Claudia Nazoa La Monja Roja y el Monje Blanco. (A proposito del 23 de Enero del 58 y un escrito de La Bicha.

      Los antecesores, los provocadores de lo que hemos vivido en democracia, los estudiantes de la Generación del 28           artífices de la democracia venezolana, pagaron con grilletes, muerte, aislamiento, cárcel en Puerto Cabello y La Rotunda y picando piedras pensar distinto, oponerse valientemente a la dictadura feroz de del general Juan Vicente Gómez.

Leo, conmovida, el escrito de Berenice Gómez (para muchos LA BICHA, para mí y desde mi adolescencia mi Verynice) donde, con el 23 de Enero del 58 como fondo, nos introduce en la historia de su familia. Tenemos vidas paralelas, en un hogar adeco, ella, yo en uno comunista. Nuestros viejos dieron todo y más por la libertad, por lo bueno y lo bello, y nos formaron para eso.

Gente honesta, hasta inocente, que creía en ideales, incapaz de agarrarse un centavo público como pago a sus sacrificios. Berenice y yo somos hijas de la democracia, de esos “oprobiosos 40 años de la Cuarta República”. Y a mucha honra.
Es dificil hablar de nuestra infancia en hogares de perseguidos políticos, de carencias de todo menos de afecto, libros y conversas inteligentes sin resbalar peligrosamente por la pendiente telenovela.
Muchos niñitos en su casa de exiliados, poca comida. Una sola niña en mi casa de perseguidos, igual de poca comida. Pero ahí estábamos, con esas madres aceradas, casi cortantes de pura inteligencia y fuerza, con esos padres o tíos feroces de inteligencia y determinación, que amaban el arte y odiaban la tiranía.
Cuando recuerdo a Victoria Velásquez de Gómez (para mí, desde siempre y para siempre “Mamaíta”) mi imaginación la coloca en los fogones de su cocina del DF mexicano, doblada sobre la masa de las hayacas que preparaba y vendía sin descanso para mantener a su Raúl y a sus niños en esa ciudad alta y enrarecida, colorida y hermosa, pero cruel con los débiles, los expatriados y los solitarios.
Pero Victorita era todo menos madre abnegada de película azteca. Ella discutía de filosofía con su marido mientras pelaba los ajos para el guiso, de Historia Universal mientras troceaba las carnes del adorno y amasaba, citando a Nietzsche.
Cuando recuerdo a Micaela y Elba Nazoa, en ese orden mi abuela y mi madre, las veo lanzando bolsas de papeles clandestinos por las ventanas de nuestro apartamento de Casalta, hacia los jardines oscuros de la media noche, mientras la niñita Yo, intentaba distraer a los esbirros de la SN que amenazaban con tumbar la puerta.
O a mi abuela asomada al balcón, sin una lágrima, viendo muy a lo lejos la figura mínima de mi tío Anibal que la saludaba con la mano desde los techos de la Cárcel Modelo, donde estaba preso por comunista y enemigo de la Patria a 6 cuadras de nuestra casa.
Veo a mi hermosa madre, la doble exacta de Dolores Del Río, de madrugada y conmigo de la mano, pintando con “negrohumo” ABAJO LA TIRANÍA en los paredones de una zona industrial.
Veo a mi implacable abuela corriendo de nuestra casa al espía de la SN que, supuestamente arrepentido y jurando su admiración por Aquiles, el gran poeta que era su hijo, se ofreció para hacérselo ver antes de que lo echaran del país.
Si Raúl Gomez, el padre de Berenice, le enseño que en su hambre mandaba ella, como fórmula magistral para no dejarse corromper por el dinero y el poder, Micaela González de Nazoa me eseñó que a nadie podía permitirle decir que me había matado el hambre, porque el hambre de los Nazoa era inmortal.
Cuando después de 10 años llegó la democracia por la que habían pagado tan caro, y pudieron volver a Venezuela, a  los adecos padres de Berenice los persiguieron sus mismos compañeros, porque se negaron a entrar en el baile de los millones, porque denunciaron a los corruptos.
Antonio Gómez, el hermano mayor de la familia, tuvo la brillante idea de volverse guerrillero urbano y, en esos bretes, tropezarse en una fiesta de los ñángaras a la Madrina del equipo de Baseball de la Juventud Comunista, con falda floreada de armadores y zapatos de raso azul, y arrastrarla a una acción agitativa y delirante en el 23 de Enero que, ¿Cuándo no?, terminó a tiros.
Y doy gracias a los dioses porque esa madrugada de mis 13 años, con los zapatos de raso destrozados, entré de la mano del, desde ese día, mi hermano Antonio, a la casa de los Gómez Velásquez. Hasta el sol de hoy.
Cuando después de 10 años llegó la democracia por la que habían pagado tan caro Micela y Elba, y Anibal salió de la cárcel, y Aquiles regresó del exilio, el gobierno de Betancourt los persiguió por comunistas, los echó de sus trabajos y en mi casa, otra vez, hubo muy poca comida. Y mucha conspiración contra su gobierno.
Y así podría seguir enumerando los paralelismos y los guiños del destino que nos unen a Bere y a mí. Hoy, en un nuevo aniversario del 23 de Enero por el que tanto luchó ese estoico monje blanco, Raúl Gómez, su hija preferida, su flor y mi Verynice, está exiliada por otra dictadura. Elba, la Monja Roja que salía a medianoche a jugarse el tipo (y vaya que lo tenía, era bellísima) pintando consignas contra una dictadura, ayudó a que otra mucho peor se entronizara. Y murió chavista, jurando que ya, en un momentico y gracias a la Revolución Bonita, lograría al  fin asaltar el cielo del pueblo que le tenían prometido.
Este 23 de Enero, la hija de Elba, esta servidora, publico un tweet: “Tal día como hoy, niña, desperté a mi madre y a mi abuela, perseguidas políticas, gritándoles que éramos libres. Hoy, perseguida política, nadie me despierta.”

Claudia Nazoa
@dachanazoa

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