La decisión de intervenir:  Comparación entre Bosnia en 1995 y Venezuela, en 2018 Por Adriana Vigilanza[1]

El buque hospital de USA que anclará en las costas colombianas para atender a los venezolanos migrantes, es de las dimensiones de un portaaviones y no llegará solo, sino muy escoltado.

En el año 1998, el ex Embajador de los EEUU ante la OTAN y ex Presidente del Consejo de Chicago sobre Asuntos Globales Ivo H. Daalder, escribió un artículo titulado “La decisión de intervenir: Cómo acabó la Guerra en Bosnia” (Ver:      https://www.brookings.edu/articles/decision-to-intervene-how-the-war-in-bosnia-ended/. Traducción al español al final de este artículo). Me parece un artículo muy interesante para hacer una analogía con el horror que es Venezuela en el presente, porque en él su autor se pregunta que motivó el cambio radical en la confusa política exterior de la Administración Clinton, frente a la guerra en Bosnia. Cambio que parece que necesitamos urgentemente los venezolanos, de parte de la Administración Trump.

Sabemos que hay diferencias en las causas de los asesinatos de masas, entre la Bosnia de principios de los noventa y la Venezuela actual. Esas diferencias no son en número de víctimas. Apartando los centenares de asesinados por fuerzas del régimen, en Venezuela se han producido más de 350.000 asesinatos en los últimos 14 años. No existe país en el mundo con un índice superior de violencia y teniendo en cuenta que por Constitución, el Estado tiene el monopolio de las armas, tan enorme número de asesinato entre civiles, obedece a una política de Estado de no desarmar, ni pacificar. Los desplazados en el caso Bosnia 1995 fueron 1.8 millones y en el caso Venezuela, van aproximadamente 4 millones.

Una diferencia que sí es fundamental es que en el caso de Bosnia, existían varias “naciones”, cada una con su ejército propio y con objetivos encontrados. En el caso de Venezuela, se trata sólo de una población civil inerme, que está muriendo a cuenta gotas por la premeditada intención de un poder militar extranjero, el cubano, de sacrificar a esa población para procurarse el sustento económico que es incapaz de proveerse por sí solo.

Para el logro de su objetivo, la fuerza militar cubana logró aliarse con la Fuerza Armada de Venezuela, quien a su vez se alió con paramilitares (civiles armados por esos mismos militares), a cambio del know-how para el control social que garantizaría el saqueo al erario público, con impunidad, más servicios de inteligencia y asistencia diplomática, con lo cual la FAN venezolana preservaría por siempre, como sucede en Cuba, su tajada en el saqueo y también, en la producción y comercio de drogas. Si se tiene cuenta que el Tribunal Supremo de Justicia Legítimo de Venezuela sentenció a Maduro, el pasado 13 de agosto, a regresar a la nación venezolana 35.000 millones de dólares, por el desfalco cometido solamente en el caso de corrupción Odebrecht  (que de paso involucra también al ex Presidente de Brasil, otro aliado de Cuba, Lula da Silva), se comprenderá la magnitud del dinero sucio que ha estado en juego.

Ivo Daadler asegura en su artículo que mientras muchos en el mundo han escrito elocuente y apasionadamente para explicar lo que se considera un fracaso de Washington y de Occidente en detener la limpieza étnica en Bosnia, pocos han examinado por qué, en el verano de 1995, los Estados Unidos finalmente asumió un papel de liderazgo para terminar con esa guerra, interviniendo militar y unilateralmente, incluso cuando el propio Departamento de Estado estaba en contra y había una resistencia inicial en la ONU (irónicamente, un actor fundamental en que se produjese un cambio positivo de enfoque hacia la política de “fin del juego” de parte de los EEUU, en la ONU, fue el venezolano Diego Arria, quien por entonces presidió el Consejo de Seguridad de la ONU,  hoy perseguido del régimen cubano-venezolano). Ivo Daadler afirma que ese cambio se produjo cuando los dirigentes serbios ejecutores de la limpieza étnica,  a principios de marzo de 1985, decidieron que ese sería el último año de la guerra, adoptando una estrategia simple, pero descarada: ataques a gran escala contra los tres enclaves musulmanes orientales de Srebrenica, Zepa y Gorazde.

