Carlos Blanco La larga despedida de la MUD

La MUD murió no porque AD se haya ido, ni por “los egos”, ni por las competencias innobles, ni por conspiraciones. Murió de política. La política la construyó y la política la destruyó.

En las teorías más acabadas de este tiempo largo y amargo, se tiene a la MUD como una experiencia tan exitosa que valía la pena conservar. Fue tanta la convicción que despertó en algunos dirigentes y los intelectuales que los rodeaban que, aún después de fallecida, querían conservarla en formol. Esa pasión enmudecida impidió un análisis más ponderado de lo que significó.

Su construcción fue una conquista porque logró darle rostro político a una oposición que andaba dispersa y a un sentimiento ciudadano, que clamaba por la unidad. Durante años fue la referencia y la dirección para procesos electorales, tanto dentro de las filas opositoras como en las convocatorias más o menos legales.

No todo fue suave en su interior, pero los partidos que dominaban y la conducción de Ramón Guillermo Aveledo, primero, y de Jesús Chúo Torrealba, después, garantizaron victorias importantes, la mayor de las cuales fue la de diciembre de 2015 cuando se ganó abrumadoramente la Asamblea Nacional.

Antes hubo disparates graves. El de 2014, cuando el movimiento estudiantil, los jóvenes y las fuerzas encabezadas por María Corina Machado, Antonio Ledezma y Leopoldo López, promovieron “La Salida”.

Aquel vigoroso movimiento de masas, que se proponía el cambio de régimen fue no sólo abandonado por la MUD sino que ésta buscó apagarlo, mediante diálogos que el régimen habilidosamente proponía desde entonces (no se sabía que la farsa del diálogo apenas se iniciaba y duraría cuatro años más). López y más adelante Ledezma fueron hechos prisioneros, y María Corina fue golpeada, despojada de su investidura parlamentaria y sometida a acoso judicial.

Luego hubo ocasión de rehacer la experiencia unitaria en 2015 con la victoria electoral aludida. Sin embargo, la indudable eficiencia electoral no pudo ser acompañada por políticas que impidieran la destrucción de lo obtenido con los votos.

Era observable que la unidad electoral estaba acompañada por una des-unión política y una fractura afectiva inmensa; las propias propuestas electorales fueron resultado no siempre de juego limpio, sino también de trácalas y maniobras dentro del campo opositor. A veces dirigían 7 partidos, a veces cinco, llegaron a ser cuatro y al final 2 o dos y medio. Este fue el drama.

En el futuro, la nueva unidad debería tomar en cuenta esa experiencia. Precisar objetivos estratégicos y no confundir objetivos con medios.

Carlos Blanco

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