EL NUEVO HERALD De la violencia en Caracas a pesadilla en el Aeropuerto de Miami

Un manifestante es sacado de una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro en Caracas, en abril del 2014.

Miembros de la Policía Nacional de Venezuela arrestan a un hombre durante una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro, en abril del 2014. Uno de los puntos de control de entrada en el Aeropuerto Internacional de Miami. Muchos venezolanos a su llegada al país son llevados a la ‘nevera’, un salón muy frío donde deben esperar si serán deportados o enviados a un centro de detención. manifestante presoUn manifestante es sacado de una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro en Caracas, en abril del 2014. Miembros de la Policía Nacional de Venezuela arrestan a un hombre durante una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro, en abril del 2014. CARLOS BECERRA AFP/Getty Images
(EL NUEVO HERALD/ANTONIO MARIA DELGADO/adelgado@elnuevoherald.com) Sintió un gran alivio cuando el avión tocó suelo norteamericano. Días atrás, los integrantes de la banda paramilitar chavista (Colectivo), que domina la zona de Maracay (Venezuela) donde vivía, habían abierto fuego contra él, y aun cuando milagrosamente esquivo las siete balas que llevaban su nombre, Alejandro Martínez sabía que era un hombre marcado de muerte.

Un funcionario de Aduana y Protección Fronteriza en un punto de control para chequear la entrada de viajeros en el Aeropuerto Internacional de Miami.
Un funcionario de Aduana y Protección Fronteriza en un punto de control para chequear la entrada de viajeros en el Aeropuerto Internacional de Miami. Joe Raedle Getty Images
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De manera que sin perder tiempo, Martínez vendió apresuradamente su más preciada posesión, una motocicleta, y con los $1,200 que obtuvo se montó en un avión con destino a Miami para evadir a los sicarios que lo andaban buscando.

Pero en el estado del Sol Brillante consiguió una muy fría recepción.

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Procesado en el Aeropuerto Internacional de Miami como un caso de asilo político, Martínez fue colocado en la nevera, llamada así por decenas de venezolanos que han pasado por la celda con banquito de acero mantenido a muy bajas temperaturas. Al día siguiente sería esposado, trasladado al Broward Transitional Center (BTC), un centro de detención de inmigración ubicado en Pompano Beach donde lleva meses vistiendo el uniforme naranja de los presos.

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El Nuevo Herald conversó con más de una docena de venezolanos que pasaron por la nevera, una especie de frío limbo donde son colocados los viajeros que llegan mientras aguardan que las autoridades decidan si serán deportados o enviados a BTC para recorrer en cautiverio el arduo y costoso camino del asilo político.

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Algunos de ellos, como Martínez, efectivamente habían llegado a Estados Unidos con la intensión de escapar la represión, o la amenaza de ser encarcelados, o la de ser asesinados por oponerse al régimen de Nicolás Maduro.

Estos terminaron solo cambiando una pesadilla por otra, siendo encarcelados en BTC, desde donde solo podrían salir deportados de regreso a Venezuela, o las calles de Estados Unidos, tras acceder a vivir con un grillete electrónico, pagar miles de dólares en fianza y presentar el juramento de algún amigo o familiar en Estados Unidos dispuesto a responsabilizarse por ellos. Y esa opción solo está disponible si primero convencen a un juez o a algún funcionario de inmigración de que realmente son perseguidos políticos.

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Pero otros de los entrevistados terminaron en BTC por error, o una mala jugada de la fortuna, ya que no tenían realmente planes de quedarse. Venían a Estados Unidos de turistas, o para comprar productos difíciles de conseguir en la económicamente colapsada Venezuela.

Y todos dijeron haber sido engañados y maltratados por los funcionarios de aduanas y de inmigración del Aeropuerto. La gran mayoría de ellos no sabía que estaban siendo enviados a una cárcel, sintieron gran alarma cuando los esposaron para ser trasladados como delincuentes a Pompano Beach, y luego lloraron cuando llegaron a BTC y vieron los uniformes naranja que debían ponerse.