Como en la Bosnia de 1995, en Venezuela acaba de producirse,  el pasado  viernes 17, la ofensiva final de la fuerza militar extranjera, aliada al estamento militar venezolano: la total destrucción de la capacidad financiera de todos los pobladores de Venezuela y su sometimiento absoluto a una estructura criminal (no hay un verdadero Estado, en Venezuela), incapaz de satisfacerles sus necesidades más  básicas. No exageramos al decir que esto es el equivalente a los miles de asesinatos de musulmanes, a manos de militares serbios, aunque sea sin balas, a cámara lenta y no obedezca a distingo de raza, sexo, religión o posición política. El exterminio de la parte de la población venezolana que no logre huir del control de la banda internacional criminal que la pretende someter y aun de muchos de aquellos que sí se sometan a sus anárquicos designios, ya es un hecho, pues esa estructura criminal es incapaz de producir comida ni bienes de ningún tipo.

De acuerdo con Ivo Daadler, lo que provocó la intervención armada y unilateral de los EEUU y acabó la Guerra en Bosnia, fue el tamaño de la atrocidad humana que se cometió y se pretendía seguir cometiendo, contra musulmanes que estaban armados, sólo que no suficientemente. El ex Embajador de la OTAN no menciona ningún elemento de conveniencia económica para los EEUU que haya provocado esa intervención. Sí menciona la “percepción” negativa del mundo ante el reiterado fracaso de occidente en detener a los genocidas.

En el caso venezolano, la población atacada ni siquiera está armada. Es más que seguro que morirá por centenares, si se la dejada sola. Apartando el hecho de que en el caso venezolano es moralmente aún más necesaria la intervención militar en socorro de civiles en riesgo de exterminio, que en el caso de Bosnia 1995, existen además probadas alianzas del crimen cubano-venezolano con el terrorismo internacional. Encima de esto, la expansión de ese modus operandi del crimen organizado, por toda América, es algo que hasta a los políticos de los EEUU (que podrían sentirse seducidos por la posibilidad de poder que esto brinda) les debería preocupar.

Es ingenuo pensar que los capitales robados a Venezuela, por sus proporciones, no hayan logrado controlar una parte importante del poder político norteamericano, como controló también al poder financiero mundial, que les aceptó sin chistar capitales astronómicos curo origen evidentemente era la corrupción. Pero rogamos a Dios que la Administración Trump no hayan sucumbido al poder del dinero venezolano y que ya hayan surgido mentes lúcidas, como paradójicamente lo fueron la de Madeleine Albright y Bill Clinton, al menos para el caso Bosnia.

 

La decisión de intervenir: Cómo acabó la Guerra en Bosnia

Por Ivo H. Daalder

Traducción de Adriana Vigilanza

(Nota: Las negrillas han sido de la traductora para evidenciar similitudes o los riesgos similares que ofrece al mundo el caso Venezuela).

Por más de cuatro años después de la desintegración de Yugoslavia y el comienzo de la guerra, primero en Croacia y luego en Bosnia, los Estados Unidos se rehusaron a tomar la iniciativa para tratar de poner fin a la violencia y el conflicto. Mientras muchos han escrito elocuente y apasionadamente para explicar el fracaso de Washington y de Occidente en detener la limpieza étnica, los campos de concentración y las masacres de cientos de miles de civiles, pocos han examinado por qué, en el verano de 1995, los Estados Unidos finalmente asumió un papel de liderazgo para terminar la guerra en Bosnia.

Una excepción notable fue Richard Holbrooke, quien relata su propia contribución crucial a la negociación de los Acuerdos de Paz de Dayton en su libro “To End a War” (“Terminar una Guerra”). Pero el relato de Holbrooke no deja claro qué cosa, además de su propia función de intermediación, sirve para explicar el cambio en la política de los EE. UU., incluida la decisión crítica de asumir un papel de liderazgo en el intento de terminar la guerra. Fue sobre la base de esa decisión que Holbrooke emprendió posteriormente su esfuerzo de negociación.

¿Qué explica, entonces, la decisión de la administración Clinton, en agosto de 1995, de intervenir decisivamente en Bosnia? ¿Por qué en 1995, si numerosos intentos previos de involucrarse en Bosnia fueron poco entusiastas en la ejecución y terminaron en fracaso? La respuesta es compleja, involucrando explicaciones en dos niveles diferentes. En primer lugar, a nivel de políticas. El enfoque cotidiano de gestión de crisis que había caracterizado la estrategia de la administración Clinton en Bosnia había perdido prácticamente toda credibilidad. Estaba claro que los eventos en el terreno y las decisiones en las capitales aliadas, así como en el Capitolio, estaban obligando a la administración a buscar una alternativa para salir del paso.

