Manuel Malaver ¿Por qué Maduro le tiene pánico al Revocatorio?

De los dos instrumentos constitucionales activados por la oposición para poner fin a la dictadura de Maduro, no hay dudas que el primero, la Carta Democrática, tomará el rumbo sinuoso e intraficable que siguen las decisiones que se dejan a la llamada comunidad internacional; y el segundo, el Referendo Revocatorio, por ser una solución nacional explicitada en un mandato de la Constitución, tendría que vérselas con las fuerzas y factores de carne y hueso que pujan en este momento, o por ponerle fin, o agudizar la crisis que destruye los cimientos de la República.
Se trata de la última batalla de una guerra que ya cuenta 17 años y que, medida en términos de la estabilidad que debería anotarse la facción que se ha adueñado del Poder Ejecutivo en tan largo período, es una clara derrota para el totalitarismo, el socialismo y el caudillismo, pues puede afirmarse que, aun negándose a aceptar la celebración del Referendo Revocatorio, Maduro y sus huestes solo ocuparán Miraflores por breve tiempo y acosadas implacablemente hasta el fin.
Y aquí es necesario aclarar que Poder Ejecutivo es FAN, Ejército y cuerpos policiales y de inteligencia que en ningún sentido han hecho gala de la imparcialidad y neutralidad que establece la Constitución, y muy al contrario, actuaron siempre como aliados o brazos armados del gobierno.
Pero en la Venezuela chavista y madurista, Poder Ejecutivo también terminó siendo el resto de los poderes públicos, el Legislativo, el Judicial, el Fiscal y el Electoral, según fueron siendo incautados e incorporados a la voluntad del déspota de Miraflores a partir de la rebelión popular del trienio 2001-2004
De modo que, durante y después de esos años, la confrontación en Venezuela no fue entre fuerzas democráticas adversas, sino entre una oposición democrática y una dictadura, por más que, parte de la oposición, y la comunidad internacional, se empeñarán en defender la mentira de que en Venezuela había una democracia o cuasi democracia y había que actuar de acuerdo a sus reglas, cuando en realidad se trataba de “algunas reglas” y que la dictadura aplicaba de forma muy instrumental.
Una de ellas podía ser el excesivo electoralismo que, zamarramente, le daba legitimidad de origen a los gobernantes, mientras en su desempeño se comportaban como sátrapas de la mas primitiva dictadura bananera.
Y otra, un énfasis en las políticas sociales recargado de tonos populistas y socialistas que escondía el contrabando de la restauración del modelo estalinista y castrista en América Latina, mientras un reparto de bienes y servicios que permitía el ingreso petrolero, era una simple caza de votos que garantizaba cuantos se hicieran necesarios para elegir y reelegir a Chávez y sus cofrades.
De todas maneras, con democracia o dictadura, lo que debe anotarse como el hecho más significativo de los últimos 17 años es que el chavismo con todas sus ventajas (boom petrolero del 2004 al 2008 incluido) y la oposición con todas sus desventajas (abandono voluntario de la Asamblea Nacional y demás organismos legislativos en el 2005 incluido), la democracia no fue abatida sino que resistió, permaneció, y a partir del 2007, inicia una recuperación que el 14 de abril del 2013 le permite a Henrique Capriles ganar la presidencial de la República contra el candidato oficialista sucesor de Chávez, Nicolás Maduro.
Podría argumentarse que meses antes, el 7 de octubre del 2012, Capriles había perdido unas presidenciales con Chávez (quien murió el 5 marzo del 2013) con una diferencia de millón y medio de votos, pero, igualmente, que Chávez se llevó a la tumba la maquinaria electoral fraudulenta, o que, después de su muerte sus seguidores empezaron a dispersarse.
Todo lo cual, fue clave para que Maduro no aceptara los resultados y se impusiera por otro fraude, y que a pesar de que la oposición no logra desalojarlo del poder, hay que establecer que una nueva historia comienza en Venezuela y es la de expedirle la partida de defunción a un moribundo que, entre duelos y velorios, revela aun una sorprendente capacidad para sobrevivir.
No puede negarse que la tarea resultó dura, compleja, titánica, incierta, aparatosa, entre otras cosas, porque la oposición se dividió a comienzos del 2014 en dos facciones -una de línea dura, y otra de línea menos dura-, y se desconcentró de las tareas que debían cumplirse en un año antesala a las cruciales elecciones parlamentarias del 6 de diciembre pasado.
Pero así y todo, la destrucción que representó para los venezolanos el empeño de Maduro de continuar el modelo socialista que había heredado de Chávez, le hizo el trabajo a la oposición, pues en tres años que dura el madurato, Venezuela fue literalmente arrasada y convertida en un conuco de 912.014 km2, donde a duras penas se cosechan rastrojos, chamizas y algún que otro topochito.
Es, para decirlo en breve, un crimen de lesa humanidad, un genocidio, no distinto al que perpetraron los “revolucionarios” en los países socialistas durante el siglo XX, cometido ante los ojos de una comunidad internacional o que se ha hecho cómplice, neutral o indiferente ante la tragedia de 28 millones de venezolanos que ruedan por mercados, bodegas, y abastos procurándose harina de maíz, de trigo, arroz, pasta, leche, carne, aceite, azúcar, y lo necesario para que madres y padres de familia puedan llevar a sus hijos y padres lo indispensable para sobrevivir.
Y lo mismo con las medicinas, los equipos y servicios médicos, en clínicas y hospitales donde los enfermos tienen que regresar a sus casas sin tratamiento ni asistencia porque las camas para atenderlos o han desaparecido o reciben innúmeros pacientes .
Otra carencia perversa es la de la seguridad, pues el Estado fallido y forajido de Maduro entregó la vida de los ciudadanos a bandas criminales, de pranes, terroristas y narcotraficantes que campean por ciudades, pueblos y campos con saldos de 27.000 venezolanos asesinados cada año.
Por último, habría que dedicarle algunas líneas a la corrupción, en realidad el único tramo de la vida social y gubernamental donde socialistas y populistas han actuado eficientemente, pues se han robado y despilfarrado los inmenso recursos ingresados al país en los últimos 17 años que se calculan, conservadoramente, en 3 BILLONES DE DOLARES.
Y por todo ello. no puede extrañar que en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre pasado, una mayoría de 7.707.424 electores se volcarán a las urnas a transferirle el poder legislativo a la oposición democrática para que, desde la Asamblea Nacional, obligara a Maduro o a cambiar su política, o a someterse a un referendo revocatorio para que fuera el pueblo el que decidiera su salida del poder.
Y tanto pánico le tienen Maduro y sus compinches al revocatorio, y tan seguros están de la derrota, que vienen boicoteándolo y en todo comportándose como unos déspotas decididos a todo, menos a darle cuenta a Venezuela de la catástrofe económica que han provocado.
Juicio que por ningún respecto admite plazos largos, ni negociaciones interminables, ni diálogos en los que los totalitarios son expertos en ganar tiempo, sino políticas de calle donde el pueblo conozca a los déspotas y las causas de su sufrimiento y esté dispuesto a movilizarse para ponerle fin a la tiranía.
Y eso fue lo que motivó y le dio curso al “Firmazo” del 25 al 29 de abril, que fue una continuidad del 6-D y debe mantenerse como una línea de política para que la dictadura se vea cada día más aislada, obligada a recurrir a triquiñuelas para revelarse como una fuerza retrógrada frente a la que Venezuela no tiene otra alternativa que luchar y vencer.
En una batalla que si, seguramente, no es tan corta como parecía, si contiene la promesa cierta de que antes de fin de año no habrá mas dictadura en Venezuela.

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