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Y todos respondieron sí, sin saber lo que estaba pasando, cuando con mucha insistencia los funcionarios en el Aeropuerto les preguntaba si sentían miedo de vivir en Estados Unidos. Respondían que sí, porque queriendo ser honestos ante los funcionarios, admitían que todo el mundo vive con miedo en Venezuela, país que se ha convertido en uno de los más peligrosos del mundo.

Respondieron que sí porque ninguno sabía realmente que detrás de la respuesta los esperaba meses de cautiverio y el ingreso a un laberinto legal de difícil salida.

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A continuación siguen algunos de los testimonios recogidos. Algunos de los entrevistados accedieron ser citados con sus nombres y apellidos. Otros, por temor a repercusiones en sus procesos legales, solicitaron aparecer con sus nombres incompletos o solo con sus segundos apellidos.

Estas son sus historias.

ALEJANDRO MARTÍNEZ

El problema lo venía arrastrando desde antes, como consecuencia del robo del auto de su hermano, un “Turpial”, modelo del fabricante iraní-venezolano Venirauto, y pocos meses después del robo del Mazda que manejaba su papá como taxista.

Martínez, un corredor de seguros de Maracay de 36 años, se dio cuenta que estaba lidiando con el colectivo que controlaba la zona 23 de Enero de Maracay, cuando negoció el retorno del primer vehículo, pagando 100,000 bolívares ($400 al tipo de cambio de la época) por el rescate. “Ah, tú eres el escuálido [opositor] del turpialito”, le dijeron cuando logró contactarlos por teléfono.

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El colectivo, que controla las actividades delictivas en el sector, había marcado a la familia cuando el hermano había colocado un afiche del encarcelado dirigente opositor Leopoldo López en el auto.

De manera que la familia volvió a caer víctima del colectivo dos meses después, en octubre del 2015, con el robo del Mazda. Martínez sabía qué hacer. Había que llamar a un intermediario, denominado llorón, para que negociara nuevamente el rescate del auto. Martínez, sin embargo, no logró conseguir a alguien del vecindario y al acudir a un intermediario de afuera, terminó involucrando sin saberlo a la peligrosa megabanda delictiva conocida como el Tren de Aragua.

El negocio para el colectivo se frustró, y el rescate de 182,000 bolívares terminó siendo repartido entre las dos agrupaciones, pero desde ese entonces Martínez quedó marcado para futuras represalias.

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El verdadero conflicto vino después, en febrero, cuando Martínez se enfrentó con integrantes del colectivo que intentaban saltarse una cola en un supermercado, ignorando una larga fila de personas que esperaban desde la noche anterior y se abrían paso haciéndose pasar por funcionarios del gobierno.

“Les dije a las personas que estaban allí que esos chamos no eran funcionarios, que venían a comprar, y que todos los que estamos aquí nos íbamos a quedar sin comida”, dijo Martínez en una entrevista.

“Allí se armó la trifulca. Les bloqueamos la entrada, todo el mundo se amontonó y no los dejamos pasar. Ellos sacaron sus armas pero no se atrevieron a usarlas, había mucha gente”, agregó.

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Las usaron al día siguiente. Martínez había cruzado la raya y se dirigía en moto a la casa de su madre cuando los integrantes del colectivo lo vieron, y siguiéndolo en un auto comenzaron a dispararle en plena calle.

“Conté como siete disparos. Me salvé porque que metí en una calle de una vía y fui comiéndome la flecha [en dirección contraria]”.

Pero Martínez sabía que solo era cuestión de tiempo que lo agarraran y esa noche tomó la dolorosa decisión de tomar un avión a Estados Unidos.

Llegó en marzo y aún se encuentra recluido en BTC.

PEDRO O.

A Pedro también le habían robado carros en Venezuela; tres de ellos, y además habían secuestrado al joven comerciante.

“Tuve un secuestro hace dos o tres años atrás”, dijo Pedro en una entrevista telefónica. “Me llevaron a un río, me agacharon y me dijeron que me iban a matar. Me dejaron allí, agachado, esperando. Después me di cuenta que se habían ido los delincuentes con mi carro y la mercancía que llevaba”.

Con esa experiencia, Pedro respondió que sí cuando el funcionario de inmigración le preguntó que si sentía miedo en Venezuela. “Yo sí tengo miedo, porque en cualquier momento me matan allá, o me secuestran a un hijo y me piden dinero, le digo”.

