Luis Ugalde, s.j Revista SIC 1978 “EL “MODO DE SER” VENEZOLANO.”

Esta tendencia a incrementar el consumo sin aumentar el trabajo productivo poco a poco lo va impregnando todo, va creando valores, “maneras de ser” y de enfocar la vida nacional. No es que no se trabaje, ni haya explotación. Millones de venezolanos trabajan y pasan trabajo en jornadas, que incluido el transporte, se acercan a doce horas.

Y lo hacen con pagos de verdadera miseria incluso en la propia industria, como revela la Encuesta Industrial última de 1974: para ese año en la industria el salario anual del obrero promedio es de Bs. 9.459,187.

Cifra alarmante en sí, injusta con respecto al sueldo promedio anual por empleado en el mismo sector que es de 22.042,608 y mucho más injusta si se compara con los artificialmente inflados ingresos de ejecutivos de mera pantalla (Ministerio de Fomento Dirección General de Estadística y Censos Nacionales: Encuesta Industrial de Venezuela 1974. Resul­tados Nacionales).

En todos los sectores trabaja el venezolano, pero en conjunto sus afanes han sido orientados mayoritariamente a actividades que no incrementan la producción nacional.

Al mismo tiempo se va formando la conciencia de que “hay mucho rial” y de que todos tenemos derecho a participar de él. No hay que revolucionar el modo de producción, sino el modo de reparto de los bienes de consumo, piensan los más audaces.

Esta mentalidad atenaza también al sistema educativo. Las grandes campañas de educación se hicieron presentando la educación como una manera de acceder al consumo y no como una capacitación para la producción a través de la cual es posible acceder a los bienes y servicios necesarios. La educación es vista como un servicio público gratuito que se consume. Ahí radica en buena parte la frustración del sistema educativo.

Podemos discutir costos y programas, métodos educativos y cifras de escolaridad. Pero más allá de todo eso existe un problema que lo condiciona todo: la educación en Venezuela es fundamentalmente una mediación entre la renta petrolera y las necesidades de consumo de la población. Independientemente del rendimiento del profesorado y del rendimiento social del egresado, el sistema educativo es una de las principales actividades del sector terciario que permite el acceso al consumo sin pasar necesariamente por el correspondiente trabajo productivo.

La educación en Venezuela, más que enfocada al incremento nacional de la capacidad transformadora de la naturaleza, está orientada a producir “status social”, “currículum vítae” y un certificado que de acuerdo a su categoría automáticamente permite mayor o menor participación en la renta nacional sin que entre en consideración la relación entre lo que gana el diplomado y el aporte real que hace a la riqueza social del país.

Por eso nuestro país se destaca por el infrapago al trabajo manual y técnico y el sobrepago al trabajo oficinesco y de manos limpias con respecto a cualquier país capitalista. El propio aparato educativo en primer lugar es un amplio sistema de participación de los educadores en la renta petrolera independientemente del rendimiento real que en él se produzcan. Los escalafones, ascensos y antigüedades corren automáticamente en la cuenta de ingresos.

Esta tendencia a la falta de relación entre el costo y el beneficio social logrado parece no doler demasiado mientras la renta petrolera aguante el pago de la educación y la renta petrolera permita importar trabajadores y técnicos a pesar del porcentaje altísimo de universitarios venezolanos.

No falta número, sino capacitación real para manejar el proceso productivo directo. Cuando el graduado venezolano va a la industria —un hecho realmente minoritario— es empleado en lo que podríamos llamar sector servicios dentro de esa actividad; en el escritorio, no en la máquina.

No hay tal “modo de ser” venezolano, sino que existe un “modo de actuar” con una deformación producida por causas económicas más claras y próximas que las que se remontan a la raza, al trópico, la mezcla de sangres o a la religión*.

* Ugalde, Luis.

“40 años de democracia”

en revista SIC. 1978

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