Antonio Sánchez García: ANOTACIONES SOBRE CHÁVEZ

No se resolverá ésta, la más grave crisis de la Venezuela del último siglo, sin que se imponga el liberalismo consustancial a nuestra tradición libertaria y la sociedad civil encabece las luchas por aplastar la boa constrictor de la dictadura.

Antonio Sánchez García

@sangarccs

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La absoluta orfandad de un proyecto estratégico para resolver la crisis orgánica que desangra a Venezuela y enfrentar el futuro, tanto del régimen en agonía como de la fracturada oposición a la deriva, induce a una serie de interrogantes, a cual más preocupantes. ¿Se ha autonomizado la dinámica del llamado proceso y sigue cuesta abajo sin aparentes frenos, remedios y/o alternativas? ¿Ha perdido racionalidad, si alguna vez la tuvo? ¿Se han desencajado los resortes que vinculaban a representantes y representados, dividiendo cauces entre partidos y dirigencias, por un lado, y sociedad civil y ciudadanía, por la otra? ¿Cuáles son los objetivos de las individualidades, grupos y partidos que manejan la cosa pública venezolana? ¿Cuáles sus diferencias antinómicas? ¿Es posible hacer política sin motivos, propósitos y objetivos comunes? ¿Quién o quiénes serán los sujetos protagónicos de la liberación? ¿Culmina la aventura ideológica, “narrativa” de Hugo Chávez en la devastación final de Venezuela?

Para emplear como interrogantes histórico trascendentales dos categorías básicas de uno de los grandes historiadores norteamericanos, John Lukacs, ¿cuáles son los motivos, cuáles los propósitos de los factores que controlan el gobierno, manejan la totalidad de las instituciones, disfrutan de la renta petrolera y debieran tener como primera misión evitar que el país estalle en pedazos? ¿O buscan, precisamente, que estalle en pedazos? ¿Cuáles los motivos y propósitos de quienes los adversan? ¿Esperar a que estalle? ¿Existen fuerzas sociales suficientemente auto conscientes como para impedir la devastación final de Venezuela, último recurso del castromadurismo? Si así fuera, ¿encuentran representación en algunos de los partidos existentes? Son preguntas que urgen por respuestas.

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Los motivos de Hugo Chávez y todos cuantos lo siguieron en su aventura golpista estuvieron suficientemente claros desde que comenzara a montar su secta conspirativa entre sus compañeros de armas: asaltar el Poder. Poco importan las razones: ambicionó el poder total nada más tener mando sobre hombres armados y comprender que, disponiendo de las armas de la República, lograrlo era tan fácil como montar la conspiración, mover sus peones y caerle a saco a un establecimiento podrido en sus entrañas que parecía dispuesto a entregarse maniatado y con los ojos vendados a la visita del Mesías verde olivo. Provisto, como todo los caudillos natos, de un olfato propio de hienas como para percibir la descomposición de sus potenciales víctimas. Comenzando por la descomposición de las propias fuerzas armadas, carentes de toda cohesión y verdadera disciplina interior, de toda grandeza institucional y de todo auténtico compromiso con el Estado de Derecho. Carentes incluso de los mecanismos de control interno como para conocer, impedir y proceder contra quienes amenazaran con romper sus obligaciones y sagrados compromisos constitucionales y atentar contra el Estado de Derecho. Equilibrándose siempre entre el poder sociopolítico representativo y hegemónico del Estado – la civilidad – y sus propias ambiciones de poder. Una relación siempre frágil y precaria, resuelta circunstancialmente con dádivas y sinecuras para con la alta oficialidad de una institución fundamental para garantizar la estabilidad del sistema contra sus enemigos internos y el blindaje frente a las tentaciones territoriales de sus vecinos. Por lo menos en la letra constitucional. En la realidad, un nido de ambiciones espurias nunca domeñado del todo y siempre consentido con las sinecuras con que el establecimiento civil pretendía ganarse su adhesión. Las fuerzas armadas han sido desde el 23 de enero de 1958 el convidado de piedra de la democracia. El golpe de Estado fue la sombra permanente que medió en las relaciones entre la civilidad política y el estamento uniformado desde la muerte de Gómez y la autonomización de los ejércitos. Se cuentan con los dedos de una mano los años absolutamente libres de tutelas, amenazas, pesados influjos o conspiraciones, desde el 18 de octubre de 1945. Esas fuerzas internas nunca conjuradas fueron acumulándose hasta explotar el 4F. Traicionando el esfuerzo bicentenario de la civilidad. Jamás plena, jamás en poder de la supremacía, jamás verdaderamente hegemónica. Fue la herencia de Bolívar: echar al mundo un país de soldados y montoneros. Fue la derrota del sueño de Miranda: un país de civiles. Sin bochinches.

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De modo que Hugo Chávez actuó desde un comienzo sin mayores vacilaciones ni angustias: nada más recibir el espadín supo como en una revelación iniciática que ni su acción conspirativa ni los efectos de un eventual fracaso encontrarían sanción alguna. De hecho, aún filtrándose hasta las máximas autoridades de las fuerzas armadas y del alto gobierno el devaneo conspirativo de él y los suyos, fueron dejados en absoluta libertad de movimientos. Estuvo rodeado por la complicidad desde que se convirtió en un oficial de la República. Él y los suyos actuaron en la absoluta impunidad, a plena luz del día y con una decisión sólo limitada, a la hora de las definiciones propiamente militares, por su coraje o su cobardía. Primando la cobardía y contando con la complicidad de su institución y la de todos los otros componentes del Estado. El único imponderable: que a la hora del golpe prometido y encargado del asalto al Palacio de Gobierno, tarea de su única y exclusiva responsabilidad, una bala se atravesara en su camino. Como sucediera con Ezequiel Zamora, su inspirado modelo. Único temor del caudillo que ansía el poder total, según Carl Schmitt: el miedo al dolor y la muerte física.

Antes que consumar esa tarea y mientras los otros tres comandantes golpistas – los tenientes coroneles comandantes Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández – las culminaban con éxito tomando el control de sus objetivos políticos y militares en Zulia, Aragua y Valencia, prefirió no correr el riesgo de una herida o la muerte esperando por el desenlace de los acontecimientos a suficiente distancia del centro de los acontecimientos: el Palacio de Miraflores. Se retiró al Museo Militar desde donde siguió la actuación de sus subordinados, que estuvieron a un tris de asesinar al presidente de la República. Y dio por cancelada la operación global asumiendo la responsabilidad por lo acontecido y postergando la definición estratégica “por ahora”. Si no era él el beneficiario del golpe, que no lo fuera nadie. Lo hizo una vez asegurado por el ministro de defensa, Fernando Ochoa Antich, que su vida estaba a salvo y no encontraría obstáculos en la prosecución de sus objetivos políticos. Lejos de esperar un castigo y arriesgar su vida, sabía que los cadáveres y la destrucción que dejara en su camino, en lugar de encerrarlo de por vida y castigarlo eventualmente con la pena máxima prescrita a tal efecto, lo elevarían al estrellato de la popularidad de un país carente de sentido del orden y de justicia. Y le dejarían el Poder absoluto en bandeja de plata. Era como atracar a un inválido. Uno de sus compañeros de promoción, el comandante Luis Pineda Castellanos describiría el slalom del golpismo cuartelero de los futuros responsables del golpe con punzantes observaciones respecto del dudoso comportamiento que cabía esperar de las máximas autoridades castrenses ante la eventualidad de un golpe de Estado: Hugo Chávez “finalizaría su carrera como militar comandando el Batallón de Paracaidistas ‘Antonio Nicolás Briceño’ en el Cuartel Páez, gracias a la ayuda de Ochoa Antich, porque como habían sido descubiertos y sancionados mandándolos a sitios remotos, le asignaron un cargo administrativo y Ochoa lo hizo comandante de un batallón élite, al igual que a Urdaneta y a Ortiz Contreras. O sea: pongo las vainas en orden: Ochoa puso de comandantes de batallones élites, armados, a tres conspiradores… ¿Estaba o no en la jugada? ¿Creía que Hugo daría un golpe para que Ochoa se encaramara?”