En segundo lugar, al nivel del proceso de formulación de políticas, el Presidente alentó a su asesor de seguridad nacional y al personal a desarrollar una estrategia integral y de largo alcance para Bosnia, que abandonó el enfoque gradual de los esfuerzos. Este proceso produjo un acuerdo sobre una nueva estrategia audaz diseñada para llevar el asunto de Bosnia a la cabeza en 1995, antes de que las elecciones presidenciales tuvieran la oportunidad de intervenir e inculcar una tendencia a evitar el tipo de comportamiento arriesgado necesario para resolver el problema de Bosnia.

El punto de quiebre

Aunque la evolución de la política de Estados Unidos en Bosnia, incluida la difícil situación de la administración Clinton en el verano de 1995, es relativamente bien conocida, los detalles del proceso de formulación de políticas de la administración durante este período, no lo son. Sobre la base de una nueva investigación extensa, que incluye numerosas entrevistas con participantes clave, ahora es posible comenzar a completar algunos de los detalles críticos sobre cómo la administración llegó a su decisión, en agosto de 1995. Aunque a principios de año 1995 pocos se dieron cuenta, resultaría ser el año decisivo para el futuro de Bosnia. Ese cambio se debió a una decisión, alcanzada por los dirigentes serbios de Bosnia a principios de marzo, de que el cuarto año de la guerra sería el último. El objetivo de los serbios de Bosnia era claro: concluir la guerra antes del comienzo del próximo invierno. La estrategia era simple, incluso si su ejecución era descarada. Primero, un ataque a gran escala contra los tres enclaves musulmanes orientales de Srebrenica, Zepa y Gorazde, cada uno de ellos un área internacional “segura” ligeramente protegida por una presencia simbólica de los EE.UU., capturaría rápidamente estos puestos avanzados musulmanes en el territorio bosnio controlado por los serbios. A continuación, la atención se trasladaría a Bihac, un cuarto enclave aislado en el noroeste de Bosnia, que sería asumido con ayuda de las fuerzas serbias croatas. Finalmente, con los musulmanes huyendo, Sarajevo se convertiría en el gran premio, y su captura por la caída concluiría efectivamente la guerra.

Traición en Srebrenica

A medida que la estrategia de los serbios de Bosnia se desarrollaba durante la primavera y el verano, la fuerza de protección de 20,000 efectivos de la ONU en Bosnia se enfrentó a un dilema funesto. La UNPROFOR (“Fuerzas de Protección de las Naciones Unidas”)  podría oponerse activamente al esfuerzo de los serbios de Bosnia y ponerse del lado de las víctimas musulmanas de la guerra. Pero esto implicaría sacrificar la imparcialidad que es el sello distintivo del mantenimiento de la paz en las Naciones Unidas. Alternativamente, la UNPROFOR podría preservar su tan cacareada neutralidad y limitar su función a la protección de suministros y organismos de socorro humanitario. Pero esto efectivamente dejaría a los musulmanes para enfrentar el asalto de los serbios de Bosnia prácticamente sin protección.

La preferencia de Washington fue clara. Repetidamente exigió que las fuerzas de las Naciones Unidas que detuvieran el último asalto de los serbios de Bosnia o, al menos, aceptaran los ataques aéreos de la OTAN, para castigar a las fuerzas serbias y proteger las áreas “seguras”. La mayoría de los aliados europeos tenían una opinión diferente. A diferencia de los Estados Unidos, muchos europeos habían arriesgado sus tropas al participar en la operación de las Naciones Unidas, bajo la premisa de que su participación a estaría limitado a un mandato estrictamente humanitario. Cuando ataques aéreos limitados a fines de mayo de 1995 provocaron la toma de rehenes de casi 400 pacificadores, rápidamente surgió un consenso dentro de la ONU y entre los países que aportan contingentes que, aunque limitados, los ataques aéreos de la OTAN causarían más daño que beneficio. La fuerza de las Naciones Unidas volvería a los “principios tradicionales de mantenimiento de la paz”. Esto envió el mensaje no tan sutil a los serbios de Bosnia de que ahora eran libres de seguir su estrategia preferida. Esa estrategia, llamada “limpieza étnica”, implicó el uso de asesinatos, violaciones, expulsiones y encarcelamientos a gran escala para expulsar a musulmanes y croatas del territorio que los serbios de Bosnia deseaban reclamar.

