Arcadia “La gente va tener que decidir por ella misma si quiere estar bien informada o no”: Steve Coll

Steve Coll nació en 1958. Cortesía Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar
El decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, dos veces ganador del Premio Pulitzer, está en Bogotá para asistir la entrega del Premio Simón Bolívar que se realizará hoy, 9 de noviembre. Arcadia habló con él.
Por: Ana Gutiérrez09/11/2017 16:39:00

The New Yorker, The Washington Post y The New America Foundation son algunos de los medios y entidades que han contado con el trabajo y la experiencia de Steve Coll. El ganador del Premio Pulitzer, en dos ocasiones, es el decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de Nueva York desde 2013 y ha publicado varios libros periodísticos a lo largo de su carrera. Esta es la primera vez que viene a Bogotá, para asistir a la entrega del Premio Simón Bolívar de Periodismo, que se celebra hoy, 9 de noviembre. Hablamos con él antes de la ceremonia.

¿Qué es lo más importante que deben saber los periodistas?

Que el periodismo en realidad se trata de reportería. Muchas de las oportunidades de ser creativo y de ser expansivo e innovador en el periodismo en verdad empiezan con poder reportear: tener la habilidad de entrevistar con confianza, poder encontrar fuentes diversas, poder usar archivos públicos y construir revelaciones por medio de la recopilación de datos. Cuando uno puede reportear, se puede pensar en cómo presentar esa información o contar esa historia. En mi experiencia, tanto viendo a los mejores estudiantes de Columbia como en la sala de redacción, el mejor trabajo viene de una buena reportería.

Supuestamente los jóvenes de hoy no leen. ¿Qué diría usted?

Los jóvenes universitarios que viven en las grandes ciudades de Estados Unidos leen muchísimo. Todos quieren escribir para The New Yorker, están leyendo nuevas publicaciones de su generación y están muy interesados en voces nuevas. Hay literatura muy seria de ficción y no ficción que le pertenece a esta nueva generación. The New Yorker tiene mucha suerte, porque se pudo transmitir a una nueva generación, algo que también pudieron hacer The Atlantic, Slate y nuevas plataformas como Vox. Son medios muy serios y están siendo formados, en general, por personas menores de 40. Eso es muy bueno. Claro, hay interrogantes acerca de los modelos económicos y la sostenibilidad, pero no se puede discutir que la gente joven lee de una manera seria.

Su relación con las noticias es, quizás, lo que debemos discutir, más que su relación con formatos largos. No están leyendo periódicos y su dieta de medios es un poco inestable. Mis hijos adultos, por ejemplo, dos abogados y una profesora, saben qué está ocurriendo en el mundo pero no tienen un hábito estable de consumir a diario las noticias. No ven el noticiero, no leen el The New York Times completo. Tienen como un manera de agarrar los titulares o usar las redes sociales para entender qué necesitan saber. Entonces están bien informados pero también están sujetos a la confusión entre todo lo que se comparte en redes sociales. Eso es parte del problema con el que estamos lidiando en el periodismo: ¿cómo construir confianza entre las audiencias en torno a fuentes fiables de noticias?

¿Esa “dieta” qué efecto tiene sobre los jóvenes reporteros? ¿Ellos están leyendo noticias?

Lo bueno es que en la escuela podemos insistir que lo hagan, por lo menos mientras estén con nosotros. Pero no podemos saber si se quedan con el hábito. En nuestros estudiantes vemos que no están siguiendo las noticias y no tienen un contexto tan fuerte o tantas ideas sobre cómo cubrir algo. También lo he visto en estas nuevas redacciones que buscan su audiencia en los millennials, por lo cual en su mayoría están compuestas por millennials. Por ejemplo, Fusion. Fui a hablar con ellos una vez y era impresionante lo joven que era la redacción. Les pregunté cuál era su declaración de misión, cómo se describirían como periodistas. Y me dijeron, “creemos en diversidad, pluralidad y en la legalización de la marihuana” [risas]. Tenían muchísimas preguntas, como por ejemplo “Si estamos a favor de la legalización, ¿cómo cubrimos los temas que existen alrededor de eso?”. Era un conversación que uno no tendría en The Washington Post, ni siquiera entre sus periodistas más jóvenes. Se podría hacer una investigación etnográfica de las dietas de medios de la gente joven y cómo afecta su entendimiento de la esfera pública.