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​Valga un somero análisis de la situación en que se encontraba el Poder Ejecutivo respecto de los otros poderes del Estado y en particular con respecto a sus fuerzas armadas para comprender la hondura alcanzada por la crisis sociopolítica abierta con el llamado Caracazo, los graves motines y saqueos con que se fracturara el respaldo popular al recién electo presidente de la república, vivido a partir del 27 de febrero de 1989. El nuevo gobierno estaba aislado y huérfano de todo respaldo sociopolítico exactamente a veinticinco días de su juramentación de mando. Era un gobierno que nacía bajo un aluvional respaldo electoral pero sin hegemonía ni autoritas. Y, por primera vez en la historia de la joven democracia venezolana, absolutamente aislado respecto de los partidos del sistema.

​En pocos días, si no en horas, el mismo caudillo democrático que fuera electo con una aplastante mayoría de votos y recibiera el entusiasmado respaldo de todos los países de la región y altas autoridades políticas de Occidente – Felipe González, César Gaviria, Willie Brandt, Shimon Peres, el Nobel de la Paz y reelecto presidente de Costa Rica Oscar Arias, Fidel Castro, entre muchos otros – fue puesto contra la pared por la acción hamponil de pequeños grupos extremistas radicalizados que arrastraran a los sectores marginales de la población a ejercitar el deporte nacional del saqueo generalizado. La sorpresa de quien jurara que, cumplido su programa de reconstrucción de la economía nacional y logrado el giro copernicano de la modernización del Estado, saldría en andas del palacio de gobierno, fue tan paralizante, que los motines crecieron, se generalizaron, amenazaran descontrolados con extenderse al interior de la república hasta poner en jaque la autoridad y estabilidad del nuevo gobierno. La reacción de las llamadas fuerzas del orden, en parte las mismas que le servirían de respaldo un par de años después al teniente coronel para dar su golpe de Estado, fue eficaz aunque tardía. Y siempre bajo el descrédito que acarrea enfrentar a las fuerzas armadas contra sectores populares, sin aparente identificación política.

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​A pesar de este traumático inicio de gobierno, los sectores populares no terminaron por quitarle su apoyo a Carlos Andrés Pérez. En gran medida debido al éxito evidente de las medidas económicas implementadas por la llamada “sinceración de la economía”, que redujo el desempleo hasta un tolerable 6% y elevó el crecimiento del PIB en un asombroso 10% anual, un récord mundial, como lo reconocería El Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, a fines de enero de 1992. En parte, debido a la preocupación del plan de gobierno por no desatender a los sectores populares, que no fueron las principales víctimas de las reformas sociales, económicas y políticas implementadas por el equipo de tecnócratas que acompañaban al caudillo andino.

​Las principales víctimas fueron los sectores medios de la población, base del sustento social de la democracia implementada por los partidos firmantes del Pacto de Punto Fijo, consentidos de su sistema de retribución social y habituados a un estándar de vida sólo comparable con el de los países más desarrollados del hemisferio y muy superior a sus reales capacidades productivas por efecto de la sobrevaloración del bolívar. Un caso único en la América Latina de entonces, que hacía de Venezuela un polo de atracción irresistible para las castigadas clases medias del vecindario. Algunos de cuyos representantes se avecindaran en el país huyendo de las dictaduras militares que azotaban al Cono Sur y encontraran en la democracia venezolana libertad y un alto nivel de vida, inalcanzables ambos en sus países de origen.

​Síntesis: el gobierno se alienó el respaldo crucial de sus capas medias, claves en el sostén de las democracias y dominantes en los medios, la academia y la burocracia de Estado, y se aisló respecto del establecimiento político y del resto de las Instituciones del estado, alcanzando una fragilidad que lo hacía fácil blanco de la conjura de sus adversarios, devenidos en sus mortales enemigos pues no aceptaban los cambios económicos que los privaban de sus viejas granjerías ni toleraban la modernización del sistema pues los privaban de sus tradicionales feudos de poder. El clímax de este divorcio sin retorno fue el portazo que le diera su propio partido, Acción Democrática, que despechada por la indiferencia del trato que le dispensaba el caudillo modernizador comenzara por oponerse a sus políticas maestras y terminara por expulsarlo de sus filas. Ya se había desatado la conjura civil montada por los viejos próceres del establecimiento partidista hegemónico, los llamados “notables”, que veían definitivamente afectadas sus sinecuras.

​Carlos Andrés Pérez perdió todo respaldo social y político. Su defenestración y muerte políticas estaban signadas desde el mismo amanecer del post Caracazo. Ni entonces ni luego del golpe militar del 4F lograría conmover a sus enemigos internos, que le habían declarado la guerra y no se detendrían hasta defenestrarlo y sacarlo para siempre del juego político. Imposible olvidar el rol jugado por el fiscal general de la república en la armazón de la conjura legal que le daría el golpe de muerte, a pesar de ser un enconado enemigo suyo nombrado por el mismo Pérez en ese cargo trascendental a instancias de su compañero de partido, Gonzalo Barrios. Quoque, Brute, fili mi.

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El propósito del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, principal beneficiario de esta crisis sangrante, jamás estuvo claro. Cabe pensar que, en principio, su ambición era el poder por el poder. Aunque perfectamente consciente de que la hegemonía dominante en Venezuela era socialista, estatista, populista y clientelar, que en Venezuela hasta la derecha era de izquierdas, que el odio y el resentimiento contra los Estados Unidos se solapaban con los deseos de alcanzar el sueño americano, sin los esfuerzos que comporta, que la democracia venezolana estaba podrida y que cualquier camino que tomara tenía que ser, genéricamente, de izquierdas y su coartada perfecta el castrismo, aceptado y aclamado unánimemente por el establecimiento político, académico, artístico e intelectual de Venezuela, como quedara meridianamente en claro cuando un millar de intelectuales, artistas y toda suerte de miembros legítimos e ilegítimos de la hegemonía cultural de la Cuarta República dominada por la izquierda marxista terminó por arrodillarse en su presencia – invitado de honor del reciclado demócrata andino a los fastos de su coronación – asumir las banderas del socialismo en una extraña mezcla ideológica con el santón de las oligarquías venezolanas de la segunda mitad del siglo xix: Simón Bolívar. Así, el más poderoso y rico de entre los oligarcas aristocráticos de la Venezuela colonial terminaría su resurrección amortajado con las banderas rojinegras del castrocomunismo. Queda para una anotación posterior el importante tema de Bolívar y “el problema nacional” que en 1830 terminara por arrancar de cuajo del cuerpo de la República en formación el puesto de honor conquistado por el Libertador, sometido por los sectores paecistas y anti bolivarianos a “la crítica ponzoñosa y al deseo de exterminar la influencia del Libertador a través del exilio total.”

Si ese era el propósito “constructivo”, el “destructivo” y el que lo llevaría a la cumbre de la popularidad apuntaba a satisfacer el odio de las clases medias contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez por las dificultadas generadas por la crisis económica y su insólito y extravagante proyecto de intentar, por primera vez desde el 23 de enero, implementar algunas medidas de corte liberal. El más odiado de los fantasmas culposos de Occidente. El pretexto: ¿construir una suerte de gobierno provisorio de salvación nacional para ponerle atajo a las corruptelas, vicios y desmanes de los viejos partidos enmarcados en el Pacto de Punto Fijo? ¿Vengar penas y agravios causados por los viejos gobiernos de la Cuarta República y llevar a cabo una suerte de limpieza del escabroso terreno político venezolano para construir a cambio una democracia supuestamente moderna, sana y renovada, pero socialista? ¿O establecer desde un comienzo una dictadura militar con participación civil, al estilo de la de Marcos Pérez Jiménez, con cuya figura coqueteó poco antes de ser electo presidente de la República, pero sin sus delirios modernizantes? ¿Quitar a Carlos Andrés Pérez y montar un gobierno de transición en manos de los notables encabezados por Rafael Caldera, el socio secreto del 4F? ¿Establecer una dictadura unívocamente militar para imponer un régimen de nuevo cuño, al estilo de la revolución cubana y abrir un período de transición hacia el socialismo?