Los serbios de Bosnia implementaron su estrategia con resultados espeluznantes. En julio, las fuerzas serbias volcaron su atención a Srebrenica, un pequeño pueblo cerca de la frontera oriental con Serbia hinchada con unos 60,000 refugiados musulmanes. Fue allí donde el entonces comandante de las Naciones Unidas, el general francés Philippe Morillon, había hecho la postura final de la ONU dos años antes, declarando en ese momento: “Ahora están bajo la protección de las Naciones Unidas. Nunca los abandonaré”. A pesar de que la bandera de los la ONU sobrevolaba el enclave, el asalto de los serbios de Bosnia en julio de 1995 no encontró resistencia de la ONU, ni en el suelo, ni desde el aire. En 10 días, decenas de miles de refugiados musulmanes llegaron a la ciudad de Tuzla, controlada por los musulmanes. Desaparecidos de la corriente de refugiados había más de 7.000 hombres[2] de todas las edades, que habían sido ejecutados a sangre fría, asesinatos masivos a una escala que no se había presenciado en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

“No más pinchazos”

Srebrenica fue la mayor vergüenza del Oeste, con cada una de las 7.079 vidas perdidas, lo que subraya el hecho de que no actuaron a tiempo para evitar este acto de genocidio de la guerra de Bosnia. La culpa llevó a altos representantes de los Estados Unidos y sus aliados clave a acordar en Londres unos días más tarde que la OTAN haría una fuerte posición en Gorazde, al defender a la población civil de la ciudad. (Esta decisión se extendió luego a las otras tres áreas “seguras” restantes de Bihac, Sarajevo y Tuzla; Zepa había caído anteriormente en manos de los serbios de Bosnia). Los aliados acordaron que un ataque, o incluso una amenaza a Gorazde, se encontraría con una campaña aérea “sustancial y decisiva”. “No habrá más huelgas de pinchazo”, declaró el Secretario de Estado Warren Christopher. Unos días más tarde, el Consejo del Atlántico Norte elaboró ​​los detalles operativos finales de la campaña aérea y pasó la decisión a los comandantes militares de la OTAN sobre cuándo llevar a cabo las huelgas.

Rompiendo  la caja

A fines de julio, Estados Unidos y sus aliados enfrentaron una situación que requería una acción concertada. La estrategia de confusión que caracterizó la política estadounidense desde el comienzo del conflicto, claramente ya no era viable. El Presidente dejó en claro a sus asesores superiores que quería salir de la caja en la que se encontraba la política de los EE.UU. Este cuadro había sido creado por una estrategia diplomática impracticable, de ofrecer concesiones cada vez mayores al presidente serbo, Slobodan Milosevic, sólo para poner a los serbios de Bosnia a la mesa; por la negativa de larga data de poner a las tropas estadounidenses en el suelo; por la resistencia aliada al uso de la fuerza, siempre que sus tropas puedan ser tomadas como rehenes; por un comando de las Naciones Unidas que insistió en los “principios tradicionales de mantenimiento de la paz” a pesar de que la guerra estaba en su apogeo; y por un Congreso de los EE.UU. empeñado en tomar las riendas de la moral, levantando unilateralmente el embargo de armas al gobierno bosnio sin, sin embargo, asumir la responsabilidad por las consecuencias de hacerlo.

Sin embargo, la administración Clinton había estado aquí antes. A principios de 1993 rechazó el Plan de Paz Vance-Owen; en mayo de 1993 intentó vender una política para levantar el embargo de armas y realizar ataques aéreos mientras los musulmanes estaban siendo armados; y en 1994 buscó repetidamente convencer a los aliados de apoyar ataques aéreos estratégicos. Cada vez, la nueva política fue rechazada o archivada, y un enfoque gradual de gestión de crisis fue una vez más sustituido por un enfoque viable para poner fin a la guerra.

