En libertad la justicia

“Aléjese de los palacios el que quiera ser justo.

La virtud y el poder no se hermanan bien.”

 

Marco Anneo Lucano

Quien corría una muy triste suerte, la jueza María de Lourdes Afiuni,  por haber incurrido, supuestamente, en “corrupción sin haber recibido un centavo”, ha sido “beneficiaria” de una medida cautelar que, aunque imperdonablemente tardía, ha aliviado en buena medida el dolor, la dura carga soportada por tanto tiempo; ella y su honorable familia, su círculo amistades y colegas y de algún  modo, lo que queda de decencia en el sistema de justicia venezolano, celebra en este momento.

No ha cometido delito,  no está comprobado; pero lo que sí ha quedado en evidencia es el maltrato, la saña y la cobardía con que se le ha tratado, no solo en su condición de ciudadana venezolana, jueza de la República por concurso, sino como mujer y madre venezolana.

Curioso eso de  corrupto sin estar demostrado que se ha solicitado, y mucho menos recibido dinero. Es sencillamente un absurdo jurídico, por cuanto la prueba o demostración de los hechos debe constar en el expediente  que contiene todas las actuaciones del juicio, es decir, lo que no está en el expediente, no existe.

Una capilla necesita de al menos un santo; una exposición de un catálogo o texto; las medicinas se buscan en la farmacia, y desde luego, un delito configura la existencia de víctima y victimario lo que, evidentemente, nunca hubo en el amañado y de suyo desgraciado juicio que se le montó a esta digna venezolana.

Bien ha dicho en tono de sorna el abogado que dirige la defensa de la Jueza Afiuni: “es como si se  hablara y aceptara un homicidio sin muerto”.

Nunca una venganza privada puede conducir al encarcelamiento de una persona inocente, y al parecer, eso ocurrió en el caso de marras. Tanto así, que el Ministerio Publicó –a cuya cabeza hoy está una inefable profesional del derecho- admitió en la audiencia preliminar, que no estaba demostrado en el expediente, que la jueza María de Lourdes Afiuni hubiera solicitado ni recibido cantidad de dinero alguna, de tal manera, y con vista al señalamiento fiscal,   procedía decretar de inmediato la libertad plena de la procesada, pues su reclusión no tenía y nunca tuvo basamento jurídico.

Es preciso recordar –no olvidarlo jamás- que esta mujer venezolana ha sido víctima de la justicia, hoy en manos de siniestros operadores, que sin remilgo alguno acataron la no menos siniestra orden presidencial del finado, dada en perversa cadena nacional, de encarcelarla y mantenerla entre los muros de una horrible cárcel donde padeció los más graves vejámenes que no son del caso explicar ahora.

Abogados, jueces y fiscales que con sumisión perruna no dudaron en obedecer a la mandonería catorceañera y que en  señal de “firmeza y discreción”, acataron aquellas diabólicas instrucciones de Hugo Chávez, desde luego, apartándose de los más elementales principios del derecho y la justicia. Queda claro, el régimen del arañero, y hoy día el de la usurpación, con funcionarios como estos, no tiene ni paz ni “afiunidad” con la justicia.

Vale la pena insistir que en  materia penal el silencio de la ley o la inexistencia de esta, operan a favor del encausado; que no habiendo delito, no puede haber encarcelamiento, de conformidad con el principio  Nullum crimen, nulla poena sine praevia lege, es decir, ningún delito, ninguna pena sin ley previa.

Sostener que existe “corrupción sin dinero” o “espiritual” es tan burdo como la sensación de inseguridad de la defensora “María del Mar”, la revolución bonita, los innumerables intentos de magnicidios, o cualquier otro eslogan o consigna gobiernera, que solo existe en las mentes de sus ilusos creadores.

El caso Afiuni tiene muchas aristas; si embargo es bueno poner de bulto la seria amenaza que siempre existió en  contra de su integridad física y emocional, estando en las mazmorras del INOF. Por ello es que ante  el peligro que se cernía sobre su humanidad, encarcelada  sin pruebas, víctima de una venganza privada, el país decente no dejó nunca de exigir justicia en su procesamiento.

De allí que su familia,  defensores y sociedad civil, clamaran,  con toda razón, que el sistema de justicia  garantizara su  existencia y la propia vida de la prisionera. Sobre estos particulares, importantes todos, se encargó el periodista Francisco Olivares de plasmarlos en su libro “La presa del Comandante”, revelador de la lamentable experiencia.

Resulta curioso, por decir lo menos,  que estando hoy en Venezuela los  Poderes Públicos  en manos de mujeres, en su mayoría,  no  se atrevieron nunca a  voltear la mirada –al menos la mirada- hacia este caso tan emblemático de saña, injusticia y cobardía. Postración total.

Entretanto, la jueza Afiuni, aún maltratada y vejada en sus más  elementales derechos humanos, siempre se mostró convencida de haber actuado apegada al ordenamiento jurídico vigente en el país;  entereza y cataplines demostró tener esta valiente  venezolana, cuando afirmó: “Si pudiera devolver el tiempo lo volvería hacer mil veces”.

Como si fuera poco, a la ilegal detención, al inhumano trato y a la permanente situación de riesgo que padeció esta mujer, se agrega la amenaza oficial de controlar a las ONG que defienden y protegen los DD.HH.

Sabemos que la medida no borra en modo alguno las desgracias vividas, pero seguro estoy que la fortaleza, el aplomo y sobre todo la  dignidad de esta admirable mujer, se impondrán al odio y al miedo que pretende inocularnos la usurpación aposentada tramposamente en el poder, heredera de aquel régimen culpable primigenio de esta y otras muchas terribles injusticias.

Francamente, “es una manía miserable el querer mandar a todo trance…” escribió Bolívar a Santander el 15-4-1823, pues miren ustedes, siguen los maníacos en trance.

Jesús Peñalver

@jpenalver

 

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