Manuel Malaver @MmalaverM   Mi amigo Escotet

Recuerdo la fecha, las razones y las circunstancias en que me encontré con Juan Carlos Escotet por primera vez.
Es como si las estuviera viendo, ampliando, disolviendo, corriendo, rebobinando, y justo haciéndolas “legibles” para entregarlas hoy para el único fin que -pienso ahora-se mantuvieron intocadas durante 28 años en mi archivo: para la historia.
Fue una tarde de mayo del 90, a raíz de una entrevista que le hice –la primera que concedía en su vida- para la “Edición Aniversaria” de “El Nacional” que me había sido pautada para tematizar, dirigir y editar y, que por una decisión que en este instante juzgo misteriosa, se llamó: “Los nuevos héroes”.
“Los nuevos héroes” porque, pensaba yo, con el revolcón que le había dado Carlos Andrés Pérez en su segundo gobierno a la economía y la política nacional -y hablamos del programa de ajuste que se llamó “El gran Viraje” que fue el primer y único intento conocido en la historia del país por aproximarlo a la democracia liberal y la economía de mercado-, habían surgido otros líderes empresariales, una generación de entre los 25 y los 35 años que en la economía, las finanzas, las TIC, el derecho laboral, la justicia social y la psicología y la historia estaban  actualizando a Venezuela con relación a los cambios globales surgidos por el fin de la Guerra Fría y el colapso Sistema Socialista Soviético.
Cambios que podían seguirse día a día en el crecimiento exponencial del Índice Bursátil Caracas, del PIB, de la inversión nacional y extranjera, del empleo, de la recuperación del bolívar en su paridad con el dólar y de la confianza que, tanto dentro como fuera, volaba a establecer que Venezuela, en cuestión de otro año, se colocaría con Brasil, México y Argentina entre las primeras economías del subcontinente.
Recuerdo que en la primera investigación que hice para detectar los nombres que capitularían la edición no aparecía Escotet, y  fue Chepita Gómez, entonces directora de la revista “Pandora”, quien me alertó: “Malaver, aquí falta un nombre, el de Juan Carlos Escotet, el presidente la Latinomericana de Seguros, un muchacho que no alcanza los 30 años, y que te va a dejar sorprendido cuando lo entrevistes”.
No me dejó sorprendido, pero sí intrigado, cuando aquella tarde de mayo me encontré en la oficina de la presidencia de Latinoamericana de Seguros, al final de la Avenida Principal de Las Mercedes, con un entrevistado muy joven, despierto, resuelto, con enorme confianza en sí mismo y más bien interesado en conocer mis opiniones sobre la política y la economía, que en darme las suyas.
De todas maneras, me contó que más que una formación académica en economía y finanzas, se había nutrido de su experiencia como empleado en todo cuanto se podía hacer en un banco y que era su trato y conocimiento de la gente lo que juzgaba fundamental para que un gerente de las Finanzas estuviera ahí, frente a mí  y hablando como presidente de una compañía de Seguros.
Me dio, como al margen, un dato: “Además de presidente de Latinoamericana, tengo una casa de bolsa: “Escotet, Casa de Bolsa”.
Información que me resultaría importantísima para seguir lo que fue, sin duda alguna, su debut en grande en el sistema financiero venezolano, como fue su involucramiento -casi como estratega- en la “tender offer” que condujo al cambio de manos de la mayoría accionaria del Banco de Venezuela a finales del 92 y luego de la compra de un banco y otro activos financieros que pasaron a ser las bases sobre las cuales fundó Banesco.
Pero sobre todo, para explicarme por qué en medio del tsunami de la crisis financiera del 94, 95 y 96, Banesco no resultó debilitado sino fortalecido y con la proa dirigida a lo que es hoy: el principal banco del país.
Pero estas notas son sobre la historia de una amistad y no de banco (batallas que no conviene mezclar) y sé que los cientos de miles de lectores  que hoy tengo en los cinco continentes están interesados en saber cómo un periodista que trajina a lomo de investigar y no reservar y un banquero cuyo manejo de la aritmética se mueve al filo de sumar efectivo pero sin restar sentimientos, puedan estar reunidos hoy, como desde hace 20 años, para intercambiar ideas sobre una tragedia que no nos pasó por los ojos ni la mente la tarde de mayo en que nos conocimos en la oficina de un edificio de la Avenida Principal de Las Mercedes.
Creo yo que es, por el cuidado que hemos tomado de no traspasar los límites de lo que nos debemos el uno al otro como amigos y seres y humanos y sabiendo que Dios nos puso en el mundo para hacer lo que nos corresponde como habitantes de un país y un tiempo y no de otros.
En ese sentido, la amistad es la confianza mutua en que cada quien, sin pedir permiso ni dar excusas, hará lo que le corresponde hacer .
No quiere decir que no haya apoyado a mi amigo Escotet en el camino rompedor  que ya recorre por decenas de países y tres continentes, fundando bancos e inmerso en las finanzas mundiales.  Y él a mí en mis aventuras periodísticas (new letters, páginas web, columnas en impresos y actividad en radio y televisión) y en patrocinar un bautizo para el personal de Banesco de mi libro: “Golpistas sin Gloria” el 10 de abril del 2012.
Sin embargo, nuestra amistad es también sobre las conversaciones que hemos sostenido a lo largo de estos años en su oficina, restaurantes o los encuentros siempre entusiastas de los eventos culturales de “Ciudad Banesco”.
Y ya que hablamos de “Ciudad Banesco”, tuve el honor de ser el único invitado en una presentación que me hicieron los arquitectos encargados del proyecto interesados en saber qué pensaba del nuevo rumbo que le imprimirían a la institución.
 Pero de esos encuentros que, por supuesto, han espaciado la rutina “come tiempo” de la dramática situación política nacional, salieron también opiniones sobre la revolución digital que estaba cambiándole el perfil, no solo al conjunto de la civilización global, sino, sobre todo, y muy especialmente, a la cultura de las finanzas y de los bancos.
Arcanos difíciles de ver pasar y comprender y que, pienso, subyacen en el choque entre un gobierno del pasado con un banco del futuro como Banesco.
Son los sucesos a los cuales le hago seguimiento desde el jueves en la tarde que noticié ampliamente y que me permitieron ver en la noche a un Escotet anunciando que regresaría a Venezuela el día siguiente a darle la cara a la situación de los directivos, los empleados y la clientela de Banesco.
Me acuerdo que mi celular se vino abajo con llamadas, -incluida una de un exalto funcionario chavista separado hoy del madurismo, pero que sigue fiel a la revolución y es un ferviente admirador de Escotet-  pidiéndome que lo llamara y le dijera que no se le ocurriera presentarse en Maiquetía porque,  con toda seguridad, lo harían preso. Le respondí:
-No lo haré, porque entonces si es verdad que nadie lo para en su viaje a Caracas.
Una vez, para terminar, le dije a Escotet que me diera un consejo para hacerle trampas a un banquero. Sin pensar me contestó: La mejor trampa que se le puede hacer a un banquero es pagarle. Págale siempre a un banquero y lo tendrás siempre a tu lado y sin fallarte.
Desde entonces no me atraso en mis créditos con Banesco. Ni con los del  dinero, ni con los de la amistad.
Manuel Malaver
@MmalaverM
 

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