YO SÍ TENGO MIEDO, PORQUE EN CUALQUIER MOMENTO ME MATAN ALLÁ, O ME SECUESTRAN A UN HIJO Y ME PIDEN DINERO
Pedro O

En ese momento, el empresario ya estaba conversando con el funcionario de la segunda entrevista del Aeropuerto, luego que el funcionario de la primera taquilla le dijera que pensaba que Pedro venía a trabajar ilegalmente en el país.

Los funcionarios, que previamente le habían dicho que iba a deportarlo, tomaron nota de la respuesta y de inmediato le dicen que ya “entró en otro proceso” y le dieron a firmar unos papeles que no llegó a entender qué eran.

“No sabía de ninguna consecuencia ni de los trámites”, dijo. Esa noche la pasó en la nevera. “Casi no dormí. A las 11 de la mañana del día siguiente me sacaron esposado y me llevaron a BTC”.

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Pasó varias semanas en el centro de detención. Al final logró salir pagando los $15,000 de fianza, que aportó su familia. “Los $15,000 me los prestó un tío. Mi mamá solo tenía $3,000”, dijo.

Pedro dijo que actualmente está tratando de vender unas propiedades en Venezuela para reponer el dinero de su familia.

CARLOS QUINTERO

Hablando desde España, Quintero narró cómo los funcionarios del Aeropuerto le mintieron antes de que lo enviaran a BTC.

Ya había pasado de la primera taquilla, después que le hicieran un par de preguntas.

“Me pasaron a un cuarto, y me empezaron a interrogar y a revisar, hasta un punto, que me dijeron, o me desbloqueas el teléfono, o te los desbloqueamos nosotros. Yo les digo, ‘vale yo te lo desbloqueo’. Pensé que había borrado todas las cosas del teléfono, pero resulta que no. Tenía un mensaje que decía que yo iba a trabajar a Estados Unidos”, relató.

“Después de allí no me hicieron más pregunta y me metieron al freezer. Tuve cerca de 12 horas allí. No dejaron que tuviera reloj o que me pusiera un sweater”, agregó.

Desde la nevera, lo metieron y lo sacaron varias veces. “Prácticamente, si tú no contestas lo que ellos quieren que contestes, te vuelven a meter, hasta que contestes todo lo que ellos quieren”, dijo.

Según Quintero, la pregunta clave para ellos era si tenía miedo de estar en Venezuela, a lo que respondió, “Sí, claro, por la situación de mi país, quién no tendría miedo de estar en Venezuela”.

“Yo no sabía las consecuencias de esa respuesta”, insistió.

Con la respuesta le informaron que ya era un caso de asilo político y que sería enviado para un centro. El oficial le comentó: “tu trámite va a durar de tres a cuatro días y ya vas a estar afuera, y yo le dije que muy bien”.

ME PASARON A UN CUARTO, Y ME EMPEZARON A INTERROGAR Y A REVISAR, HASTA UN PUNTO, QUE ME DIJERON, O ME DESBLOQUEAS EL TELÉFONO, O TE LO DESBLOQUEAMOS NOSOTROS
Carlos Quintero

“Pero cuando llego a BTC, el oficial que me recibe ya lo sabía todo, y me dice, mira a ti te cayeron a coba [te mintieron]. Tú no vas a estar aquí de tres a cuatro días, no sé por qué los del Aeropuerto dicen eso, vas a estar aquí de tres semanas a un mes. Luego me dicen, quítate la ropa y ponte el uniforme naranja de preso, porque tú eres un preso”.

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Quintero pasó menos tiempo de lo usual en BTC, de inmediato solicitó la anulación del proceso de asilo político que había sido emprendido en su nombre sin que le explicaran lo que estaban haciendo y fue deportado a Venezuela.

ERNESTO GUEVARA

El licenciado de administración de 28 años, quien no tiene ninguna relación con el Che, sólo venía a Estados Unidos a vender su auto y algunas cosas que tenía en Estados Unidos porque estaba emigrando a Chile.

Había decidido emigrar por la violencia en Venezuela, donde ya lo habían secuestrado dos veces, le habían robado un auto y había sido víctima de extorsión.