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Dado que en Venezuela, de acuerdo a la sabiduría telenovelera, “según vamos viniendo vamos viendo”, posiblemente ninguna de todas esas interrogantes den con la exacta respuesta, más allá del acto de derrocar a un presidente constitucional mediante un golpe cuartelero, montar un gobierno dictatorial inicialmente provisorio con respaldo de algunos notables de la civilidad y abrir las puertas a una incógnita. Esa indefinición y sus bien guardados secretos de feroz autócrata en potencia fueron la clave que le permitió a Chávez, el Deus ex Máquina de la asonada, sortear los obstáculos y pescar respaldos en el rio revuelto del descontento popular, en especial de las capas medias, que se conformaban con el aspecto más resaltante de sus difusas promesas: castigar al establecimiento político imperante, responsabilizado por todos los males de la crisis endémica que arrastraba Venezuela, particularmente desde el viernes negro del 23 de febrero de 1983, la devaluación del bolívar y la pérdida de capacidad de compra del venezolano frente al dólar. ¿El método de Su Lucha? Estirar la cuerda tanto como aguantara el establecimiento, desafiarlo tanto como aceptara, empujarlo al abismo tanto como tolerara y llegado al borde, darle el empujón y si nada se lo impedía, acabar imponiendo un régimen totalitario. Avanzar paso a paso tanteando la capacidad de respuesta de sus enemigos. Que como dicta la experiencia: toda lucha es de dos. Y si uno baja los brazos, bien merecido tiene su paliza.

Encontró el camino absolutamente allanado gracias a la ominosa retirada y en desbandada de los viejos partidos del sistema democrático, AD y COPEI, ya carcomidos en su decadencia y que no trepidaron en acabar la faena defenestrando al árbol caído y propiciando el asalto a la institucionalidad democrática que los sostenían. Entonces supo que le había llegado su momento. Le llegó de la mano de dos sepultureros del establecimiento: Luis Miquilena y José Vicente Rangel, montados en una turbia y difusa conspiración de los notables. Así llegamos a los Idus de Diciembre. Estábamos finalizando el año de 1998. Fin del ciclo abierto el 23 de enero de 1958. Culminado con el gobierno de quien fuera uno de sus fundadores y para quien, si el poder no era el suyo, que fuera del primer aventurero que lo asaltara. Après mois le déluge. Total, él ya estaba de salida y al borde de la muerte. Cuarenta inolvidables años de paz, democracia y prosperidad estaban llegando a su fin.

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Fueron esos aspectos deconstructivos de su estrategia con los que logró asaltar el Poder el único aparente propósito inicial: liquidar la institucionalidad democrática y montar un régimen militar cívico, cumplido a cabalidad mediante el llamado proceso Constituyente. Una merienda canibalesca que despertó el fervor de los invitados al festín prometido por el teniente coronel: la fritura de cabezas adecas. Primer paso para avanzar hacia la conquista del poder total, luego de dar por muerta la Constitución de 1961, tal como se lo aconsejara Fidel Castro en la primera reunión sostenida en La Habana entre los suyos y el jefe de la revolución cubana luego de ganar las elecciones y antes de juramentarse. “Di que juras ante una Constitución moribunda y luego la entierras” dicen haberle escuchado ordenarle a su pupilo. Plataforma de su programa de gobierno y capítulo esencial de una estrategia montada por los sectores castrocomunistas que ya lo rodeaban, dirigidos por Fidel Castro en persona, su consejero mayor. Al que el Deus ex Máquina le ofrecía recompensarlo con la entrega del país sin disparar un tiro a cambio de darle un puesto de honor, especial y privilegiado en su corte revolucionaria continental. Incluso más destacado que el concedido a su hermano Raúl, el heredero, que pasó a ser el tercero en el orden de mando del castrocomunismo continental.

Se cumplía la nueva estrategia del castrismo, a comienzos de los noventa del siglo pasado ya definitivamente alejado de la vía armada para la conquista del poder en América Latina, dueño eventual del petróleo venezolano – la llave para el dominio mundial, como lo afirmaba en los sesenta – jefe supremo de la Quinta Internacional, bautizada como Foro de Sao Paulo por el papel estratégico que se le condecía a Lula da Silva para el control político de la región, sin siquiera mover las aguas con escandalosos y contraproducentes procesos revolucionarios sino de manera legalista, institucionalista y ejemplarmente democrática, sustentada en dos ejes estratégicos: la conquista de los gobiernos por limpios procesos electorales y la inmediata implementación de Asambleas Constituyentes para apropiarse de los Estados latinoamericanos desde dentro. Exactamente como afirmara Hitler, palabras más palabras menos, desde la prisión de Landsberg, donde dictara Mi Lucha entre 1923 y 1925: “al Estado moderno no se lo conquista desde fuera, sino desde dentro”. Y lo reafirmara uno de sus dilectos, Josef Goebbels, en 1927: “iremos al parlamento y conquistaremos el poder con sus propias armas, desde dentro.” Violar el estado de derecho con la propia complicidad y complacencia de todos sus sectores, desde el empresariado de la industria, el comercio y las finanzas, a la academia, la Iglesia, los medios y la clase política.

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​Contrariamente a la tradición del caudillismo latinoamericano, rural, oligárquico y nacionalista, el de Chávez careció de toda impronta nacional y nacionalista. Eso lo distancia irremediablemente de su antecedente histórico más directo, Cipriano Castro, que se rebela contra el asedio de las grandes potencias imperiales europeas de comienzos del siglo xx, así como de José Antonio Páez, el primer caudillo llanero, responsable a fines de los años veinte del siglo xix de la ruptura con Bolívar, su proyecto geoestratégico de La Gran Colombia, sus ambiciones imperiales y, por el contrario, el impulsor de la afirmación nacionalista de Venezuela a la cabeza de la llamada conspiración de La Cosiata.

​En efecto, la entrega existencial de Bolívar a la liberación continental a partir del establecimiento de la Gran Colombia, sellada en la constitución de 1821, frágil y de corta vida, lo lleva a apostar a grandes bloques de poder y a distanciarse de Venezuela como objetivo primario de su Independencia, como sí sucediera con las naciones por él emancipadas: “Bolívar es elegido Presidente” – de la Gran Colombia – “y como tal manifiesta la necesidad de lograr la Independencia de las otras repúblicas suramericanas para garantizar con ello la supervivencia de Colombia. De ahí en adelante la campaña del sur no tendrá tregua, y como es natural, esto necesariamente desvincula al Libertador de los problemas de Venezuela”. Hasta alienarse el respaldo de sus fuerzas primarias, las herederas de las conquistas de la guerra constituidas en nueva casta dominante y en particular de la juventud que no había participado en los comienzos de la gesta independentista. “En este clima, el partido separatista crece abrigando también en su seno ‘antiguos realistas y patriotas enemigos del Libertador’; se expande un anhelo nacionalista y los hechos se van enlazando a favor de la disolución”.