¿Por qué el verano de 1995 fue diferente? ¿Por qué surgió un consenso firme sobre una estrategia concertada ahora, cuando se había eludido a la administración Clinton durante más de dos años? La respuesta, en parte, radica en los horrores presenciados por Srebrenica, una sensación de que esta vez los serbios de Bosnia habían ido demasiado lejos. Ciertamente ese fue el caso en el Pentágono, donde el secretario de Defensa William Perry y el Presidente de JCS, John Shalikashvili, tomaron la iniciativa para impulsar el tipo de vigorosa campaña aérea que finalmente se acordó en Londres. La verdadera razón, sin embargo, era la palpable sensación de que Bosnia era el cáncer que se tragaba la política exterior estadounidense, en palabras de Anthony Lake, asesor de seguridad nacional de Clinton. La credibilidad de los EE.UU. en el extranjero  se veía socavada perceptiblemente por lo que estaba ocurriendo en Bosnia, y por el fracaso de Estados Unidos y la OTAN en ponerle fin. Con las elecciones Presidenciales a poco más de un año, la Casa Blanca en particular sintió la necesidad de encontrar una salida.

Era una salida que el Presidente exigió a su equipo de política exterior en junio de 1995. Encabezada por el personal del Consejo de Seguridad Nacional y fuertemente apoyada por Madeleine Albright (entonces embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas), se desarrolló la primera estrategia coherente de Bosnia. Esta estrategia por primera vez concuerda con la fuerza y ​​la diplomacia de una manera que rompería el impasse político que había estrangulado a Washington por tanto tiempo. Fue un debate entre el Presidente y sus asesores en el transcurso de tres días en agosto, cuando fue aceptado por Clinton, se convirtió en la base del triunfo diplomático en Dayton tres meses después.

Lake impulsa el proceso

Dado el empeoramiento de las atrocidades en Bosnia y el creciente descontento con la política de Estados Unidos, ¿cómo pasó la administración de su parálisis de 1994, a su rol constructivo a fines de 1995? En mayo de 1995, Tony Lake comenzó a considerar cómo podría cambiarse la política de EE.UU. hacia Bosnia, en una dirección más productiva. Comenzó a reunirse informalmente con personal clave de su personal del NSC (incluido su adjunto, Sandy Berger, y sus principales ayudantes de Bosnia, Sandy Vershbow y Nelson Drew) para considerar cómo los Estados Unidos podrían ayudar a cambiar el curso de la guerra.

Hacía mucho tiempo que estaba claro que el progreso hacia un acuerdo negociado sólo era posible si los serbios de Bosnia comprendían que no alcanzarles una solución diplomática les costaría caro. Durante casi un año, los Estados Unidos y sus socios del Grupo de Contacto (Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia,) trataron de presionar a los líderes serbios de Bosnia, con sede en Pale, para que acordaran iniciar negociaciones serias al convencer a Milosevic de suspender la economía y especialmente, asistencia militar a los serbios de Bosnia. A pesar de que se le ofrecieron varios incentivos (incluidas negociaciones directas con los EE.UU y la suspensión de las sanciones económicas de la ONU), Milosevic nunca cumplió.

Esto dejó la presión militar -la amenaza o el uso real de la fuerza contra los serbios de Bosnia- como la única palanca real para convencer a Pale de que una solución diplomática era beneficiosa para él. Sin embargo, más de dos años de tratar de convencer a los aliados de la OTAN de este hecho no condujeron a nada. En todos los frentes, Londres, París y otros aliados resistieron el tipo de medidas contundentes que se requerían para tener un impacto real en la dirección de los serbios de Bosnia. En sus discusiones informales, Vershbow y Drew sugirieron que la única forma de superar esta resistencia era igualar los riesgos entre los Estados Unidos por un lado y aquellos aliados con tropas en el suelo, por el otro. Esto podría lograrse ya sea desplegando fuerzas estadounidenses junto con las tropas europeas o forzando la retirada de la fuerza de los EE.UU. Como el Presidente había descartado sistemáticamente desplegar fuerzas terrestres estadounidenses en Bosnia, excepto para ayudar a hacer cumplir un acuerdo de paz, la única forma de ejercer una presión militar significativa sobre los serbios de Bosnia, sería después de que se hubiera retirado la UNPROFOR. Lake estuvo de acuerdo con esta evaluación y propuso que su personal empezase a trabajar en una estrategia “posterior a la retirada”: los pasos que los EE.UU. deberían tomar, una vez que la UNPROFOR hubiera desaparecido.

