Diputado (indp.) Luis Barragán: La neolengua del poder en Venezuela (y la sentenciadora)

Frecuentemente inadvertida, la corrupción del lenguaje constituye el mejor testimonio del proyecto totalitario que se realiza descomponiendo a sus propios agentes. Refuerzo indispensable éste, funda constantemente la vida cotidiana, legitimando la descomposición de los más elementales pareceres que hacen del destino compartido una hazaña de la supervivencia.
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Antonio Canova González, Carlos Leáñez Aristimuño, Giuseppe Graterol Stefanelli, Luis A. Herrera Orellana y Marjuli Matheus Hidalgo, aportan sus esfuerzos de desenmascaramiento a través de un título de necesaria consulta, cuidadosamente editado, diseñado y diagramado: “La neolengua del poder en Venezuela. Dominación política y destrucción de la democracia” (Editorial Galipán, Caracas, 2015). Trabajos bien fundamentados, concisos y eficaces que apuntan al irresponsable ejercicio de una dirección del Estado confiscado por una secta que, empeñada en prolongarse, ha dinamitado las instituciones, comenzando por la lengua.
Una dirección que compite deslealmente con sus adversarios, descalificados y criminalizados, inmediatamente auxiliada por el equipaje que tiene a la mano: significaciones, actitudes y expresiones que intentan subvertir las propias realidades, dislocándolas. Por ello, la célebre novela de George Orwell representa algo más que una remota noticia literaria, actualizándose en un país que jamás lo sospechó como resultado de sus dramáticas anticipaciones.
La “tribu postmoderna” en el poder, como podrán llamarla otros aventurados analistas, expone una formación y una convicción personales insuficientemente hoy ponderadas, capaces de emplear las herramientas políticas que monopoliza, generando los estragos, con el auxilio – siempre complementario – de los especialistas en psicología social, por ejemplo. Donde hay víctimas de las epidemias, Nicolás Maduro dice guerra bacteriológica ocasionada por la derecha fascista (135), y será después la bien aceitada maquinaria publicitaria y propagandística la que perfeccionará la ocurrencia, agraciándola sistémicamente.
El proyecto político mismo, por esas acrobacias antes impensables en la democracia – mal que bien – que tuvimos, ha cuidado de esconder su esencia marxista-guevarista, inventándose todos los eufemismos posibles que pasan, incluso, por las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia (46 s.). El empeño de la otra normalidad (72, 91), enfermizamente bifurcados, persigue masificarnos y atrofiarnos hasta extinguirnos como seres libres (155), abaratados los costos con el descuido deliberado del sistema educativo (76), obteniendo una elevada rentabilidad política con la programación de lo que pomposamente llaman sistema nacional de medios públicos: a guisa de ilustración, sublimándola, a Chávez Frías se le antojó llamarla guerrilla comunicacional y, luego, los más informados, como Jorge Giordani, apelaron – ornamentalizada – a la hegemonía gramsciana.
Los autores en cuestión, dejan paciente constancia de los insultos que prodiga el poder en Venezuela, acuñando términos alternos (56, 32), otro ejemplo, pero también destacan – orientándonos – las respuestas necesarias para superar tamaño accidente histórico (102 ss., 168 ss.). Constatado el problema, procuran una orientación para recobrar el lenguaje que tiene su más exacta dimensión en la libertad y, agregaríamos, en la libertad liberadora.
Valdrá la pena darle continuidad a la tarea de desenmascaramiento y, si algún día la Asamblea Nacional los publica, dictaminar sobre los Diarios de Debates que ilustran o deben ilustrar la descomposición. Por cierto, disculpen la personal digresión, luego de la sesión plenaria que se refirió a un proyecto de acuerdo a propósito de la muerte de Alexis Márquez Rodríguez, dudamos en proponer otra denominación para Internet, habida cuenta de la discusión pendiente del Proyecto de Ley de Comercio Electrónico, pues, un término alternativo que surgió veinte años atrás, como la Infopista, pudiera dar ocasión para la promoción oficialista de palabrejas que sacralicen a la superautopista de la información como su obra, así nos encontremos en un país de una gigantesca brecha digital.
La sentenciadora
Lejos nos encontramos de la estigmatización estrafalaria de Susana Barreiros, quien sentenció recientemente a Leopoldo López, a quien – por cierto – llama “Monstruo de Ramo Verde” un régimen que es el responsable de la represión y muerte de 43 jóvenes por 2014, además de las veinte y tantas mil muertes anuales. Únicamente deseamos constatar que la juez no tiene la trayectoria profesional, ni una calificada carrera judicial para semejante responsabilidad y, por ello, se ha dicho, el consulado en Chile se ofrece como la inmoral premiación por su felonía.
Cabe exactamente la comparación, pues, antes, buena parte de los jueces, aún los penales de tan arriesgadas funciones (de instrucción, instancia, superiores, magistrados), eran conocidos y reconocidos, comenzando porque informaban pública y libremente de sus decisiones autónomas. La opinión pública los seguía, avalados por esa trayectoria que también exponían para los ascensos, titulares de sus tribunales, con un ejercicio académico convincente, incluyendo a muchos de los que afrontaron los peligros de juzgar a quienes decidieron la insurrección armada. ¿Y ahora? Revisemos la prédica del “reformador judicial” por excelencia, Manuel Quijada, y de todas las promesas del constituyente de 1999 en el campo de la administración de justicia y en el de los establecimientos penitenciarios.
@LuisBarraganJ

14 Septiembre, 2015

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