Chile ante el peligro

Es de esperar que los genes despertados tras el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 no se hayan extinguido, que el profundo dolor suscitado por la dictadura no haya pasado al olvido y que los ímpetus juveniles de las nuevas generaciones no sirva de plataforma a la barbarie. Que como bien sabemos de aquellos tiempos, el delirio y la barbarie también dormitan en el trasfondo de la chilenidad.

Antonio Sánchez García @sangarccs

De entrada, una observación más que oportuna: las crisis las inventan los hombres, son quienes las provocan, las resuelven o las agravan. No son fenómenos imponderables, que escapen a su voluntad, como los de la naturaleza: terremotos, sequías, tsunamis, deslaves. Los chilenos saben de unos y de otros. Pero esa sabiduría es volátil y perecedera. Y cuando se extingue deja las condiciones como para que, las humanas se repitan. Y las de la naturaleza no encuentren previsiones ni paliativos.

Chile sufre un embate desconocido, que, sin importar su dimensión, por inédito lo sacude en su más íntima y entrañable esencia: el de la corrupción pública. No es un mal endógeno. Para inmensa desgracia de la humanidad, si existió en estas dimensiones en épocas pasadas y contribuyó al desmoronamiento de poderosos imperios – como el romano, hundido en su decadencia política y moral – jamás había asolado al planeta entero. Ni había encontrado la admiración y el aplauso de la moda. Un ex primer ministro francés ha obtenido de un banco andorrano la liberación de bienes de funcionarios venezolanos de orígenes comprobadamente delictivos. Fue contratado para ello por los delincuentes. La ley no lo incrimina. Las buenas costumbres, sí. Pero al parecer están en vías de extinción.

Chile había sido una excepción. Venezuela jamás lo fue, salvo en los cortos años iniciales de la República y en sus recomienzos luego de las dictaduras de Gómez y de Pérez Jiménez. Para mí son inolvidables dos recuerdos de mi infancia de la pobreza chilena: la vergüenza pública que abrumaba a quien fuera sorprendido en una estafa, un cheque sin fondos, una apropiación indebida, caso que se agravaba hasta lo intolerable si el culpable ocupaba algún cargo de gobierno – de los que a ser francos, no recuerdo uno solo, salvo los rumores que persiguieron a Gabriel González Videla – y la maletita con ropa interior, jabón, pasta de dientes y un cepillo que según los rumores llevaba siempre consigo don Clotario Blest, el presidente de la Centra Única de Trabajadores de Chile, ante la permanente amenaza de una inminente detención. Se iba preso por luchar contra la injusticia. No por haber sobornado a una empresa, publica o privada, para hacerse con los dineros del Estado mediante expediente criminales.

Visto desde Venezuela, los montos que sacuden la conciencia nacional de los chilenos son tan irrisorios, que del maligno asombro que provocan ponen de relieve dos cosas: la amplitud de la gangrenosa corrupción venezolana – se habla de 350 mil millones de dólares extraviados en la centrifugadora de sobreprecios, facturas por transacciones inexistentes, contratos imaginarios o incumplidos, regalos a aliados y simples saqueos – y la sanidad que aún protege a la sociedad chilena. El caso de Brasil y Petrobras es infinitamente más grave, y aún no trasmina hasta los sustratos de la indignación nacional capaces de tumbar gobiernos. El caso de Argentina sacude a una sociedad adormecida desde la dictadura peronista por la mafia como política de Estado. Otro mal endémico aparentemente irresoluble.

Resulta extremadamente doloroso que la corrupción que estremece a los chilenos tenga como protagonistas no a unos militares inmorales, voraces y corrompidos aliados con unos ex guerrilleros que vivieron siempre al borde de la delincuencia y el hampa, como en Venezuela, sino a políticos de todos los sectores, de orígenes comprobadamente honorables. ¿Quién osaría acusar a Jorge Alessandri Rodríguez, a Eduardo Frei Montalva, a don Salvador Allende, a Patricio Aylwin, a Eduardo Frei Ruiz Tagle o a Ricardo Lagos de corrupción? ¿No fue el suicidio de Allende un supremo acto de reafirmación moral? De alguna u otra forma, todos los maculados con la sospecha de estar involucrados en los hechos de corrupción con falsas facturas para financiar sus campañas electorales son políticos o familiares de los principales herederos de las casas políticas de esas ejemplares personalidades. Una práctica nefasta construyó un asalto a la moral con la complacencia y la complicidad de todos. Hasta que un traspié abrió una de las cloacas y el sumidero destapó la otra: izquierdas y derechas están involucradas en la misma práctica delictiva.

Ha sido Sergio Bitar, ex presidente del PPD y un hombre de indiscutible honorabilidad el que ha tocado la primera señal de alarma ante el futuro, dada la insólita velocidad y dimensión adquirida por el sacudón político que pareciera haber puesto en riesgo la estabilidad de la democracia chilena, tan dolorosa y duramente conquistada: que el deslave sociopolítico en curso no invoque esos falsos remedios que resultan infinitamente peores que la enfermedad, como lo venimos sabiendo los venezolanos desde hace dieciséis años: ni militares ni populistas.

Desde luego que Sergio Bitar es consciente de que la tragedia de Venezuela y su apocalíptica magnitud se debió al hecho monstruoso y contra natura de que la respuesta encontró en nosotros la peor de las combinaciones imaginables: un militar populista. Quien, para colmar la monstruosidad, era un enfermizo adorador de Fidel Castro, sin otra aspiración en la vida que pasar al más allá como su segundo de a bordo. Militar, populista y castrocomunista. Además de fabulador y corrompido. Peor, El Infierno, de Dante.

Pero salvo otro fenómeno contra natura, un fenómeno como un teniente coronel Hugo Chávez es en Chile absolutamente inimaginable. Incluso por ridículo, por absurdo, por inculto, por grosero e indecoroso. Los chilenos, y muy en particular los miembros de sus fuerzas armadas y la institución misma, poseen un exacerbado sentido del ridículo, del que Chávez carecía en alta medida. También nosotros. Un loco delirante nos entretiene. Así nos lleve a la ruina, como el flautista de Hamelin.

Lo que en Chile y dado los vientos que corren no está excluido en absoluto es el populista en bruto, civil de toda civilidad, incluso culto y bien educado, de buena familia y hasta vinculado a la corte senatorial de antiguos prohombres de la democracia chilena. Un Pablo Iglesias de su aristocracia, si una imagen tan controversial pudiera ser posible. Un populista hecho a la medida de la aparentemente antipopulista clase dirigente chilena. ¿Por qué no?

Es de esperar que los genes despertados tras el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 no se hayan extinguido, que el profundo dolor suscitado por la dictadura no haya pasado al olvido y que los ímpetus juveniles de las nuevas generaciones no sirva de plataforma a la barbarie. Que como bien sabemos de aquellos tiempos, el delirio y la barbarie también dormitan en el trasfondo de la chilenidad.

antonio sanchezAntonio Sánchez García

@sangarccs

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