UNPROFOR como obstáculo

La conclusión del NSC de que la fuerza de los EE.UU. era parte del problema en Bosnia y no parte de la solución, fue compartida por Madeleine Albright, durante mucho tiempo la principal vocera de la administración Clinton en Bosnia. En junio de 1995, una vez más hizo su caso, presentando a Clinton un memorándum apasionadamente argumentado, instando a un nuevo impulso a los ataques aéreos con el fin de poner a los serbios de Bosnia a la mesa. El memorando de Albright señaló que si los ataques aéreos requerían la retirada de la UNPROFOR, entonces que así fuera. El Presidente estuvo de acuerdo con el contenido de su argumento y llegó a ver a la UNPROFOR como un obstáculo para una solución para Bosnia. Como bien sabía Clinton, la fuerza de los EE.UU. representó la oposición aliada, no sólo a los ataques aéreos, sino también a levantar el embargo de armas a Bosnia, que había privado al gobierno de ejercer su derecho a la legítima defensa.

Sin embargo, justo cuando la Casa Blanca y Albright llegaron a la conclusión de que la UNPROFOR se debería ir, más pronto que tarde, los altos funcionarios de los Departamentos de Estado y de Defensa se preocuparon cada vez más por las consecuencias de la retirada de la ONU de Bosnia. Específicamente, les preocupaba que la partida de la UNPROFOR requiriera el despliegue de hasta 25,000 soldados estadounidenses para ayudar en la retirada, como la administración había comprometido, en diciembre de 1994. Holbrooke relata que estaba “aturdido” y que Christopher estaba “asombrado” por la grado en que Estados Unidos parecía estar comprometido con este plan “audaz y peligroso”. En lugar de centrarse en cómo se podría resolver la situación en Bosnia, el Departamento de Estado y el de Defensa, instaron a los Estados Unidos a no hacer nada que obligue a los aliados a decidir que ha llegado el momento de la partida de la UNPROFOR. En cambio, el énfasis debería estar en mantener la fuerza de la ONU en su lugar, incluso si eso significaba acceder a los deseos aliados de no realizar más ataques aéreos para detener los avances militares de los serbios de Bosnia u ofrecer más concesiones a Milosevic en un esfuerzo por hacer que Pale se sentara a la mesa de negociaciones.

La estrategia del final del juego

Dada la posición de los Departamentos de Estado y Defensa sobre este tema, Anthony Lake se enfrentó a una decisión crítica. Podía aceptar que no había consenso para nada más que continuar una política de confusión, o podía forjar una nueva estrategia y lograr que el Presidente apoyara un esfuerzo concertado para abordar seriamente el problema de Bosnia de una vez por todas. Habiendo aceptado por más de dos años la necesidad de consenso como la base de la política y como consecuencia, no haber logrado avanzar, Lake decidió que había llegado el momento de forjar su propia iniciativa política. Fue fortalecido en esta determinación por el deseo evidente del Presidente de una nueva dirección.

En una mañana de sábado a fines de junio, Lake y sus principales ayudantes del NSC se reunieron en su oficina del Ala Oeste para una discusión intensiva de cuatro horas sobre qué hacer en Bosnia. Pronto surgió un consenso sobre tres aspectos clave de una estrategia viable. En primer lugar, la UNPROFOR tendría que irse. En su lugar vendría una nueva fuerza de la OTAN desplegada para hacer cumplir los términos de un acuerdo de paz o el tipo de acción militar concertada de los Estados Unidos y la OTAN que la presencia de la U.N. hasta ahora había impedido. En segundo lugar, si se llegara a un acuerdo entre las partes, era evidente que dicho acuerdo no podría satisfacer todas las demandas de justicia. No fue posible una solución diplomática que revirtiera todas las ganancias de los serbios de Bosnia. En tercer lugar, el éxito de un último esfuerzo para lograr un acuerdo político dependerá fundamentalmente de que la amenaza de una fuerza significativa recaiga sobre las partes. Los últimos tres años demostraron que sin la perspectiva del uso decisivo de la fuerza, las partes permanecerían intransigentes y sus demandas serían maximalistas.

Lake le pidió a Vershbow que redactara un documento de estrategia sobre la base de esta discusión. El asesor de seguridad nacional también le consultó al Presidente sobre la dirección de su pensamiento. Específicamente, le preguntó a Clinton si debía seguir este camino, sabiendo que en un año de elecciones presidenciales, Estados Unidos tendría que comprometer una fuerza militar significativa para hacer cumplir un acuerdo o para provocar un cambio en el equilibrio de poder militar sobre el terreno. Clinton le dijo a Lake que siguiera adelante, indicando que el status quo ya no era aceptable.

