Mario Vargas Llosa “La corrección política es enemiga de la libertad”

(El País, 25 de febrero, 2018) Toda otra perspectiva es ilusoria: Maduro gana las elecciones, de calle, y todos sus “contrincantes”, encabezados por Henry Falcón, Felipe Mujica y Eduardo Semtei se apersonan en Miraflores la misma noche del 22 de abril o cuando el capricho de Maduro las ordene, antes que el reloj marque puntualmente la medianoche, a reconocerle el triunfo y a agradecerle la ejemplaridad de las elecciones.

El mundo no sabrá qué decir: ¿afirmar que dichas elecciones fueron una farsa con una masiva abstención, si ninguno de los candidatos osará abrir la boca, a sabiendas que los compromisos se han sellado con sangre? ¿Qué dirán las cancillería que hacen profesión de fe de lo que Mario Vargas Llosa denomina “la corrección política”? ¿Qué dirán Obama, los Clinton, Jorge Alejandro Bergoglio, Arturo Sosa Abascal, todos los diputados y senadores demócratas que practican con religiosa fidelidad el arte de la corrección política?

Si lo mismo sucede con Petro, en Colombia, con López Obrador en México, sumados a Ortega en Nicaragua, a Evo Morales en Bolivia, y a los sacerdotes del Foro de Sao Paulo que están al acecho esperando reponer a la Kirchner en Argentina y a Lula en Brasil, mientras la corrección política habrá asistido muda, sorda y ciega a la fractura de la columna vertebral de América Latina para convertirla en plataforma de las mafias rusas, chinas e islámicas, hasta desequilibrar finalmente al hemisferio, poder abalanzarse sobre los Estados Unidos y Canadá y terminar por cerrar la tenaza europea, que Italia ya está en la olla, Alemania ha sido inyectada con otro millón de prolíficos reproductores de la Sharia y sólo es cuestión de tiempo para que hasta Inglaterra se convierta en un califato.

No sucederá mañana, ciertamente. Pero la historia del islamismo es terca, paciente y tenaz. Lleva esperando por este momento desde la Égira. Se lo dijo hace muchos años un líder musulmán a Oriana Fallaci, luego se aclararle que no era Israel el principal enemigo del Islam, sino Occidente, todas las naciones y pueblos de Occidente, al que terminarían derrotando así pasaran mil años.

El Vaticano será la capital del Islam. Otro muslim le agregó más adelante: “Un día Roma será una ciudad abierta al Islam y, de hecho, ya es en parte una ciudad abierta. Porque nosotros, los musulmanes, somos muchos. Millares y millares, muchísimos…a cada generación nos duplicamos o más. En cambio ustedes – los italianos – se reducen a la mitad. Tienen un índice de crecimiento cero.”

Donald Trump lo sabe y parece decidido a impedirlo. Pero también tengo la certeza de que los demócratas, que no por azar llevaron al poder a un descendiente islámico, y el Vaticano, que tampoco por azar sentó a un peronista de izquierdas bajo el solio papal, clamarán al cielo.

Como también estoy convencido de que absolutamente ningún político de la llamada MUD ni siquiera lo intuye. Su catalejo llega hasta los rincones de sus cuentas bancarias. Y su formación intelectual y moral no ha terminado de alcanzar las cimas de La Charneca.

Son las razones que inducen a señalar, como lo hemos venido haciendo desde hace años, que esta crisis, ya de extrema gravedad, se agravaría a los extremos por ser, para mayor tragedia, una crisis geoestratégica; que Venezuela, muy en particular desde el 4 de febrero de 1992 se había sumido en la encrucijada que llevaba casi inexorablemente a la dictadura y desembocaría en una tiranía totalitaria que serviría de plataforma para la invasión del continente por el castrocomunismo cubano.

Fidel Castro se lo confesaría en La Habana a mediados de los sesenta a Elisabeth Burgos y su esposo Regis Debray: “si me hiciera del petróleo venezolano, podría dominar el continente”.

Jamás sabré si nadie ha querido enterarse, nadie ha podido enterarse o nadie tiene la suficiente preparación política e intelectual como para ver más allá de los techos del Mercado de Quinta Crespo. Y percatarse del polvorín sobre el que están asentados los hombros de América.

Hay suficientes indicios que demuestran que la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono tienen absoluta claridad al respecto; que Donald Trump representa la resurrección de Ronald Reagan y ha decidido plantarle cara a las tres graves amenazas que acechan a los Estados Unidos desde que Clinton le pasó el testigo a Barak Hussein Obama II: China, Rusia y el Islam.

Que Cuba ya no constituye, en tanto tal, ningún peligro, pero que manejando a su títere venezolano puede volver a despertar los horrores de la Crisis de los misiles y la amenaza nuclear de Corea del Norte.

Que los Castro, con su sabia paciencia, han sabido esperar sesenta años para tragarse a Venezuela, está a punto de tragarse a México y a Colombia y al menor descuido vuelve a hacerse del control de Argentina, Uruguay, Brasil, por el Atlántico, y a Colombia, Ecuador, Perú y Chile, por el Pacífico.

Ese, no otro es el problema de Venezuela. Un problema de geoestrategia mundial. Que si en abril o en mayo, o cuando el amo dicte las fechas y las condiciones, el fraude atornillará a Maduro en el Poder.

No ha habido ni habrá fuerzas internas capaces de impedirlo. Muy por el contrario: la MUD ya ha puesto a uno de los suyos al servicio del simulacro. Y a la hora del fraude nadie podrá o querrá impedirlo.

¿Qué hacer? Intervención humanitaria, ya. El auxilio rápido y eficaz de la comunidad internacional. Haciendo uso de todos sus medios. No hay otra alternativa. Debemos respaldarla.

Mario Vargas Llosa

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