Pero Estados Unidos no era su destino, solo venía a poner sus cosas en orden después de su ultima estadía en este país.

Pero las autoridades de inmigración no le creyeron.

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“Me preguntaban qué había hecho en Estados Unidos y por qué había pasado tanto tiempo la vez anterior. Allí pasó otro señor que me trata muy mal y comienza a amedrentarme”, dijo desde Santiago de Chile, donde actualmente reside.

Ya una vez en la nevera, le dicen que lo deportarían esa noche. Luego le dicen que sería a las 6 de la mañana, y de las seis pasó las 10, y luego al mediodía.

“A las 3:30 de la tarde [ya llevaba cerca de 16 horas en el Aeropuerto] me llaman para que firme unos papeles, pero andaban apurados. Uno de ellos me dice: ‘Firma de una vez […] ¿quieres el asilo político o no?’ ”, comentó el joven.

“No entendía lo que me estaban diciendo, le pregunté, pero es un asilo político y ya. Y me dijo que sí. Firmé y me devolvieron al cuartito y como a las 6 de la tarde, me vinieron a buscar y me llevaron a BTC”.

Guevara entró en shock cuando llegó al centro de detención.

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“Comencé a llorar. Me dijeron que no llorara porque eso no era una cárcel y porque aquí no habían niños pequeños. Les dije que no entendía por qué me estaban metiendo preso, si yo nunca en mi vida he hecho nada. Nunca le he hecho daño a nadie”, relató.

Guevara desde un inicio insistió en que quería ser devuelto a Venezuela y que no estaba interesado en el asilo político.

No obstante, el trámite había sido iniciado tran pronto respondió que sí a la preguntra sobre si tenía miedo.

DAVID F.

En el caso de David, quien se encuentra en Venezuela, sus padres sufrieron mucho más la detención que él mismo.

“Mi papa sufrió mucho con todo esto. Porque yo nunca estuvo preso en Venezuela. Y llegar a Estados Unidos y estar detenido sin motivo”, explicó.

Su problema comenzó al enfrentar al funcionario en la primera taquilla, cuando éste le preguntaba cuánto tiempo se pretendía quedar, y respondió que el tiempo que ellos quisieran.

Algo en esa respuesta no le gustó y me pasaron a la segunda entrevista.

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“La visa me permitía estar seis meses y había puesto un pasaje para regresar en cuatro meses y unas semanas, puesto que iba con intenciones de pedir asilo”.

Pero David lo que estaba pensado era informarse sobre cómo se hacía eso en Estados Unidos y repartir su currículo a diferentes compañías para tratar de ver si alguna de ellas mostraba interés en contratarlo.

Pensaba regresar a Venezuela para luego iniciar legalmente su proceso de inmigración, pero no lo creyeron. Tras solicitarle que les facilitaran su teléfono, encontraron un mensaje de WhatsApp de una amiga radicada en Estados Unidos, donde ella mostraba confianza en que él, un técnico eléctrico especializado en transmisión de energía, encontraría fácil empleo en Estados Unidos.

Parecía que David sería deportado a Venezuela bajo la sospecha de que pretendía trabajar ilegalmente en Estados Unidos hasta que el funcionario le hizo la pregunta del miedo.

Al igual que los otros, fue trasladado al siguiente día esposado a BTC. Se sintió muy alarmado cuando vio que el centro de detención se trataba de una cárcel de baja seguridad y que lo obligaban a utilizar un uniforme de prisionero.

Pero recordaba que en el Aeropuerto le habían dicho que solo estaría allí algunos días, y que después lo dejarían salir para tramitar el asilo político.

Entró en cuenta de la realidad pocas horas después, cuando se encontró con el grupo de venezolanos que se encontraba allí.

“Hermano, me dijeron que en cinco días ya podía salir, y ellos se echan a reír porque allí habían varios que llevaban ya varios meses”, contó.

David fue eventualmente deportado a Caracas pese a haber solicitado el asilo. Su caso fue negado luego que el oficial de inmigración que lo entrevistó en BTC se rehusara a aprobar el estatus de “miedo creíble”, debido principalmente a problemas de traducción, y al hecho de que él trabajaba para una empresa estatal.

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