El documento de Vershbow estableció una “estrategia de final de juego” para Bosnia, enfatizando tanto su naturaleza integral como su objetivo de terminar con el impasse político en Washington. La estrategia propuso un último esfuerzo para alcanzar una solución política aceptable para las partes. Los lineamientos de dicha solución, que se basaban en el plan del Grupo de Contacto de 1994, incluían: el reconocimiento de la soberanía e integridad territorial de Bosnia, dentro de sus fronteras existentes; división de Bosnia en dos entidades: una entidad serbia de Bosnia y una federación croata de musulmanes; las fronteras de las entidades se dibujarían de forma compacta y defendible, y el territorio de la federación representaría al menos el 51 por ciento del total; y la aceptación de relaciones especiales paralelas entre las entidades y los estados vecinos, incluida la posibilidad de realizar un referéndum futuro sobre la posibilidad de secesión.

A fin de proporcionar a las partes un incentivo para aceptar este trato, la estrategia también abogó por colocar el poder militar estadounidense (preferiblemente junto con el poder aliado, pero si fuera necesario) al servicio del esfuerzo diplomático. Al presentar a las partes los lineamientos de un posible acuerdo diplomático, Estados Unidos dejaría en claro qué precio tendría que pagar cada parte si las negociaciones fracasaran. Si los serbios de Pale rechazan un acuerdo, los Estados Unidos, después de la retirada de la UNPROFOR, insistirán en levantar el embargo de armas al gobierno bosnio, proporcionar armas y entrenamiento a las fuerzas de la federación y llevar a cabo ataques aéreos durante un período de transición para para permitir que la federación tome control y defienda el 51 por ciento del territorio de Bosnia que fue asignado bajo el plan de paz. Por el contrario, si los musulmanes rechazaban un acuerdo, Estados Unidos adoptaría una política de “levantarse y marcharse”, elevando el embargo de armas pero dejando la federación a su suerte.

El camino a Dayton

A pesar de la considerable oposición a la estrategia de final de juego del Departamento de Estado (con el secretario de Estado Warren Christopher preocupado de que ni el Congreso ni los aliados aceptarían la pista militar) y el Pentágono (donde muchos funcionarios creían que la partición de Bosnia sería la única solución viable), el Presidente decidió a principios de agosto apoyar la posición del NSC. Envió a su asesor de seguridad nacional para persuadir a los aliados europeos clave, así como a Moscú, de que la nueva estrategia de EE.UU. era su mejor apuesta para resolver el embrollo bosnio. El Presidente le dijo a Lake que dejara claro a los aliados que estaba comprometido con este curso de acción, incluida la vía militar, incluso si Estados Unidos se viera obligado a implementarlo por sí mismo.

El mensaje de Lake fue bien recibido en las capitales aliadas. Por primera vez, Estados Unidos había demostrado liderazgo en este tema, y ​​si bien muchos tenían sus dudas sobre la sabiduría de la vía militar, todos apoyaron la estrategia en su totalidad, como la última mejor esperanza para poner fin a la guerra en Bosnia.

Las exitosas reuniones de Lake en Europa sentaron las bases para los posteriores esfuerzos de Richard Holbrooke para forjar un acuerdo de paz. En esto, Holbrooke tuvo éxito brillante. Ayudado por una exitosa ofensiva croata-bosnia (que revirtió las ganancias territoriales serbias del 70% que Pale había mantenido desde 1992 a menos del 50% en cuestión de semanas) y una prolongada campaña de bombardeo de la OTAN que siguió al bombardeo serbio del mercado de Sarajevo, a fines de agosto, el equipo negociador de los Estados Unidos aprovechó habilidosamente el cambiante equilibrio de poder militar para concluir los Acuerdos de Paz de Dayton el 21 de noviembre. A fines de 1995, el liderazgo de los Estados Unidos había transformado a Bosnia en un país en relativa paz, una paz impuesta por 60,000 y las fuerzas de la OTAN. Sorprendentemente, el problema que había obstaculizado por mucho tiempo a los responsables de la toma de decisiones de OTAN -la vulnerabilidad de las tropas de la UNPROFOR- se resolvió con relativa facilidad. En diciembre de 1995, cuando comenzó la implementación de Dayton, la mayoría de las tropas de la UNPROFOR cambiaron sus cascos y se transformaron instantáneamente en soldados de IFOR [Fuerza de Implementación]. Aquellos que no estuvieron de acuerdo, partieron de Bosnia sin hacer oposición a la ayuda de la OTAN.

