Manuel Malaver Yo no olvido el año viejo

(MM/31 diciembre, 2017)  La siempre frágil y olvidadiza memoria venezolana ha saltado sobre el 2017 como si fuera uno más en las casi dos décadas que nos ha tocado enfrentar y casi derrotar a la última variante del experimento marxista que no termina por ser abominado en todo el mundo y no aquel en que el pueblo tocó la esperanza de que los enemigos de la libertad y la democracia lucían inevitablemente derrotados y estrenaríamos el 2018 con una Venezuela renacida y recobrada.

Pero las oposiciones, como los gobiernos, envejecen y no es difícil convencerse de cómo la durabilidad de regímenes tan catastróficos e inhábiles como los totalitarismos socialistas y marxistas, se explica por la incapacidad de partidos opositores que, después de años intentando lo mismo, derrocarlos, terminan por no comprender y aprovechar señales que, en otras circunstancias, determinarían su colapso.

Lo que sucede en Venezuela este fin de año no podría ser más conclusivo, cuando, la hambruna a que condujeron 19 años de colectivismo y destrucción de la economía privada, ha lanzado a decenas de miles de gente pobre a protestar en la calle y reclamar por qué, justamente, en el mes y en las fiestas en que los gobiernos cristianos se esfuerzan por garantizar los recursos para que todos celebremos el nacimiento del fundador de nuestra religión, pues no llegan ni el pan ni el vino que, en su última cena, Jesús dejó establecidos como los símbolos que nos reconcilian como humanos e hijos de Dios.

Fueron y son protestas –aun no terminan- espontaneas, venidas del cerro, de entre la gente pobre, la más pobre, que se alzan porque no les llegaron la harina pan, el pernil y los licores navideños importados prometidos por el gobierno -y que antes, en su mayoría, durante la democracia “capitalista” eran suministrados por la producción nacional, pero que hoy, cuando fue arrasada, deben importarse con dólares que tampoco existen, porque Pdvsa, la industria que los producía, casi desaparece- pero también por la hambruna que, lenta pero implacablemente, se ha convertido en el sello del socialismo castromadurista, como lo es en Cuba y Corea del Norte y lo fue en la Rusia soviética, la China de Mao, los países del Europa del Este y el resto de socialismos residuales que aún sobreviven en el mundo.

Protestas que no han concitado el apoyo, la atención y menos la participación de los partidos opositores establecidos, no se sabe si estupefactos por su emergencia, o indiferentes porque no han sido puestas a rodar invocando sus siglas y líderes, o porque, simplemente, están de vacaciones y no quieren ser perturbados.

Aunque, lo más seguro, es que estén concentrados en la agenda de la próxima negociación dictadura-oposición que se celebrará el 11 de enero en República Dominicana y que tiene entre sus puntos, de la parte opositora, lograr que Maduro acepte cambiar el actual CNE por otro imparcial, transparente y abierto, reconocer la crisis humanitaria y validar la vigencia y constitucionalidad de la AN; y de parte del gobierno, no cambiar las reglas ni el CNE para los elecciones presidenciales, el reconocimiento de la fraudulenta ANC y no aceptar que en Venezuela existe una crisis humanitaria.

En otras palabras que, se trata de una agenda en la que gobierno y oposición no pueden ponerse de acuerdo, ya que es imposible que, ni siquiera cambiando la redacción y naturaleza de las exigencias puedan aceptarse por las partes y que, solo aspirando a que una de ellas ceda en todo, o en parte, podría conducir a algún resultado.

La gran pregunta es, entonces: ¿Y para qué se negocia, dialoga y discute cuando, de antemano, tanto una parte como la otra, sabe que no puede ceder en las peticiones del contrario?

La respuesta es sencilla si empezamos por notar que el gobierno “gana tiempo” si el diálogo o negociación se convierte en un cuento de nunca acabar, pasan los meses y digamos que en julio, todo el mundo se entera que las elecciones presidenciales son en diciembre y hay que hacerlas, con resultados de la negociación o sin ellos, con nuevo o viejo CNE.

En otras palabras que, hablamos de la trampa comunista perfecta, de una que rinde resultados por su propia existencia y a la cual hay que apostar per se o per se.