Ya que hablamos de sus estudiantes, uno de los nuevos problemas que enfrentan es que Google y Facebook tienen algoritmos que privilegian noticias y a veces impulsan noticias falsas. ¿Cómo les enseña la escuela a lidiar con algo así?

Es una frontera para los periodistas. Es necesaria una especie de autoeducación para reconocer los orígenes de las historias y detectar las que han sido fabricadas o vienen de fuentes ideológicas, en vez de fuentes de noticias. Hay mucha manipulación deliberada en esas plataformas, en especial en la imitación de marcas confiables. Eso va a empeorar porque la inteligencia artificial está alimentando estas formas automatizadas de distribución. Según les entiendo a los expertos informáticos, se va a volver mucho más difícil diferenciar entre la noticia falsa y la original. Estas plataformas no se están tomando lo suficientemente en serio el problema. No parecen estar equipadas, en su modelo o en su cultura, para tomar las medidas que evitarían esto. Debe regularse el asunto, cosa que ya pasó en Europa: Francia y Alemania obligaron a estas compañías a vigilar más de cerca lo que estaba pasando. En Estados Unidos no tenemos esa cultura regulatoria, mucho menos en el marco del gobierno de Trump, y con nuestra primera enmienda se vuelve problemático decirle al público qué está permitido y qué no. Va a ser un periodo muy difícil. Los periodistas van a tener que ser entrenados y entrenarse en cuidarse del error al no compartir o aceptar tal cual un contenido que es fundamentalmente falso. Pero los lectores también necesitan volverse alfabetos en cuanto a fuentes confiables de noticias.

¿Cómo alfabetizar a los lectores?

Los antecedentes en cuanto a esfuerzos para incrementar la alfabetización mediática no son alentadores. Ha habido muchas buenas intenciones a la hora de hacerlo, incluso antes de la era de las “fake news“. Muchas fundaciones en Estados Unidos invierten dinero en enseñarles a los estudiantes de bachillerato a consumir medios, a tener una buena dieta mediática, a reconocer cuáles fuentes son confiables y cuáles no, a evaluar las historias. Pero es como la alfabetización cívica: por alguna razón simplemente no funciona. Acabamos con una sociedad que no conoce su propia historia, no conoce su propia constitución y, desde luego, no sabe evaluar de manera crítica el periodismo, con contadas excepciones. Puedo ver lo que se está haciendo para responder a la crisis de las fake news y una de las medidas es buscar más alfabetización mediática para los bachilleres y universitarios. No es que me oponga a eso, pero soy escéptico. La gente va tener que decidir por ella misma si quiere estar bien informada o no.

En el ambiente polarizado y tribalista que vivimos, la gente va querer informarse sobre la visión de mundo de su bando, y eso es un reto para el periodismo: buscar hablarles a todos. Sin embargo, extrañamente, las personas polarizadas (de ambos lados) durante las elecciones de 2016, leían todos las mismas fuentes. Los estudios realizados justo después de la elección de Donald Trump muestran que los diez medios más leídos [durante la campaña] eran los mismos. Las personas interpretaban, según sus creencias, la información, que sin embargo era la misma.

Hemos hablado varias veces de cuestiones de identidad. ¿Eso cómo se refleja en los medios?

Se ve un cambio en cómo las redacciones hablan de su relación con las audiencias. En parte es un cambio estructural, por la necesidad de enganchar. Para tener éxito en el mundo digital, con tanto ruido y tantos jugadores, se necesita generar una comunidad con los lectores. The New York Times, por ejemplo, les está pidiendo a sus lectores que se suscriban por precios muy altos porque es la única manera de sobrevivir. Entonces, para profundizar ese enganche está la tentación de construir eso alrededor de opiniones, ideas y valores compartidos, en vez de la idea tradicional de que el periodismo era para todos. No estoy diciendo que todo esto sea malo, pero es lo que está ocurriendo. The Washington Post, por ejemplo, trató de quedarse en el centro, partiendo de la idea de que todo es para todos, pero los lectores no necesariamente los ven así. Los estudios dicen que son muy pocos los medios que sí se perciben como verdaderamente neutrales. Tampoco creo que es posible revertir los cambios estructurales que ha generado esta polarización. Parte viene de la tecnología, parte viene de la sociedad y parte de la demografía. En Estados Unidos, en los últimos treinta o cuarenta años, la gente deliberadamente se ha mudado para poder vivir con gente afín, que piensa lo mismo que ella.