​El rechazo al proyecto de la Gran Colombia y al ensueño de un continente unido bajo una sola bandera y un solo poder político – Simón Bolívar – alcanzó cotas de indignación y rebeldía en el seno de la sociedad civil venezolana, lo mejor de la cual había librado las batallas por la conquista de la Independencia junto al propio Bolívar, pero estaba persuadida de la necesidad de asegurar la estabilidad del Estado independiente y hacer frente a los peligros de guerra contra las provincias dominadas por los sectores proclives al Libertador y a la Nueva Granada. Francisco Javier Yanes, presidente del Congreso a cargo de redactar la nueva Constitución, escribe: “Venezuela, a quien una serie de males de todo género ha enseñado a ser prudente, que ve en el General Simón Bolívar el origen de ellos, y que tiembla todavía al considerar el riesgo que ha corrido de ser para siempre su patrimonio, protesta que no tendrán aquellos lugar mientras éste permanezca en el territorio de Colombia.” Páez, finalmente, impone su autoridad, pero al precio de una ruptura profunda y definitiva con Bolívar, visto como el eventual causante de una posible disolución de la nueva republica. Y sin lugar a dudas el responsable de los mejores frutos de la nueva República, según reconocimiento generalizado de los historiadores. Hasta la irrupción de la disgregación, el odio y la guerra civil en 1858, cuando se viviera una hecatombe que terminaría por sellar la liquidación de la aristocracia mantuana, dejada en suspenso por la guerra civil libertadora.

Chávez retoma el hilo interrumpido en 1830, niega la obra de Páez al que considera un traidor y se vincula al liderazgo causante de la Guerra Larga para llevar al paroxismo la idolatría bolivariana, de cuya interrumpida obra libertaria y continental se sentía el auténtico depositario. Como todo el establecimiento venezolano, fue un fiel exponente de la religión estatólatra que, a partir de Antonio Guzmán Blanco, que emergiera de esa espantosa guerra fratricida como el líder del liberalismo amarillo, elevara a Bolívar al altar de los héroes y dioses de su olimpo. Criado en un país carente de afanes nacionales que hasta el día de hoy ha sufrido los despojos de su territorio sin mayores traumas, tampoco antepuso los intereses nacionales por sobre la resurrección de los delirios continentales de Bolívar, que posiblemente viera reencarnados en la vocación imperial y expansionista de Fidel Castro. No era, por tanto, contradictorio con su carácter mesiánico y megalómano, el ponerse al servicio del castrismo, rendirle la soberanía nacional y entregarle el uso y administración de las principales riquezas nacionales. El fin de sus luchas no estaba en Venezuela: estaba en la región y, más allá de ella, así luzca desorbitado, en el planeta. Efectuando una doble pirueta de revisionismo histórico: condenar y maldecir a José Antonio Páez, la primera expresión de los intereses nacionales y a quien se deben los primeros treinta años de estabilidad, prosperidad y paz republicanas, mientras fetichizaba la figura de Bolívar hasta pretender que su muerte había sido obra de los sectores que, con Páez a la cabeza, lo relegaron al olvido. Por sobre Bolívar, sólo Fidel Castro. De allí su decisión de entregarle su vida.

​“La separación se efectuó en 1830. El General José Antonio Páez al frente de del movimiento disolvente se convierte en el líder de la constitución del Estado venezolano y su influencia no dejará de sentirse de manera determinante en las primeras décadas de este proceso.”

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El paso siguiente, a saber la justificación ideológica del para qué de ese régimen militar cívico quedó en manos de la nebulosa del llamado socialismo del siglo xxi, un programa jamás definido por sus asesores extranjeros – Ceresole, el peronista argentino con atisbos carapintada, a la cabeza, desplazado luego por el teórico marxista Heinz Dieterich, inventor del llamado Socialismo del siglo xxi – salvo en sus aspectos más populistas: unión del caudillo, los ejércitos y el pueblo, montar un sistema de clientelismo y respaldo gratificado con becas y misiones financiados con los fastuosos ingresos petroleros, hasta malbaratar en 10 años de gobierno más de dos millones de millones de dólares, vaciar las arcas fiscales, enriquecer a una nueva burguesía – la llamada boliburguesía – y devastar la infraestructura económica y productiva venezolana. Un saqueo sistemático a las tradiciones históricas venezolanas y una usurpación descarada de la franquicia bolivariana harían el resto. Al extremo de ultrajar los restos del Libertador, entregados a la voracidad de paleros, santeros y brujos cubanos y fabricar una versión castrochavista del libertador: una imagen lambrosiana que le quitaba toda prestancia, toda genética mantuana y lo convertía en un forajido negroide, de rasgos burdos y mal agestados. Digno capataz de un colectivo. Su base social de apoyo, las populosas barriadas de la marginalidad, que a falta de proletariado podían servirle de carne de cañón conquistada y seducida con la renta petrolera. Su gestor internacional, el Foro de Sao Paulo bajo la comandita de Fidel Castro.

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Será tarea del futuro desvelar en todo su horror el arsenal de medios e instrumentos empleados por Fidel Castro para dominar y controlar espiritual y materialmente al caudillo venezolano. Si en los subterráneos de palacio hedía a restos de animales sacrificados por santeros, paleros y brujos cubanos, importados por cientos desde La Habana, empeñados en ganarse el espíritu del teniente coronel y asegurarle éxito y vida eternas por encargo de Fidel Castro, la necesidad de convencerlo de su estirpe bolivariana y de empoderarlo con sus ideas, emociones y vigores llevó a los más escandalosos procedimientos, transmitidos incluso en vivo, en directo y por cadena nacional. La necesidad de culpar a Páez y los electores del Congreso Constituyente de 1830 del asesinato del Libertador llevó al insólito ultraje de sus restos y a la manipulación de sus huesos con fines esotéricos. Sortilegios y actos de brujería afrocubana ingresaron al arsenal con que el chavismo venezolano “exorcizaba” a sus enemigos. La televisora del Estado se encargaría de transmitir a santones de la marginalidad religiosa fumando sus condenas y humeando al edificio de El Nacional con inmensos cigarros seguramente de procedencia habanera. Al rojo rojito de la militancia se le agregó pinceladas blanco blanquitas de la santería. La transfusión de sangre y cultura entre las dos repúblicas hermanas subyacía al propósito de unir a Cuba y Venezuela en una nueva realidad sociopolítica, un proyecto animado por los dos Castro y Hugo Chávez, que enarbolaba la bandera cubana montado sobre un carro a alta velocidad en medio de sus paseos de masas como Ulises volviendo a Itaca. Y se llegó al colmo de izar la bandera cubana por sobre la venezolana en el techo de los principales cuarteles del país. Los expertos en manipulación de masas que servían de asesores de Palacio han de haber creído que el socialismo podía contagiarse por osmosis. Mientras se escenificaban estas maromas propias de la espiritualidad del más enraizado subdesarrollo, se cambiaban los cuadrantes y se corrían las determinaciones temporales – sólo media hora, como para indicar que Venezuela estaba a medio camino entre Caracas y La Habana -, decenas y decenas de miles de soldados cubanos invadían nuestros cuarteles y otras decenas de decenas de miles de cubanos se asentaban en nuestras barriadas con el pretexto de planes sanitarios de cuarta y quinta categoría – aspirinas para el cáncer – la renta petrolera traspasaba cinco mil millones de dólares anuales y más de cien mil barriles de petróleo diarios para satisfacer el hambre congénita de la revolución cubana. Y un cordón umbilical llevaba por las profundidades del Mar Caribe todas las claves cibernético policiales del poder del Estado transfusionado. Notarías, registros, documentos de identidad pasaron a manos de funcionarios del Estado cubano alegando experticia. La Venezuela de Chávez se desangrado echada sobre una camilla del Banco de Sangre del Palacio de la Revolución. Jamás se vio procedimiento más vampiresco y draculiano de colonizar, una isla miserable y envilecida, a un gran país arrodillado humillado y escarnecido por propia voluntad.

