aquí, un ser sin estudios es un ser incompleto”, a lo que añadió que estaban ofendiendo al presidente. No pude evitar reírme junto a mi madre, por la impertinencia que el sujeto cometía al leerlas. La risa no duró mucho.

Los sujetos se acercaron al profesor para empujarlo e insultarlo.

-“En Colombia y en la Casa Blanca no te dejan protestar, de una te atacan” dijo un señor al que le respondí:

-“¿Y ustedes que creen que hacen al tratarnos de esta forma?” el profesor, estoicamente, y sin caer en las salvajes provocaciones de irracionales, se mantuvo hierático ante los insultos y empujones.

Uno de los sujetos se acercó por la espalda al profesor en un ataque a traición para arrancarle una de las pancartas que procedió a romper con furia. En ese momento empecé a grabar el enfrentamiento verbal entre los chavistas que decían

-“Aquí no se habla mal de Chávez ni de Venezuela” y los ciudadanos que respondían

-“Nadie lo ha nombrado siquiera”. Los militares, viendo el aumento en la tensión, decidieron ponerse frente al profesor para resguardarlo.

Mientras grabo, veo a un lado que está el tipo que le arrancó la pancarta al profesor y decido enfocarlo. Uno de los irracionales del grupito me pone la mano frente al lente para evitar que lo grabe y se la aparto.

-“Para, para”, me dice. Y paro no porque le hiciera caso sino porque me quedé sin memoria. (COÑO DE LA MADRE)

Escondo mi celular todo lo rápido que puedo, para evitar que me lo roben mientras discuto con el tipo y defiendo mi derecho a documentar lo que está pasando. Me dice que soy un colombiano, que me vaya de Venezuela y regrese a mi tierra.

Le respondo: “Soy venezolano, nacido en Caracas, descendiente de andinos y usted no me va a mandar a irme del país, ¡esta es mi tierra!”

Gracias a esta discusión llegan más chavistas a empujarme, insultarme y decirme -“Borra lo que grabaste o te robo esa mierda, mamaguebo” pero los dejo de lado al ver que otro tipo le arranca la pancarta del frente al profesor y la tira al suelo.

Voy y la recojo para evitar que los chavistas la tomen y la rompan como ya hicieron con la otra. Los militares cubren al profesor y lo sientan en un banquito para protegerlo de los chavistas que siguen insultando y amenazando. Unas señoras lo acompañan y le dan un poco de agua mientras hablan con él para felicitarlo por su valor.

Mi madre conversa con el militar de baja estatura quien le dice que por esta razón quería que el señor se moviera de la plaza, él sabía cómo iban a actuar los chavistas, y por ello insistía en sacarlo lo más pronto posible, para evitar que lo agredieran.

El profesor, con una pancarta menos y con varias amenazas por su valiente acto, es escoltado por los militares fuera de la plaza, y mi madre y yo vamos con él. Al principio uno de los militares pregunta que si venimos con él, mi madre le dice que no, por lo que nos dice “entonces váyanse”.

Mi madre, muy educadamente, le responde que no, que vamos en la misma dirección en la que va el profesor y que vamos a acompañarlo. Dicho esto, los militares caminamos junto al señor con quien mi madre entabló conversación.

Es del Táchira y tiene 70 años, 50 de ellos en Caracas donde egresó del Pedagógico como profesor de Castellano y Literatura (por eso en la publicación lo llamo profesor), cátedra que ejerció en muchos liceos desde el oeste al Este de la ciudad, y haciendo énfasis que en uno de ellos le enseñaba a sus alumnos a leer las citas del libertador y analizarlos semanalmente.

Entre muchas casualidades e historias que nos contó, de las que hablaré en otra publicación, nos mostró su tercera pancarta, que hasta el momento no había sido revelada.

“Nada es tan peligroso como dejar permanecer a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecer y él a mandar, de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

Nos despedimos de él en la entrada de El Metro. Quién pensaría que un profesor jubilado de 70 años se convertiría en el héroe de la patria al que yo homenajearía en la plaza Bolívar de Caracas.

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