Ante la crisis de audiencia, ¿la especialización es una solución?

Sí existen casos de éxito, pero en el mundo digital, para sostener una estrategia en la actualidad, necesitas una de dos cosas: puedes tener una base de suscriptores muy enganchados que está dispuesta a pagar por contenido exclusivo (que es muy difícil porque la gente está acostumbrada a que la web sea gratis), o buscar crecer y tener una audiencia masiva, como lo hacen la mayoría de medios. Tenemos que encontrar cómo llegar al otro lado de esta transición: que los lectores del periodismo, así sea especializado o general, empiecen a pagar. Hay formas de micropago o de suscripción más amenas, y vemos una tendencia general que dice que la gente hoy está más dispuesta a pagar por contenido que hace diez años.

Hemos hablado sobre todo de lo digital. Pero ¿hay futuro para el impreso?

La posición de lo impreso varía fuertemente de país en país, y no es cuestión de una división entre “países desarrollados” y “países en vía de desarrollo”. En Japón, por ejemplo, está muy saludable el mercado y no se está encogiendo al ritmo que se encoge en Estados Unidos. En India está creciendo, algo que va de la mano del crecimiento de la alfabetización. En Estados Unidos lo impreso está muerto. Se alteró de una manera tan fuerte que no veo cómo podría regresar. Sigue el declive gradual de lo impreso y quizás la emergencia de unas cuantas cosas especializadas de alta calidad: un periódico dominical o una revista de lujo, pero la verdad la guerra por el periódico impreso se acabó. Ese es el caso de Estados Unidos, más que el de cualquier otra nación democrática industrializada, pero diré que el Reino Unido y algunas partes de Europa continental están sufriendo algo similar. Es triste porque una de las razones por las cuales ocurrió esto es que las redes sociales aceleraron algo que ya estaba pasando y, a la vez, han hecho más difícil que los periódicos puedan llegar directamente a sus lectores. Tienen que distribuirse por medio de Facebook, lo cual ha socavado su credibilidad y su posición. No es solo la pérdida del impreso, es la pérdida de esa relación directa, de la credibilidad y de la responsabilidad que venía con eso. Pero no por ello va a desaparecer del todo lo impreso. La radio fue en su momento el medio dominante y, aunque hoy es una mínima parte de lo que era, todavía no se ha ido.

Ya que hablamos de formatos, y usted ha escrito libros periodísticos como Ghost Wars: The Secret History of the CIA, Afghanistan and Bin Laden, por poner un ejemplo, ¿cree que el futuro del periodismo puede estar en los libros o en otros formatos?

No sabría predecir cuáles serán las principales formas de hacer periodismo, aun si es solo en los próximos diez o hasta cinco años. Hay muchísimo dinamismo en el campo, existe una relación particular entre las tecnologías emergentes, la narración y el periodismo. Pero, si en vez de eso miramos diez o quince años hacía atrás, cuando la revolución digital se desató por completo y se dio el auge de las redes sociales, se nota que la durabilidad del periodismo long-form es impresionante. Los lectores están buscando trabajo informativo hecho a fondo y los jóvenes periodistas quieren hacerlo.

En cuanto a la publicación de libros, a diferencia de las revistas, la revolución digital no ha devastado por completo el modelo de negocio. Es más, ha liberado el formato en muchas maneras. Con los libros electrónicos uno puede bajar los costos de publicación, encontrar audiencias de otras maneras y también se puede escribir en distintas extensiones. La monografía, por ejemplo, ha tenido un pequeño resurgimiento. Es como el punto medio entre un artículo de revista y un libro completo. Mi trabajo está anclado en la gran narrativa de no ficción con la que crecí en la universidad durante los años setenta. He tenido la suerte de poder hacer el trabajo que siempre quise hacer, desde los 20 años. Pero si tuviera 20 años ahora, no daría por hecho que podría hacerlo. No sé decir si ese tipo de texto va a sobrevivir.

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