Lecciones para Kosovo

Cuando estalló la crisis en la provincia serbia de Kosovo, a principios de 1998, altos funcionarios estadounidenses de Madeleine Albright y Richard Holbrooke miraron hacia el éxito en Bosnia para obtener lecciones sobre cómo lidiar con este nuevo problema. Argumentando que los errores de Bosnia no se repetirían, pidieron una respuesta temprana de la comunidad internacional a las últimas atrocidades en los Balcanes, un vigoroso liderazgo estadounidense desde el primer momento y una amenaza creíble para respaldar los esfuerzos diplomáticos para resolver el problema. Cada uno de estos fueron elementos importantes para finalmente ayudar a resolver el enigma bosnio en el verano de 1995.

Pero como demostró el caso de Kosovo, no fueron suficientes. Aparte del liderazgo concertado de los EE.UU. y la vinculación de la fuerza y ​​la diplomacia en formas de apoyo mutuo, el éxito en Bosnia requería una clara idea de cómo debería resolverse el conflicto y la voluntad de imponer esta visión a las partes. La estrategia del final del juego brindó la visión; los esfuerzos diplomáticos de Holbrooke produjeron un acuerdo basado en esa estrategia.

Aquí es donde Kosovo difiere de Bosnia. Si bien el liderazgo de los EE.UU. y la amenaza de una fuerza significativa han marcado los esfuerzos internacionales para resolver este conflicto, no ha habido una visión clara de cómo se puede poner fin al conflicto, ni la voluntad de imponer esa visión, si es necesario. Durante meses, los diplomáticos de EE. UU. han tratado de desarrollar un acuerdo interino para el estado futuro de la provincia, que otorgaría una autonomía sustancial a Kosovo, pero pospondría una decisión sobre su estado final durante tres años. En esencia, esto pone en marcha la cuestión fundamental de la posible independencia de Kosovo en el futuro.

Además, Washington no ha dado ninguna indicación de que esté dispuesto a imponer su solución preferida, ni que asegure que cualquier acuerdo que pueda surgir de las negociaciones se implemente mediante el despliegue de la potencia de fuego necesaria de la OTAN, sobre el terreno. Sin un plan claro para el futuro estatus de Kosovo y una voluntad visible de hacerlo, la política hacia Kosovo probablemente sea poco más que el enfoque confuso que caracterizó a la política de Bosnia de Estados Unidos en su período menos efectivo.

Vigilanza es abogado venezolana, con Master en Derecho Comparado en la Universidad de Nueva York. Fue co-redactora de leyes en defensa de la descentralización y de recursos judiciales en defensa de elecciones auténticas, el último de ellos decidido por el tribunal Supremo de Justicia Legítimo, de Venezuela, que opera en el exilio (Decisión del 13 de junio de 2018: Ver:   https://adrianavigilanza.wordpress.com/acciones-y-recursos-electorales/). Fue una de las primeras analistas en descifrar la estrategia de desmantelamiento de la República, que tempranamente (2007) el chavismo dio a conocer como “La Nueva Geometría del Poder” y más tarde definió como “Estado Comunal”.

[2] La guerra duró poco más de tres años y causó cerca de 100 000 víctimas entre civiles y militares y 1.8 millones de desplazados, según informes recientes

* [1] Vigilanza es abogado venezolana, con Master en Derecho Comparado en la Universidad de Nueva York. Fue co-redactora de leyes en defensa de la descentralización y de recursos judiciales en defensa de elecciones auténticas, el último de ellos decidido por el tribunal Supremo de Justicia Legítimo, de Venezuela, que opera en el exilio (Decisión del 13 de junio de 2018: Ver:   https://adrianavigilanza.wordpress.com/acciones-y-recursos-electorales/). Fue una de las primeras analistas en descifrar la estrategia de desmantelamiento de la República, que tempranamente (2007) el chavismo dio a conocer como “La Nueva Geometría del Poder” y más tarde definió como “Estado Comunal”.

[2] La guerra duró poco más de tres años y causó cerca de 100 000 víctimas entre civiles y militares y 1.8 millones de desplazados, según informes recientes

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