Manuel Malaver @MmalaverM López Obrador: un profeta desarmado

Si tal como aseguraban hasta ayer encuestólogos, brujos y astrólogos, Andrés Manuel López Obrador (AMLO o El Peje) se alza hoy, abrumadoramente, con la presidencia de México, será el décimo líder populista o socialista en recibir de las mayorías populares la oportunidad de  acabar o corregir los desequilibrios económicos, políticos, sociales y morales que, al parecer, de manera eterna y desde épocas inmemoriales, son la marca de fábrica de México y la región.
Una variopinta humanidad que incluye a ejemplares como el fundador de la dinastía, el general Juan Domingo Perón, de Argentina (quién recibió la 5ta economía del mundo a comienzos de los 40 para hundirla en un foso de pobreza, miseria y corruptelas del cual no se ha recuperado en 80 años); Fidel Castro, de Cuba, trastocado de abogado en “Comandante en Jefe” y autor de una de las tragedias más hórridas del continente y del siglo, la destrucción masiva, inclusiva y reiterativa de una economía en auge hasta dejarla 55 años después reducida a  escombros, ruinas; otro general, Juan Velazco Alvarado, del Perú, con 12 años en el poder y los mismos resultados de sus predecesores; y otros, Omar Torrijos y Manuel Antonio Noriega de Panamá; el único militar de baja graduación de la lista que, además, era marxista, leninista y santero, el teniente coronel, Hugo Chávez, de Venezuela; y civiles como los esposos Kirchner de Argentina, Lula Da Silva de Brasil, Evo Morales de Bolivia, Rafael Correa de Ecuador, Daniel Ortega de Nicaragua y Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén de El Salvador.
La diversidad, sin embargo, no excluye los rasgos característicos, identitarios y unificadores como pueden ser:
-1) El origen cuartelario, militar y autoritario, ya fuera adquirido en academias, o hechos de guerras como guerrillas, o insurrecciones populares.
-2) El absoluto menosprecio a la ley, bien fuera la heredada del ancien régimen, la presente o la por venir.
-3)Nacionalismo, patrioterismo y adoración por los símbolos patrios.
-4) La angustia y preocupación por la crisis moral que, según ellos, corroía al país que se disponían a conquistar y gobernar y cuya cura imponía la violación de la Ley.
– Y 5) Odio a los Estados Unidos de Norteamérica, pero más por sus virtudes que por sus defectos, el país que se etiquetaba como imperialista y posible invasor, cuando en realidad se le odiaba porque representaba la otredad de todo lo que el populismo y el socialismo aman e idolatran.
En otras palabras que, al hablar de populistas y socialistas  latinoamericanos, hablamos de hombres violentos, impacientes, ásperos, malhumorados y alérgicos a remilgos constitucionalistas y legales que son ignorados y anulados y , si es necesario, sustituidos por constituciones y leyes que el general, caudillo o comandante hace a su medida,  para buscarle atajos a su sed de redención de los pobres y de  la patria que, sin más tardanza, podemos  capitular como la “Ley del Revólver”.
Cuáles han sido los resultados de esta exótica, sui géneris y etnosudamericanista manera de entender la sociedad, el poder, la economía y la política podemos verlos en los 80 años de control del peronismo en Argentina, en los 55 del castrismo en Cuba, en los 20 del chavismo en Venezuela, en los 10 del lulismo en Brasil y, consecutivamente, en todos los espacios donde tan destructora plaga ha aterrizado con sus promesas de justicia social, igualdad, desarrollo y bienestar a los que, por obra y magia del carisma del caudillo protector, se accede al reino de Dios en la tierra y al país donde fluye leche y miel.
Inestabilidad y viaje de crisis en crisis en Argentina, hambrunas y retroceso al siglo XIX en Cuba, y transfiguración de Venezuela en un país en ruinas donde ya casi 5 millones de personas huyen como de un tsunami, es la suma que dejan el populismo y el socialismo en la región en estas dos primeras décadas del siglo XXI  que parecen eternas.
Porque mañana, México podría ser la próxima víctima si, como aseguran encuestadores, brujos y astrólogos, Andrés Manuel López Obrador, alias AMLO o El Peje sale ganador en una contienda en la cual sus oponentes más cercanos, Ricardo Anaya del PAN, y José Antonio Meade del PRI, apenas alcanzan el 28, 2 y el 21, 9 por ciento en las encuestas.
Un izquierdista, según todos los trazos, aunque nos negaríamos a darle las precisiones de populista o socialista pues procede de dos partidos, el PRI y el PRD, hijo y nieto de la “Revolución Mexicana” que, gobernó durante 70 años en un sistema de partido único pero de presidente electivo y período de 5 años que, por no contar con la reelección no llegó a ser vitalicio o semivitalicio y le dio una rotación a las élites priistas como para permitirles una duración sorprendente larga.
