Mensaje de la diputada María Corina Machado, en ocasión de celebrarse la séptima Cumbre de las Américas

Hoy se reúnen en Panamá los Estados miembros de la OEA. Es este el momento propicio para la impostergable evaluación del estado actual de las democracias y el respeto de los Derechos Humanos en la región, ambos temas imprescindibles para la consolidación de la estabilidad de nuestros países que se encuentran claramente amenazados por el populismo, la corrupción y los enemigos de la paz.

Venezuela es uno de esos países y su crisis de ingobernabilidad e inestabilidad política ya no es un secreto para nadie en el planeta. Es por ello que nos resulta inconcebible que un tema trascendente y evidente para todos, pretenda ser silenciado o ignorado para no ensombrecer la aparente normalidad de la Cumbre, cuando ese debería ser el espacio para debatir y escuchar las voces que han sido calladas en mi país.

Yo debería estar allí, acompañando a la sociedad civil, a los jóvenes, los rectores universitarios y los empresarios, elevando la voz en nombre de los ciudadanos de Venezuela, pero una prohibición de salida del país ilegítima por carecer de fundamentos jurídicos, me ha impedido acompañarles.

Venezuela está viviendo la crisis más profunda de toda su historia. Esta grave situación es el resultado del fracaso de un modelo político que lo único que ha instaurado ha sido la violencia, la pobreza y el terror como políticas de Estado. La tortura, los tratos crueles, inhumanos y degradantes, la persecución política e ideológica, la prisión de nuestros líderes y estudiantes, la censura y la represión, constituyen la prueba de la naturaleza del régimen en el poder, que es así como reacciona frente a un pueblo que clama por un cambio político profundo y el anhelo de vivir en democracia, con dignidad, justicia, solidaridad y libertad, en un futuro no lejano.

La mayor bonanza petrolera de nuestra historia ha sido despilfarrada sin control, la han utilizado para crear peligrosas redes de corrupción y para que se lucren unos pocos. Mientras esto ocurre, la humillación y la pobreza crecen a niveles mayores a los que existían antes de que se iniciara este periodo de descomposición nacional al que nos ha llevado este régimen. La población venezolana se encuentra hoy sumergida en el caos, la incertidumbre y en absoluto estado de indefensión jurídica.

La OEA no puede ignorar la realidad de Venezuela ni permanecer indiferente, porque esa indiferencia no es sólo falta de solidaridad; constituye una profunda irresponsabilidad ante los riesgos que enfrenta nuestro país y que irremediablemente se extenderá hacia la región. La OEA debe ponerse al frente de la defensa de los Derechos Humanos y las libertades democráticas, fundamentos esenciales de su existencia como organización. Si la OEA respalda al régimen venezolano en esta hora, estaría traicionando su propósito originario y su razón de ser, cediendo ante presiones y chantajes.

En mi condición de madre, venezolana, diputada y ciudadana, les solicito respetuosamente a los gobiernos de nuestro Hemisferio, que consideren la preocupante situación de nuestro país. Les pido que permitan que las voces de las víctimas y sus testimonios sean por todos escuchados. En Venezuela la democracia se está extinguiendo, se apaga con cada nueva detención arbitraria, con cada asesinato impune, en cada fila frente a un abasto en la búsqueda infructuosa de alimentos básicos, en cada hospital o clínica privada donde los venezolanos mueren por falta de medicinas e insumos médicos.

La OEA está obligada a preservar los principios y valores democráticos de nuestros pueblos y tiene el sagrado deber de honrarse como organización. De no hacerlo, estaría perdiendo, quizás su última oportunidad para recuperar la confianza que una vez tuvo por parte de los pueblos de las Américas.

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