En lo que toca a la oposición, por lo menos en la versión de los tres partidos más importantes que la integran (“Primero Justicia”, “Voluntad Popular” y AD), el empeño en encontrarle alguna justificación al diálogo o negociación, consiste en aspirar que el régimen de Maduro ceda a la presión internacional que, en la medida que se haga más alta y fuerte, lograría el milagro de que la dictadura se quiebre y rinda.

Desde luego que, se trata de un mal cálculo, de una percepción equivocada de la naturaleza de un gobierno marxista-leninista que, además, mantiene todo tipo de lazos con el narcotráfico y el terrorismo internacional y que sabe que, a diferencia de lo que ocurría con una dictadura de derecha, antidemocrática pero capitalista, no puede ceder ante la aspiración de un grupo de partidos democráticos de expulsarla, pacíficamente, del poder.

Con este último párrafo pretendo desmentir la especie de que “dictadura sale con votos”, cuando, debería aclararse que una dictadura de derecha y capitalista, puede salir con votos, pero una dictadura marxista, socialista y totalitaria, nunca.

Quiere decir que, si no descarto en cualquier circunstancia la vía electoral para poner fin a la dictadura, solo la percibo como un complemento de una gigantesca movilización nacional, donde, veamos en la calle a las clases medias, a la gente de los cerros, a los sectores sociales en todas sus expresiones, a los partidos, las instituciones y una presencia, injerencia o intromisión (como se la quiera llamar) de la comunidad internacional.

En este sentido, quiero advertir que el experimento que desde hace 19 años han capitaneado en Venezuela, primero Chávez y después Maduro, con el patrocinio o asesoría de los dictadores de Cuba, Fidel y Raúl Castro, es el primer gobierno global que se conoce en América Latina y quizá en el mundo, porque, de un lado, está constituido por mafias de la delincuencia política internacional, y de otro, se sustenta en ellas para golpear, atropellar y suprimir a quienes interna y externamente se le oponen.

Por eso, la oposición debe aprender que las fuerzas que se le opongan, tanto interna como externamente, tienen que ser las más amplias y extensas posibles y no puede detenerse en remilgos “como la soberanía nacional”, que la dictadura “respeta” cuando tratar de evitar que la comunidad democrática internacional ayude a los venezolanos, pero que “pisotea” cuando los que se entrometen en nuestros asuntos son sus aliados cubanos, iraníes, rusos y chinos.

Pero de igual manera, debe llamarse a la FAN a que participe en la resistencia a Maduro, que contribuya a su derrocamiento y garantizándole que será un elemento a tomar en cuenta y de altísima importancia cuando se constituya un nuevo orden basado en la democracia constitucional, el estado de derecho, la independencia de los poderes y el respeto a los derechos humanos.

Por eso, yo no olvido el año viejo, el que concluye hoy, el 2017, y esencialmente, los gloriosos cuatro meses que cursaron de abril a julio, y en los cuales, el país, mayoritariamente, en todas sus clases, instituciones, razas, edades, credos y colores, se volcó a la calles, a darle una lección al mundo de heroísmo, de vocación libertaria y cultura democrática y demostrar que, se puede derrotar una feroz dictadura, una que no se amilana en asesinar ciudadanos, en torturarlos y apresarlos por el solo delito de querer ser libres, si se tiene el coraje de resistir, embestir, persistir y enfrentar los retos.

El país que asombró al mundo porque no retrocedió ante la represión sino que, más bien, supo organizar un ejército del pueblo, una resistencia que le infirió daños al enemigo y le hizo entender y temer que, si no era en esas jornadas, las de abril a julio del 2017, en las próximas, en las que no faltarán en el 2018, Venezuela vencerá a la peor pesadilla que le ha tocado vivir en su historia.

Es una apuesta en la confío como venezolano, demócrata, periodista y nativo de un pueblo, el de la Isla de Margarita que en la guerra de independencia contra España, se ganó el nombre de Nueva Esparta, por su capacidad de luchar como pocos contra un poder, el del imperio español, que todavía a comienzos del siglo XIX, contaba con un ejército poderoso, pero que fue vencido por los bravos de mi tierra.

De ahí que me sienta orgulloso de participar en esta segunda guerra por la libertad de Venezuela, de ser demócrata y militante de la libertad que no cede ante la violencia de matarifes totalitarios que, por tales, están condenados a purgar sus crímenes ante la justicia penal, política e histórica.

Feliz 2018 Venezuela, Feliz Año también para mis lectores y los cientos de miles que me siguen en las redes sociales de todo el mundo.

Manuel Malaver

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