Más importante resultó no negar sino auspiciar los partidos de oposición, como los dos colocados en los extremos, el Partido Socialista Mexicano y el derechista PAN, cooptado el primero hasta desaparecer, pero no el segundo, que sostuvo una oposición heroica hasta que, colapsado el llamado modelo de la “dictadura perfecta” (Octavio Paz dixit) fue electo presidente uno de sus líderes, Vicente Fox, que gobernó del 2002 al 2006 y legó el gobierno a otro panista, Felipe Calderón, que cubrió el período 2006-2012, cuando fue sustituido por el regreso del priista,  Enrique Peña Nieto.
Vale decir que, a diferencia de la mayoría de los populistas y socialistas latinoamericanos, López Obrador, no viene de los cuarteles, ni de las luchas guerrilleras e insurreccionales sino de una primera etapa en que, como priista, se fajó por los derechos de los indios chontales de su Tabasco natal, a los que cuales enseñó el uso de los “camellones” para mejorar la productividad de las siembra, así como diversas formas de organización para enfrentar el despotismo de los poderes locales, regionales y nacionales.
En otras palabras, que López Obrador no es un profeta armado, como si lo fueron Perón, Castro, Velazco Alvarado, Torrijos y Chávez, sino desarmado, y este detalle de origen maquiavélico, puede ofrecer señales para llegar a una aproximada diferencia de su mandato con el de sus congéneres.
Pero más significativas han sido las batallas sostenidas contra la “dictadura perfecta”,  y frente a  la cual –y ya como miembro de la disidencia que encabezó Cautémoc Cárdenas, en el PRD-ha peleado por sus votos en la diputación, la gubernatura, la Alcaldía de México y en un célebre enfrentamiento con Felipe Calderón, por la presidencia de México en las elecciones del 2006.
Pero en lo que se refiere a sus ideas para transformar la economía del país, muy poco se conoce, pues pareciera no importarle mucho las indicadores, los porcentajes de inflación o crecimiento, salvo en lo que es un dogma de la historia mexicana: no a la privatización de PEMEX y, mucho menos, a los gringos.
Vale decir que, en lo esencial, es un buen hijo del paternalismo latinoamericano que no concibe al mundo sin una participación abrumadora del estado en la economía, o elípticamente, sin el control del capital y el empresariado privado que arriesgan el pellejo para que los pobres, clases medias y ricos dispongan de lo indispensable para vivir según se los permita el fruto de su esfuerzo y trabajo.
Y siendo paternalista y estatista, López Obrador es un firme creyente de la religión del gasto público, al cual asigna todos las obligaciones, esfuerzos y deberes para que los pobres, semi pobres y ricos de su país reciban lo que él, y el resto de los populistas y socialistas piensan no corresponde al sector privado de la economía, ni a los individuos, sino al Papá Estado.
Pero si él creció y amamantó en las fauces de este “Ogro Filantrópico”, -como lo llamó en un ensayo memorable, Octavio Paz,- pues, aparte de ayudar a sus padres, Andrés López Ramón y Manuela González de Obrador,  en una bodega que instalaron en la natal, Tepetitán (“La Posadita”)  y en otra después en Vista Hermosa (“Novedades Andrés”), la escuela primaria, la secundaria y la universitaria (es graduado de Sociología y Politología en la Unam) así como los cargos que ocupó en el PRI, el PRD y por elección popular, fueron sufragados con cargo al presupuesto del Estado.
Como tampoco trabajaron Perón, los Castro, Velazco Alvarado, Torrijos, Chávez, los Kirchner, Evo Morales, Correa, Ortega, Funes, López Cerén puros burócratas que consiguieron en la política revolucionaria una forma de vivir financiada por quienes, en momento determinados, se oponían o apoyaban a los jerarcas del Estado.
En otras palabras, al gasto público que, es la fuente generadora de la corrupción en América Latina, y que, mientras no sea reducida porque la riqueza debe provenir de la actividad de los particulares y no de los entes del Estado, estaremos en el círculo vicioso de bramar día y noche contra una pandemia irremediable e incurable,  mientras se condena al capitalismo liberal, que la reduce y se apoya al socialismo y el populismo que la agiganta.
La experiencia que inicia el lunes López Obrador como presidente de México será una buena oportunidad de volver a enterarnos de todo ello y a través de una película donde al protagonista no le faltarán buenos actores secundarios y excelentes extras.
 Manuel Malaver
@Mmalaverm
 

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