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La estricta verdad histórica es que detrás de toda esta siniestra mascarada, de esa nueva ideología del “socialismo del siglo xxi” – “toda ideología es un extravío”, ha escrito Jean François Revel – enarbolada como arma de conquista por Chávez nunca hubo más que Chávez de carne y hueso: el hijo zagaletón, extrovertido, malcriado y malquerido de unos maestros barineses que se deshicieron de su estorbo entregándoselo en crianza a una abuela más paciente y tolerante que ellos y que devendría gracias a la gratuidad y benevolencia de la enseñanza militar venezolana – el medio más expedito, rápido y gratuito para que la pobresía provinciana arribe sin grandes esfuerzos ni sobresaliente inteligencia a ocupar un puesto privilegiado en el macrocefálico, invertebrado y expansivo aparato burocrático de Estado en Venezuela – un clásico y arrollador caudillo llanero, como mandado a hacer para las circunstancias todavía semirrurales venezolanas en versión rejuvenecida y mejorada de los de antes, esos que Juan Vicente Gómez terminó por aplastar en 1903 y por vericuetos y vaivenes de una historia jamás metabolizada y asumida resurgía en gloria y majestad desde las costras de las polvorientas determinaciones fundacionales. Una suerte de retorno al pasado vestido con una “narrativa galleguiana”, como dijera sin entender lo que decía el provincial de la Compañía de Jesús, Arturo Peraza, quien sin saber que “carece de sentido decir que cuando una ideología esta muerta hay que sustituirla urgentemente por otra (pues) sustituir una aberración por otra aberración es ceder de nuevo al espejismo” como afirmara Jean François Revel en el libro y página citados, quisiera una oposición montada en otra ideología. En otra narrativa “positiva”, como, dice él en el colmo de la ignorancia, la creara Chávez respaldándose en Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. ¿Nuevos aires vaticanos? Sólo tú, estupidez, eres eterna.

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​La narrativa impuesta por Chávez no tuvo en absoluto que ver con Doña Bárbara, propiamente rural y pre moderna, de tiempos de haciendas, del combate de la civilización contra la barbarie, del enfrentamiento entre montoneras y bandidaje, pero sí, y mucho, con la castrista, a su vez antecedida por Perón y prefijada por Adolf Hitler. Fue la narrativa propiamente caudillesca y populista de la política como espectáculo de masas, como artificio de ventriloquia. Del caudillo como entertainer, como presentador de televisión, un fabulador circense capaz de seducir multitudes y encantarlos haciéndoles creer que no era más que el vocero del pueblo, el mediador, el prestidigitador, el ilusionista de esperanzas, la voz por la que se expresaban las mayorías. Y así, en el non plus ultra de la manipulación telemática, gobernó desde un set de televisión, desde donde nombró y destituyó ministros y altos funcionarios de gobierno, ordenó expropiaciones al paso con un simple : “¡exprópiese!”, humilló colaboradores, ofendió a diplomáticos, ministros y presidentes de países amigos y hasta declaró la guerra – contra Colombia, tan de pacotilla y tan farsantesca que los soldados no acabaron por llegar a la frontera.

​Un juego de espejos y vasos comunicantes mediáticos puestos a su disposición y servicio – pantallas, periódicos, columnistas, forjadores de opinión de medios radiales, televisivos e impresos – le permitían crear una matriz de opinión, la suya y de quienes constituían su personal de servicio político, hasta convertirla en necesidad ideológico alimentaria de las grandes mayorías nacionales. Sin la televisión no hubiera existido el chavismo, sin los segundos de pantalla exclusiva que lo elevaran al estrellato no hubiera existido Chávez, sin el respaldo de los medios de circulación nacional y las principales cadenas radiales y televisivas del país su impacto no hubiera tenido la asombrosa velocidad que tuvo y la repercusión de efectos inmediatos que logró.

​La principal característica del golpe de Estado fue su naturaleza sorpresiva, inesperada, reveladora. Explotó como un rayo sobre un país a oscuras, mayoritariamente convencido de que esas cosas ya no pasaban ni pasarían nunca jamás en Venezuela. Treinta y cuatro años después de derrocado Pérez Jiménez y poco menos de las derrotas de los intentos golpistas de la extrema derecha y la extrema izquierda a comienzos del período democrático. Salvo los poquísimos enterados, nadie se lo esperaba. Cayó como una bomba la medianoche del 4 de febrero de 1992, prácticamente en simultáneo con el regreso al país de Carlos Andrés Pérez, mareado por los éxitos obtenidos en el Foro de Davos, del que volviera esa misma noche. Fuera porque las autoridades militares y de inteligencia ocultaron los antecedentes que hubieran podido desmantelarlo, y de los que, como se sabría después, había abultados indicios e incluso pruebas concluyentes desestimadas por el propio presidente de la República, ensordecido hasta el autismo por una incongruente auto valoración, fuera porque el presidente de la república se negaba a otorgarles el menor crédito. Absolutamente convencido de su autoridad incuestionable, de la misión de alto vuelo en que estaba empeñado, del eco que encontraba en los medios internacionales. Si bien algunos amigos muy cercanos, como el presidente de España Felipe González, lo previnieran con la debida antelación. Los rumores de un golpe inminente ya habían llegado a los oídos de algunas cancillerías, pero chocaron con la indiferencia de quien se creía predestinado a triunfar.

​El solo hecho de haberse realizado en esas circunstancias y de haber contado con el factor sorpresa, así fracasara en el terreno propiamente militar y político inmediato, constituyó un sonado éxito en el mediano y largo plazo. Desmembró para siempre la hegemonía imperante, fracturó la columna vertebral del gobierno y rompió irremediablemente el hilo constitucional. Continuidad con la asonada motinesca del 27 de febrero de 1989, puso fin a los esfuerzos reconstructivos de Carlos Andrés Pérez, liquidó el sistema de Punto Fijo y cerró irremediablemente el ciclo liberal democrático. Todo lo que sucediera entre el 4 de febrero de 1992 y el 6 de diciembre de 1998, fecha de la victoria electoral de Hugo Chávez al frente de una amplia alianza política de todos los sectores del espectro político nacional, no fue más que la necesaria transición a la dictadura. Como el asalto al Cuartel Moncada: un fracaso exitoso que desmembraría para siempre los sistemas de dominación hasta entonces imperantes.

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Así, en el entrecruce de la crisis, el fantasma nunca domeñado de las montoneras pudo más que la ficción de la modernidad democrática, tampoco jamás asumida y metabolizada. De un brinco volvimos al turbión de la guerra larga. Ni partidos ni organizaciones, ni Estado ni Instituciones. Una fantasmagoría: el caudillo redentor. Un Ezequiel Zamora en versión Maisanta. Para no ir tan lejos: volvimos a los tiempos de El Cabito, como se le llamara a Cipriano Castro, el audaz y desenfadado pequeñajo que se hiciera del poder con la típica bravuconada decimonónica venezolana, armando una soldadesca en los Andes y bajando al centro del país para restaurarlo con mano dura. Porque, como escribiera infatuado de su poderíos Simón Bolívar desde Angostura, “en Venezuela gobierna el que puede, no el que quiere”. Fue cuando en Venezuela, según Pío Gil, “el Hambre de la Restauración, más que el despotismo del Restaurador, había apagado el pensamiento en los cerebros, la energía en las voluntades, la contractilidad en los músculos, la vergüenza en los rostros.” Y para quien con Cipriano Castro había surgido un nuevo concepto de Patria: “Para los nuevos patriotas, la Nación no tiene dolores innombrables, sino pezones inagotables. No los seduce la gloria, sino el hartazgo. En ellos el amor a la patria es el amor a la ubre. El ósculo se dibuja en sus labios con el rictus de la succión. Su patriotismo no besa, sino mama”. Con una diferencia abisal, que favorecería el atractivo, las dimensiones y la profundidad que alcanzaría la devastación chavista: los mamadores del siglo xxi no disponían tan solo de cacao, añil, café, algodón, ganado en pie y cueros, únicos productos de exportación de la Venezuela del Cabito. Dispusieron de una prodigiosa vaca petrolera y los mamones succionaron desde todas las distancias del planeta de las mayores reservas petrolíferas de Occidente. Para su gigantesca fortuna, al más elevado precio alcanzado en el mercado mundial por el barril de petróleo en toda su historia. Sobre las espaldas de la Venezuela invertebrada cayó el mayor flujo de divisas de su historia. Una lluvia incandescente de oropel que fue devorada, chupada, mamada y exportada con la voracidad de hambrientos insaciables. Sin dejar ni rastros, salvo la devastación, un cuarto de millón de asesinados, una manga de militares rapaces enriquecidos para una holganza eterna y de lujos innombrables que no servirán de nada. La Venezuela chavista se convirtió en la Jauja planetaria. Su capataz, en el hombre más rico y dadivoso del mundo. Al cabo del carnaval, los hospitales no cuentan con medicamentos, los niños se mueren de mengua, las escuelas se derrumban, las colas alcanzan dimensiones kilométricas y ni siquiera para los perros hay comida. Un infierno.

