Columna de La Bicha 3-11-2017 Ilustraciones de Wilfredo Mora. Las putas golondrinas o de algo ha de vivir una familia

Me escribe un “patriota cooperante” que trabaja en Miraflores, “aunque usted no lo crea” hay algunos con pensamiento crítico hacia el gobierno, las políticas, la situación, sus camaradas y la hambruna, así que mátate por propios ojos:

“Bicha, la masa no está para bollos”. Así como en el escrito de la putería cubana, la imagen que te mandé,       -que ilustra este trabajo-, está pasando en Venezuela pero, lastimosamente para nosotros, la situación está “mejorada” a la enésima potencia: estamos entrando no en la era de la tacita de plata ni de oro, como prometió nuestro comandante… NO. Estamos en plena etapa de “María la bollera, que a fuerza e´bollos… mantiene a la familia… ahora médicas, odontólogas, abogadas, profesoras, arquitectas, ingenieras, biólogas, psicólogas, trabajadoras sociales, (sic) de otras profesiones y especialidades que se preparan en las universidades entre 2, 3, 4, y 5 años, algunas con posgrados y con cuerpos para todos los gustos, están ejerciendo la prostitución.

Se desempeñan en el oficio más antiguo, pero en secreto. No son todas, -obviamente- porque aún no hemos llegado a la hambruna total y no te enterarás de los porcentajes de la jinetería criolla, porque no se llevan estadísticas y se ejerce en pleno secreto. ¿Venezuela y Cuba una sola patria? Esperemos que no”.

Si de alguna circunstancia me siento bien a los 65 años, macilenta, flaquita y arrugaíta, o como les gusta referirse a mí los chavistas “vieja pellejúa”, es que, cuando voy de un país a otro me tratan como una dolce veccieta in fiore, ni las autoridades de inmigración, ni los nacionales de esos países me tratan como si fuera una venezolana prepago, o como la última exportación de Venezuela: las putas que salen tuneadas, tetas, lipo, nalgas, narices, extensiones en el cabello, y se pasan tres meses en destinos puteables, hacen  sus dólares o euros, que coronan su particular zafra y se devuelven nuevamente al país, llevando divisas… como para seis meses de comida, para la familia a ese país, cuya capital es la arepa, la pestilencia, las colas, las familias huérfanas y la inseguridad… mi patria, Venezuela.

Recuerdo mi praxis reporteril en las minas de estado Bolívar, donde en un atardecer anaranjado con varillitas de carrizo “marialuisa”, en las manos algunas putas de Ikabarú me abordaron para preguntarme:

-Licenciada, qué le parece este gobernador que tenemos, Andrés Velásquez que dice que no vendrá a Ikabarú porque es un pueblo minero con una sola calle: “por donde entran y salen las putas”…

-Pues, señora… que al gobernador no le gustan las putas… le respondí al grupo variopinto de trabajadoras sexuales que me contaban sus historias y me llevaban a ver sus bugalús con colchones matrimoniales y bases de  cemento…

Algunas eran barrigonas, otras con las piernas pelúas, rubia platino vía agua oxigenada y bastante amoníaco, otras desdentadas, unas viejas y otras jóvenes,- “Mujé y coleto no pierden venta”-  y algunas, blandiendo en las trabillas de los pantalones vaqueros, el alicate… enigmática prenda de ferretería, que les permitía comprobar que la pella de pago que le ofrecía su cliente era oro de tontos o si el cuarzo era diamante…

Estas damas en aquella época vivían, trabajaban, parían y se morían por esos rumbos de San Martín de Turumbán, el 88, Las Claritas, lares que yo pateé reporteando, porque la putería no se me dio, ni en mi imaginación… ni antes ni ahora… que ya no hay remedio y de ninguna manera puedo dedicarme y mucho menos vivir de ella.

Recuerdo una llamativa matrona, tabaco entre los dientes, faldota ancha, era gorda, grande… vieja y atrabiliaria, de verbo soez y acostumbrada a proferir la última palabra, pues además sabía manejar una escopeta pajiza para matar desde cascabeles, pasando por tigres, hasta bípedos alzados… por lo que mandoneteaba a hombres y mujeres, era la jefa indiscutida de una mina por allá por kanavayen, o por Ikabarú…

En mi imaginación nunca la hubiera ni visualizado… y de pronto la ví aparecer perfumada de pachulí con los cabellos grasientos de “Tricófero de Barri”… como un huracán, una zafia a la “subasta”, más bien venta, de las tres primeras noches con “los virguitos” que eran las hembras devenidas en putas nuevas, que habían llegado esa tardecita, en medio de la selva, en medio de la nada.

Prendieron la planta eléctrica, he allí el botín, un grupo de 8 mujeres jóvenes. Las exhibieron y la madama, con sus contrincantes, caminaba inspeccionándolas y de pronto se empecinó con una de ellas, era delgada, como de 20 años, de cabellos de melena castaña, frágil, aparentaba ser dócil y tímida no miraba desafiante, no… evadía la mirada, apretaba los labios carmesí, como para ser menos atractiva, vestía un top con lentejuelas y unos pantalones cortos apretadísimos. Todo un contraste bipolar.

