María Graciela Díaz Lonigro Te escribo para decirte que estoy bien…

” Te escribo para decirte que estoy bien… ” Esta es la frase con la que todos los emigrantes desde siempre iniciamos una conversación, como salidos de las notas de Aranjuez, nos vamos a veces languideciendo, otras subiendo…

Yo soy hija de emigrantes, al parecer los que descendemos de aquellos que descendieron de los barcos, estamos destinados a cargar a cuesta ese estigma, ese tatuaje, esa marca imborrable… Es un vaivén como las olas del mar, donde a veces te da vértigo y otras veces sientes la sensación de estar en tierra firme…

Mi abuela italiana me contaba, que cuando mi abuelo tomó aquel barco, que le permitió soñar con una vida mejor, sus cartas empezaban así: “Te escribo para decirte que estoy bien”…

Pero el que verdaderamente te quiere sabe que en tres meses, en cuatro, en cinco y hasta en seis, de haber partido con el alma desmembrada, con los sueños de libertad amputados, con los brazos partidos de tanto abrazar despedidas, no puedes estar bien.

Del otro lado del océano queda el dolor de los que quedaron y  de este otro lado, las heridas profundas de los que partieron. Los que quedaron se agrian, empiezan a crearse una especie de películas cuyos títulos oscilan entre:

-“Nos abandonaron; ellos están bien; nosotros los desdichados ellos los afortunados”; otros más temerarios titulan sus propias piezas cinematográficas con lo siguiente:

-“Los cobardes que partieron, los valientes que nos quedamos”…

Uno, el que supuestamente abandonó a no sé quién, el que es rico, famoso y millonario, a quien los dólares y los euros le brotan de las plumas de la almohada, el patético cobarde que abandonó el barco cual rata, uno el gran afortunado, desde el peso de la distancia, trata de silenciar los sentidos, se inscribe en cualquier plaza de empleo, se borra del cerebro quien era, esconde los títulos universitarios para evitar que te sobre califiquen.

Toma el transporte público como si en ese asiento tuvieras el empleo, la residencia, el permiso de trabajo y el seguro social, empiezas a imitar un poquito el acento, para que los xenófobos radicales no te adviertan, agachas un poco la cabeza, soportas las bromas pesadas.

Cuentas los días para el pago del próximo mes de alquiler, te sientas en la plaza, contemplas el panorama, te abrigas y te cuidas bastante, para que el frío del dolor no congele los huesos… lloras en la ducha para que las lágrimas se confundan con el agua, evitas las video llamadas, pegas un brinco cuando recibes un chat de los tuyos, entras en pánico cuando suena el whatsapp del teléfono…

“Te escribo para decirte que estoy bien… “

Lo cierto es que todos los venezolanos que hoy estamos en algún lugar del globo terráqueo, somos millones de huérfanos… quedamos huérfanos de madre, de esa madre llamada Venezuela, huimos porque no quisimos ver cómo ella cerraba los ojos para siempre… preferimos vagar de orfanato en orfanato, esperando que “otra madre” nos adopte…

En este orfanato que es el país donde te encuentras, algunas “madres” te ven desde la barandita de tu “cuna”, tu le alzas los brazos y le regalas una sonrisa, unas a veces siguen de largo, otras prometen una nueva visita y las más nobles deciden adoptarte… En fin quienes nos fuimos, somos hoy en día huérfanos repartidos por el mundo, tratando de que una familia noble nos adopte o nos abandone a nuestro dolor eterno…

Pero esto uno no lo cuenta, tan sólo dice: “Te escribo para decirte que estoy bien… “

Del otro lado, los que te abrazaron y lloraron sobre esa represa de lágrimas que hoy es el piso del gran Cruz Diez, te olvidan como pueden y te rechazan a su antojo, pero eso sí nunca falta un alma noble que por más vicisitudes que tenga, cuando lo llamas también te dice: “tranquila, estoy bien”…

Aunque sienta lo que siento y los otros sigan filmando las escenas de sus películas imaginarias… Te escribo para decirte que estoy bien…

Lic. Ma. Graciela Díaz Lonigro

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