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Fue entonces cuando los hechos me llevaron a releer a Ramón Díaz Sánchez y su extraordinaria biografía sociopolítica de Antonio Leocadio Guzmán y su hijo, Antonio Guzmán Blanco: Elipse de una ambición de poder. Una de las más deslumbrantes radiografías del siglo xix venezolano, con su perfecta cartografía de vicios, lacras, crímenes, estupros, traiciones, robos e iniquidades. El espejo perfecto para ver retratado a Chávez en el país de las maravillas.

Los países suelen atenerse a las posibilidades que les fueran prefiguradas en sus orígenes. Suelen ser lo que fueron. Difícilmente serán más que lo que pretendieron llegar a ser. El siglo xix venezolano dejó una copia al carbón que bien podría servir de guía de perplejos. Y pocos países de la región se han mantenido más apegados a lo que fueran que la Venezuela súbitamente enriquecida gracias a un accidente geológico, casi sin la intervención de la mano de sus hombres. Durmió en la mayor pobreza, arrastrando el sino de una sociedad agraria y polvorienta, malherida por sus revoluciones, medio deshabitada, palúdica, plagada de enfermedades endémicas, analfabetismo y minusvalía, “un cuero seco que lo pisas por un extremo y se levanta por el otro”. Como la describieran sus capitostes. Para despertarse súbitamente y sin que nada ni nadie se lo avisara enriquecida a borbotones por un chorro de petróleo que le hizo titular al New York Times: en Venezuela brotó el mayor manantial de petróleo del mundo. Valdría la pena intentar reconstruir la farsa de esta comedia hegeliano-marxista – una vez como tragedia, la segunda como farsa – de la historia del chavismo sobre el telón de fondo de esa Venezuela caudillesca y rural, pero rica en desmesuras. Con el inconveniente de que en nuestra historia se superponen las farsas. Las mismas traiciones, los mismos saqueos, las mismas prestidigitaciones, los mismos pretextos. Un mandón voraz e irresponsable, refocilándose en la lujuria del Poder, con un país, sus mujeres y mercaderes rendidos a sus pies, una corte de mamones y asaltantes de camino y una contra corte opositora de obsecuentes y oportunistas. Del parlamento que servía con absoluta y lacayuna obsecuencia al Cabito, escribiría el joven Gallegos en 1909, sin siquiera imaginar que un siglo después se repetiría la historia como en una novela de ciencia ficción: “Harto es sabido que este alto cuerpo en quien reside, según el espíritu de la ley, el Supremo Poder, ha sido de muchos años a esta parte” – así lo describía en la revista La Alborada – “un personaje de farsa, un instrumento dócil a los desmanes del gobernante que por si solo, convoca o nombra los que han de formarlo, como si se tratara de una oficina pública dependiente del ejecutivo y cuyas atribuciones están de un todo subordinadas a la iniciativa particular del Presidente. Naturalmente éste escoge aquellos delegados entre los más fervorosos de sus sectarios, seleccionando, para la menor complicación, aquellos partidarios incondicionales cuyo más alto orgullo cifran en posponer todo deber ante las más arbitrarias ocurrencias del jefe. Estos son los hombres propios para el caso y como además, en la mayoría de las veces, adunan a esta meritoria depravación moral, una casi absoluta incapacidad mental, la iniciativa del Presidente, después de ser posible llega a convertirse en necesaria”. El jefe, entonces, era el Cabito. Ahora no sabría distinguirse entre el presidente de la república o el presidente del congreso, que a los efectos da absolutamente lo mismo. Pero de lo que no cabe dudas es de que entre la fauna de esos sectarios, trepadores y lameculos, sobran los Ricardo Sánchez y todos y todas aquellas a quienes cabe endosar la radiográfica descripción del futuro autor de Doña Bárbara.

Lo narrado por Gallegos a comienzos del siglo xx acontece a comienzos del xxi al cabo del más descomunal asalto a las riqueza de una Nación, de las mayores pruebas de obsecuencia, servilismo y amaños, de los mayores saqueos y expolios en un país literalmente devastado, tras el mutis de su responsable mayor y la herencia de una cabilla de analfabetas y forajidos. Vamos a una nueva elecciones parlamentarias bajo las mismas coordenadas que escandalizaran al más grande narrador venezolano. Fin del flashback.

Sigue la historia.

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Muerto Chávez en tierra ajena, como casi todos los caudillos venezolanos, pero no como Bolívar, como Páez, como Guzmán Blanco, como el Cabito, como Pérez Jiménez y nuestros dos grandes líderes democráticos Rómulo Betancourt y Carlos Andrés Pérez, muertos en el destierro, en su caso por propio gusto, pues para él su tierra era Cuba, a la que amaba y no Venezuela, a la que odiaba, y caídos los precios del petróleo, hemos comenzado a vivir el fin de la rumba. Si bien no termina por anunciarse el despertar. Sólo ha sobrevivido la estructura policíaco militar capaz de sostener, mediante la represión y el abierto ejercicio dictatorial a una sociedad invertebrada en manos de un régimen acéfalo, pandillesco y neo castrista, sin ningún otro fin que sustentar la fantasmagoría de la única verdad objetiva armada en estos dieciséis años de desgobierno: la entrega de la soberanía a Cuba y el saqueo y traspaso de gran parte de su renta y sus reservas internacionales para los fines del sostenimiento de la tiranía cubana y posibilitar la expansión de sus políticas en la región instrumentadas a través el Foro de Sao Paulo. Por cierto: ante la benevolencia de Washington y el Vaticano. La recompensa, fuera de los abalorios de la adulación y la gloria universal de los sectores y gobiernos afines: una parte importante de la estructura represiva financiada y asegurada mediante el manejo a gran escala del narcotráfico. Chávez, el caudillo que hiciera delirar de entusiasmo a las mayorías, no fue capaz más que de amortiguarle la vejez a Fidel Castro y alfombrarle las trochas hacia el copamiento de todos los gobiernos de la región inyectándole sus billones de dólares. Su país natal, para utilizar una expresión de su amado populacho, siempre le supo a ñoña, lo arrastró consciente y sistemáticamente al matadero. Fuera de unos mamarrachos de su escultora y su pintor preferidos y algún artificio del arquitecto de la corte, no dejó nada. Lo que quedó de Venezuela tras su paso fue una tierra arrasada. Ya comenzaron a arder sus imágenes en las fogatas de la desesperación. Nos aguarda un futuro impronosticable y una ciudadanía consumida por las penurias y la desesperanza.