En medio de la puja, gritaban los mineros y fue “La Doña”, quien se llevó el primer premio de la noche, pues al final llegó al precio del negrero… 10 mil bolívares, medio kárate de un brillante, el precio del chulo que las había seleccionado y las llevaba desde algún barrio de alguna capital estadal, o de algún remoto lugar, hasta allá porque las minas son, en Venezuela lo más ignoto y lejano paraje… y la doña se llevó en medio de aplausos y silbidos agarrada por el brazo a su estreno puteril.

No te creas que las meretrices entraban allí en una especie de surmenage romántico, en medio de las notas de la pequeña serenata nocturna de Chopin. Nada que ver, cada vez que el grupo llegaba a una nueva mina eran “virgo”, para esos mineros… he ahí que se comprobó mi teoría de que “ante cada paloma nueva, hasta las putas son vírgenes”.

Tampoco te imagines que estas damas salían de allí pobres y pelando bola… ¡No señor! salían con bolívares, con pellas de oro cochano y las más Top con diamantes en bruto. Pero siempre regresaban a la casa… a unas 48 horas de ese destino.

En este cuento, que presencié, la matrona se quedó con su prenda, como compañera pagándole por supuesto, hasta que la próxima zafra la  paloma voló y se zafó de su protectora. ¡Vainas de las minas!

Más recientemente, cuando la hambruna planificada y programada para acabar con mi patria desde La Habana, les apretó los estómagos a muchas familias, algunas mujeres profesionales venezolanas se percataron de que, había otra manera de ganarse lo suficiente para no morirse de hambre, ante la escasez o ante los hiperinflacionarios precios de los alimentos, medicinas o repuestos de automóviles, vía bachaqueros… y les cayó la locha, serían carne de serrallo o putas golondrinas, a propio riesgo por esos mundo de Dios. ¡Y a putear se ha dicho!

Esa es una nueva profesión a la que optaron numerosas profesionales que bajaron sus títulos, desde hace más o menos unos 5 años a la fecha, decidieron por echarle mano a la entrepierna, de manera que legiones de ellas se trasladaban y se trasladan, en buses, hasta Ciudad Bolívar, luego en avionetas hasta otros sitios poblados y en helicóptero o a pie a las minas, en su particular zafra, en grupos, nunca en solitario a rebuscarse por esos lejanos y peligrosos rumbos el sustento de la familia.

No conseguían trabajo remunerado en sus ciudades o pueblos, o eran sustituidas por cubanos en la educación, salud, en las muchas formas de ganarse la vida decentemente, o lo que ganaban no llegaba ni a cubrir la canasta básica, laborando para lo que habían estudiado. Por mucho tiempo pensaron que luego de años de labor, les llegaría la jubilación y que la pensión les alcanzaría para vivir. ¡Vana ilusión!

Estas damas, pasaban en el mundo minero tres meses máximo y se devolvían a sus casas, en ocasiones con gonorrea, otras con paludismo, pero con dinero suficiente para pasar meses con los maridos e hijos, y para comprar a precio de oro la penicilina y el permanganato, esa fue la segunda camada de la putería minera… ellas siguen por supuesto… sustituyendo a las que comenzaron como putas y terminaron mineras ¡Solo en revolución!

La nueva camada tiene más o menos ese mismo tiempo, unos 4 años viajando en aviones, cruceros, buses a ciudades de Colombia a donde llegan desde damas de compañía A1 que cobran miles de dólares por un fin de semana, hasta las “maripositas nocturnas”, de Agustín Lara, son las putas del hambre, estas últimas se fajan a cuchillo con las meretrices locales, que cobran 60 mil pesos por media hora de servicio. ¿Por qué tanta violencia?

Las paisanas venezolanas, llegan famélicas a los cinturones de miseria de las grandes y pequeñas ciudades colombianas, a competir con las putas locales, cobrando míseros 15 mil pesos el servicio y más, entonces les “roban” la clientela habitual. La necesidad, el hambre las abarata.  ¡Milagros de la revolución bonita!

Así las jineteras venezolanas vuelan también a ciudades en  los Estados Unidos, Panamá, Costa Rica, Ecuador, Perú, Madrid, Barcelona, los Emiratos Árabes y otros exóticos destinos. Curiosamente, más allá de las formas o protocolos de inmigración, intuyo que como a las putas golondrinas de las minas venezolanas, que conocí hace tantos años, también el arraigo al terruño, las hace devolverse a los tres o cuatro meses y por supuesto, la necesidad de matar el hambre de sus familias, llevándoles las divisas del sustento y supervivencia, trabajadas allende los mares.

Es que eso de llamarlas “mujeres de la vida fácil”, es por lo menos pueril y grotesco. “Lidiar con un borracho a las 3 de la mañana… no es nada fácil, licenciada”, me aseguraba con sarcasmo una de mis entrevistadas.

Lic. Berenice Gómez Velásquez

Periodista

“La Bicha y La Cuaima”, 11 am,

lunes a viernes, Radio Sensación 8:30AM

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