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Visto estructuralmente, la parodia de Estado venezolano está constituida por sus fuerzas armadas y sus pandillas nazi castristas que controlan distintas parcelas del Poder y se reparten parte del sobrante, manejados como marionetas desde el Palacio de la Revolución habanera. Más el respaldo de la marginalidad gansteril, organizada en colectivos y fuertemente armadas para mediar en los conflictos entre las fuerzas armadas – ocupadas en enriquecer a sus altos oficiales – y el grueso de la población sujeta a la brutal inseguridad que azota a los barrios y urbanizaciones de todas las ciudades y poblados de Venezuela. Venezuela es el reino de sus pandillas criminales. Ya asesinan a ancianas nonagenarias y a niños que aún no aprenden a caminar. No existe socialismo del siglo XXI ni del siglo XX, no existe capitalismo, no existe una democracia social, no existe una suerte de nuevo estado de derecho. No existe ni siquiera un parapeto del paraíso prometido. Como siempre: un infierno. El chavismo era agua de borrajas, palabrería, remolienda, repartija carnavalesca de dinero y montaje de un sistema de control social sostenido por la billetera y las entrepiernas del caudillo. Ni una sola idea, ni un solo proyecto específico: populismo petrorentista, cero productividad, cero instituciones, armazón de pandillas voraces. Un basural. Más nada.

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Se ha llegado así al colmo de las dictaduras: reprimir para sostenerse, hacer de ese sostén y esa represión las únicas políticas visibles del sistema y cerrar el círculo vicioso del poder dictatorial: reprimo, luego existo. Tautología pura: mando porque puedo, puedo porque gobierno, gobierno porque me sale de las entrepiernas. Y al que se oponga lo encarcelo, lo echo al destierro o lo asesino. Su única racionalidad: alimentar a las mafias que lo componen con franquicias del asalto: el narcotráfico, la buhonería, el robo de las arcas fiscales, el descarado enriquecimiento. Continuar al servicio del traspaso de la renta sobrante al gobierno cubano y terminar por desquiciar toda institucionalidad reinante. En rigor: cumplir con el único propósito de la tiranía cubana: hacer desaparecer del mapa de la región a la República de Venezuela. Poner sus recursos al servicio de hacer desaparecer las democracias de América Latina. Servir a la aniquilación de los Estados Unidos y de la hegemonía capitalista. Terminar por descoyuntar a Occidente. En una siniestra alianza con el talibanismo islámico. Estúpidos sueños de una noche de verano.

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No existen otras razones para el caos creciente y la disgregación de nuestra sociedad, el colapso existencial en que caen amplios sectores de la población, la ininterrumpida emigración de sus jóvenes. Lo que, al parecer, aún no es comprendido del todo por los sectores llamémoslos opositores sobrevivientes del naufragio de la República. En un caso de patético autismo y celebérrima ceguera, los trasnochados y agónicos liderazgos se niegan a comprender la dimensión planetaria de la crisis y la parte que en ese asalto juegan consciente o inconscientemente los grandes poderes occidentales, Washington, Europa, el Vaticano. Que hilan con un entusiasmo digno de mejor causa la soga con la que podrían ser maniatados y ahorcados. Por ilusorio y funambulesco que sean tales delirantes propósitos.

He reflotado mi interés por la trágica visión de Orwell, la gigantesca gravedad de la crisis de entreguerras que derivara en el espanto genocida del nazismo hitleriano y del totalitarismo soviético, el peligro moral que amenazó con el apocalipsis de Occidente y el derrumbe de las certidumbres del mejor iluminismo dieciochesco, la victoria de la libertad gracias al heroísmo, la lucidez y el coraje de grandes estadistas, como Winston Churchill, capaces de encender la antorcha que iluminara los tenebrosos caminos que le cerraban el paso al futuro, para que al cabo de medio siglo, luego de la implosión endógena del socialismo, cuando se abría la posibilidad objetiva de dejar atrás y para siempre el desquiciamiento de las utopías, Occidente olvide todas las enseñanzas, siga emborrachada los trillados errores del marxismo, insista en caer en el infantilismo de las regresiones utópicas y el vasallaje dictatorial siga viento en popa enarbolando la mentira, el engaño y la farsa de lo que Jean François Revel llamara LA GRAN MASCARADA.

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Comparto en sus grandes rasgos el diagnóstico sobre el estado actual de la sociedad global planteado por Jorge Bergoglio, que apunta a una sociedad alienada y sometida a presiones inmanentes al sistema capitalista ya globalizado – alienación del dinero, lo llama, usurpando conceptos del marxismo – que atentan contra los altos valores de nuestra cultura y nuestra civilización. Pero disiento de sus conclusiones, que representan un retorno a viejas prácticas populistas y redistributivas que no tocan al mal de la contemporaneidad en su esencia y tientan con salidas que profundizan el mal antes que superarlo. Asociarlo al peronismo y a los neo dictadores populistas de la región se ha convertido en un paso dialéctico al uso para demostrar su transformación desde el intolerante cardenal bonaerense que denunciaba a un escultor que hacía mofa del cristianismo en exposiciones internacionales de arte de vanguardia, con su aparente indiferencia en tomar en sus manos un esperpento que hace mofa de Jesús montándolo sobre el símbolo del asesinato de millones y millones de seres humanos.

El caso venezolano es, para nuestra inmensa desgracia, paradigmático. Porque anticipa y reproduce la hegemonía política del pobresismo en que derivara el castrocomunismo, impotente en su voluntad liberadora y corrompido en su esencia tiránica y empobrecedora, pero siempre al frente y en la vanguardia del control político de nuestros pueblos, prisioneros del utopismo milenarista y mesiánico importado por las huestes conquistadoras con el desalmado ejercicio de la cruz y la espada. El mundo real sigue empecinado en perdonar los desastres totalitarios de las utopías y a condenar las extraordinarias realizaciones del realismo liberal.

El desafío eludido por Bergoglio es el del fracaso de las élites latinoamericanas en diseñar, postular e implementar una nueva democracia para el progreso y el desarrollo en nuestra región. Y un nuevo y bien articulado proyecto de desarrollo socioeconómico basado en la libre empresa y el empoderamiento general de la sociedad. Una democracia capaz de coadyuvar al desarrollo económico y social sin herir los valores esenciales de la cristiandad que nos fundamenta. Y sobre todo sin coartar la libertad, siempre sacrificada y estrangulada en nombre de la igualdad, fácilmente obtenible al precio del empobrecimiento general, siempre trabajosa si acompañada del empoderamiento de quienes luchan por salir de la pobreza convirtiéndose en seres productivos y no caer en la vergüenza de la limosna y la dádiva de la redistribución, la vieja trampa del populismo clientelar que parece seducir a los latinoamericanos.

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Es la esencia del mal de nuestra región, exponenciada entre nosotros por el inagotable poder corruptor que el petróleo pone en manos de quienes lo administran y controlan, pues controlan el gobierno, dueño de hacer y deshacer lo que le venga en ganas con la principal fuente de nuestros recursos. Es una de las más graves y tortuosas consecuencias del traspaso de la explotación petrolera a manos del Estado. Un Estado parcializado y convertido en punta de lanza de los grupos que acceden al gobierno mediante la compra directa o indirecta del voto. El círculo vicioso del populismo clientelar. De todas las naciones del hemisferio, Venezuela es aquella en que el populismo brota como tentación inmediata de las ubres petroleras. Ningún gobierno luego de Gómez ha roto el cordón umbilical que ata a los partidos y al sistema de la renta con la que comprar adhesión, calmar apetencias y conformar espíritus. Sin la subvención petrolera no hubiera existido la democracia en Venezuela. Y al parecer, tampoco la república democrático liberal venezolana.

La tentación de las ubres es irresistible: ¿a qué trabajar y producir, a qué empoderar y crear riqueza, como otras sociedades, que hacen florecer desiertos, retroceder océanos y poner sus naciones al frente del desarrollo con su puro talento y esfuerzo, pues no disponen de una sola de las materias primas indispensables para el desarrollo en tiempos de la industrialización y la tecnología? Sin una gota de sudor ni el menor esfuerzo, al cabo de cada día que pasa caen del cielo sobre las sedientas arcas petroleras venezolanas millones y millones de dólares. Que en lugar de propiciar riqueza, promueven y generan pobreza. Es LA GRAN PARADOJA.

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Ciertamente: el petróleo y la riqueza petrolera pueden, en si, comportar un maravilloso beneficio. Habría que ser un retrasado mental para sostener lo contrario. Pero ni el petróleo ni la riqueza gobiernan. Quienes gobiernan son los hombres, en cuya potestad está el que ese petróleo y esa riqueza sirvan al bien general y coadyuven a la verdadera riqueza, que es la riqueza social, objetiva, surgida del esfuerzo de sus componentes o se dilapide en el reparto de las clientelas sin dejar mayores frutos en función de las sórdidas apetencias de la inconsciencia nacional.

Al bajar al sustrato emocional, pre racional, subconsciente de la mentalidad nacional, que permea a todos sus hombres, sus instituciones, sus organizaciones y partidos, se encuentra esa falsa creencia generalizada: somos ricos y debemos disfrutar de esa riqueza de inmediato, ahora, ya mismo y no mañana, el día de las calendas. Es esa consciencia recolectora, tribal, inmediatista, premoderna, minera e irracional la que determina el comportamiento del venezolano y une a todos sus miembros en un secreto pacto de consanguineidad, de ideas y creencias, sea chavista o antichavista, oficialista u opositor. El trabajo como fuente de riqueza y la libertad como máxima aspiración humana no están en el imaginario del venezolano. Están la riqueza inmediata, sin mediaciones, el menor esfuerzo y la igualdad del reparto.

De allí la práctica inexistencia del pensamiento, las ideas y las creencias liberales. Y las espantosas confusiones a la hora de aceptar y tolerar un régimen autocrático y dictatorial, como el castrochavista, que se comporta en servil atención a ese universo de valoraciones, hace del reparto de la renta – acompañada del saqueo de los titulares del Poder, obviamente en ejercicio del derecho a pernada que acompaña a todos los gobernantes venezolanos desde el origen de sus tiempos – y de la irresponsable administración de los recursos y el privilegio a la pobresía ejes de sus políticas. ¿No es lo mismo a que aspira un adeco, un copeyano, un masista o cualquiera de las franquicias de ellos derivadas, como Primero Justicia o Un Nuevo Tiempo? ¿No es en rigor lo mismo que existe como idea fuerza en Voluntad Popular, cuyo máximo líder aún desde la cárcel en que lo pusiera un régimen que reivindica el socialismo confiesa ser un auténtico socialdemócrata? ¿No es ese populismo estatólatra y clientelar la idea fuerza de los 27 partidos que cohabitan en la MUD? Que en función del único propósito que los mueve – participar en todas las elecciones a ver si en un caso de extraordinaria casualidad se desbanca a la dictadura – traspapelan sus objetivos estratégicos y comparten el desayuno con el diablo.

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No existe oposición en Venezuela. Si por oposición se entiende un movimiento social y político con ideas y programas diametralmente alternativos a los hasta ahora impulsados por la dictadura y los anteriores gobiernos que derivaran en este naufragio generalizado. Así el régimen dictatorial que reina desde hace dieciséis años haya ofrecido todos los flancos para que ya se hubieran conformado algunas organizaciones liberales, defensoras de la propiedad privada y el libre mercado, del emprendimiento, la libertad y el desarrollo, de la supremacía del individuo por sobre la tiranía del Estado. Esa boa constrictor, cuya aniquilación fuera incluso la suprema aspiración del marxismo originario y sin cuya superación no sería posible alcanzar la emancipación del sujeto y el reino de la felicidad. Si ciento cincuenta años después no se lo ha alcanzado, por lo menos la historia se ha encargado de demostrar que donde el Estado, lejos de desaparecer y contrariando la teleología marxiana se convirtió en el ogro filantrópico, la ruina, el envilecimiento y el fracaso fueron el destino inevitable de las respectivas sociedades. El brutal fracaso del socialismo soviético y sus derivados es la prueba palpable. Mientras que en donde más coto le impusieran las fuerzas del emprendimiento creativo, mayor fue el desarrollo económico, la riqueza y la prosperidad de sus pueblos.

¿Cómo habría de surgir una oposición liberal y democrática si el propio empresariado se presta a ser comparsa de la devastación del sistema de libre mercado que debiera fundamentarlo? Basta una mirada a la historia para comprobar que la iniciativa privada ha sido la única fuerza motriz generadora de libertad, estabilidad y riqueza en el mundo. Mientras absolutamente todos los experimentos de economías dirigidas y centralizadas, en manos del Estado, socialistas y colectivistas, han terminado en un torrente de sangre y sufrimientos, de genocidios y hambrunas, de persecución y mazmorras, en la más inocultable pobreza. Hasta desmoronarse por su incompetencia dejando décadas de sacrificios en el cementerio o el basurero de las inutilidades.

24

“El principal obstáculo que – desde el Siglo de las Luces hasta el tiempo presente – han encontrado las ideologías progresistas en América Latina ha sido éste: la devoción está más arraigada que la razón” escribió Jacques Lafaye en un importante estudio sobre nuestras determinaciones genético culturales: Mesías, cruzadas, utopías. Si así fuera, y soy del convencimiento de que así es, pues la historia de cinco siglos nos demuestra que desde la llegada de los 12 de la fama, ese grupo de misioneros franciscanos que llegó a México inmediatamente después de la conquista de Tenochtitlán por Hernán Cortés, la devoción por los Mesías, las cruzadas y las utopías ha arrasado con todos los esfuerzos jfjfpor asentar la razón, la sensatez y la lógica en el comportamiento político de losN latinoamericanos. El liberalismo como expresión política del ejercicio de la razón fundada en el respeto al individuo frente a la omnipotencia las más de las veces arbitraria del poder del Estado, no ha sido bienvenido en la conciencia de nuestra cultura.

Esta forma de liberalismo conductual, producto de la realidad misma, perfectamente diferenciado del liberalismo clásico en tanto sistema de fnnjjjjffjjjjjjffjjjjjjjfjjfffjjjfjjjjjjjjfjjjjjjjjjjjgjjjjjfjjfjjfjjjJFJFNJFNFNideas económicas y de construcciones propiamente ideológicas como el socialismo, este liberalismo racional y progresista, encuentra feroces obstáculos en el quehacer político de América Latina. Al extremo que cuesta encontrar un solo representante entre quienes deciden desde los partidos del establecimiento la dirección de las luchas de la sociedad civil venezolana – profundamente liberal ella misma, aunque lo sea inconscientemente. En esta contradicción entre el liberalismo de la oposición civil y la estatolatría populista y clientelar de los partidos que desde la llamada Mesa de Unidad Democrática reclaman su representación exclusiva, ha entorpecido desde siempre las luchas contra la dictadura.

El fuerte de los combates anti dictatoriales, los sacrificios, la cárcel y las muertes han corrido por cuenta de esa sociedad civil libertaria y liberal. Sus conquistas han sido cuestionadas más de una vez y en momentos cruciales por la intromisión de los intereses parcelarios de los partidos y sus hombres. Como sucediera durante las dos grandes crisis sociopolíticas del régimen: el 11 de abril del 2002 y el 18 de febrero de 2014.

No se resolverá ésta, la más grave crisis de la Venezuela del último siglo, sin que se imponga el liberalismo consustancial a nuestra tradición libertaria y la sociedad civil encabece las luchas por sacudirse el Leviatán de la dictadura.

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José Hernández 9 de octubre 2018, martes #PeriscopioVenezuela buen día

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