Néstor Sánchez @Nestorsanchezas 14 DE JULIO 2018 – 202 ANIVERSARIO DE SU PARTIDA 

Este Quijote, Que No Está Loco, Tiene Fuego Sagrado En El Alma.

Napoleón Bonaparte sobre Miranda 1795

Muchas cosas se han escrito de este inigualable personaje, el gran iniciador, el fulminante Protolíder de América de signo Aries. Requeriríamos toneladas de literatura escrita, radiada y filmada para explicar, re entender y revitalizar en tan poco tiempo a este mito hecho realidad, La Leyenda de Oro Caraqueña Sacude a América, esta es tan solo una parte de la devastadora, exquisita y alucinante obra acerca del más importante hombre del Nuevo Mundo en el camino hacia Libertad, esta es la historia del Protolíder de América Latina, el más Universal de todos los Americanos, por supuesto que se trata del Generalísimo Sebastián Francisco de Miranda nacido en Caracas el 28 de Marzo de 1750.

Desde muy joven organizó La Masonería Americana la cual contactaría en Gibraltar para nunca más despegarse de sus mejores principios y enseñanzas, todo lo lleva a cabo deacuerdo a las estructuras más tradicionales de la Francmasonería solo para ponerla al servicio de la Verdadera Revolución. Desde un principio este iconoclasta, descifró, comprendió, tuvo conciencia perfecta de todos los procesos espirituales, filosóficos, políticos, sociales, económicos e históricos de su tiempo.

MIRANDA NO ERA NINGÚN HIJO DE LA PANADERA

El padre de Miranda Sebastián de Miranda Ravelo, oriundo de Santa Cruz de Tenerife localidad de Orotava, Islas Canarias, nació, el 12 de Setiembre de 1761, era hijo de Gabriel de Miranda, nacido también en Puerto de la Cruz el 6 de noviembre de 1686, y de María de la Concepción Ravelo de León, hija de Domingo de Sosa de León y de Catalina Ravelo.

Sebastián de Miranda, por razones de nacimiento, al sospecharse que era un simple mestizo de guanche, pertenecía a la categoría social de los llamados blancos de orilla, clase considerada inferior a los blancos españoles y a los propios criollos. Se sabe que el Cabildo de Caracas le acusó de «mulato, mercader, aventurero e indigno por muchos antecedentes de desempeñar puesto de categoría». Sebastian alcanza cierta holgura económica, tratara de demostrar en juicio que sus orígenes eran «puros» para así poder obtener mayores privilegios sociales dentro de la sociedad caraqueña de su época.

En Caracas se establece como comerciante de lienzos y con el tiempo, contrajo matrimonio el 24 de abril de 1749 en la Iglesia Catedral con la caraqueña Francisca Antonia Rodríguez de Espinosa, también de origen canario y necesariamente blanca; de lo contrario, la boda no hubiera aparecido en el registro de matrimonios y sus hijos jamás hubieran podido ir a la universidad. El primogénito de los nueve hijos e hijas del matrimonio, es justo, Sebastián Francisco de Miranda, nacido tal como hemos citado, el 28 de marzo de 1750. Sus hermanos eran Ana Antonia, Rosa Agustina, Micaela Antonia, Miguel Francisco, Javier, Francisco Antonio, Ignacio José, Josefa María y Josefa Antonia.

Francisco de Miranda fue bautizado el 5 de abril de 1750 fue bautizado en la iglesia catedral de Caracas por el maestro Juan de Rada, siendo su padrino el bachiller Tomás Bautista de Melo. El 27 de diciembre del mismo año le fue administrado el sacramento de la confirmación por el obispo de Caracas, Manuel Machado y Luna.​ En sus inicios, la familia Miranda era económicamente modesta y vivía dentro del grupo socialmente discriminado de colonos canarios sin ningún título de nobleza o blancos de orilla llegados a Caracas quienes en costumbres, trato y nivel, formaban un núcleo aparte de los blancos criollos o mantuanos, los blancos españoles y los pardos.

Pasado el tiempo, la situación de la familia mejoró notablemente y Sebastián de Miranda logró hacer fortuna como comerciante en Caracas, llegando a ser propietario de diversos inmuebles en la ciudad. Por ejemplo el hacía negocios ultramarinos con Europa de donde importaba aceite de oliva, alimentos de diferente naturaleza, especias, telas, ropas, enseres del hogar y utensilios para las faenas de campo y caza. En su casa de Caracas su familia entre otras cosas vendían harina para hacer pan, dulces y afines, así como otros alimentos del diario. En una esquina de la misma su servidumbre para ayudarse con su economía, le fue otorgado vender pan hecho por estos ex esclavos, de tal manera que podían mejorar su nivel de vida situación permitida por los esposos Miranda.

Por lo anterior, es pertinente aclarar que la madre de Francisco de Miranda nunca fue panadera, hecho que se mitificó y se hizo una costumbre tan solo con la finalidad mal intencionada de denigrar del abolengo o clase trabajadora pudiente que logró con tanto esfuerzo e inteligencia el padre de Miranda, la única intención era netamente despectiva con el fin de hacerlo el hazme reír de aquella sociedad caraqueña de la época y hacer ver que ellos, Los Miranda no eran seres pertenecientes a una clase notoria, es decir Los Mantuanos, Miranda no fue jamás el despectivo y despreciado -hijo de la panadera-, hecho reconfirmado mediante mis investigaciones gracias a los notables historiadores venezolanos Carlos Maldonado Bourgoin y David Rolando Chacón Rodríguez, expertos en la materia íntima desde cualquier punto de vista sobre la intensa e incomparable vida del azaroso Protolíder Miranda, un ser más que envidiado, perseguido por los futuros libertadores y héroes que a quienes no le quedó otro camino que seguir sus pasos. Todo era pues tan solo, una pequeña parte de los celos que ebullían entre los admiradores y detractores de su época, debido al altísimo e inalcanzable rango que obtuvo gracias a su magna obra sobre Venezuela y la América toda afortunadamente de larga data y afianzada no solo en su diario de viajes Colombeia, sino entre la multidiversidad de autores a nivel mundial avezados en la impertérrita obra del super héroe Francisco de Miranda.

A PROPÓSITO DE TÉRMINOS DESPECTIVOS -REFLEXIÓN MIRANDINA-

Dejemos en claro que ser panadero no es ningún delito, al contrario un digno oficio más de la mano de cualquier ciudadano trabajador y honesto, de hecho ser panadero que se sepa es un gran orgullo, un gran arte, quizá despreciado por la mente de gente como diría nuestro excelso escritor, Don Rómulo Gallegos entre 1919 y 1922 un 9 de febrero, “Los Menganez”, es decir, la narrativa galleguiana de los nuevos ricos o ricos pobres de la sociedad venezolana, tal como citamos despectivamente en Venezuela, y perdonen lo soez, -unos pelabolas con dinero- una gente sin nada de dinero y sin clase a las que le cambió la vida en un golpe de suerte, gente de pura apariencia quienes no tenían ni en dónde caerse muertos y cuando su vida fue tocada por la vara de la fortuna cambiaron su actitud, son ahora -los narices paradas de la ciudad, a propósito de Los Miranda quienes se mantuvieron incólumes al respecto. Cuántos títulos nobiliarios, doctorados, insignias y medallas heroicas y santidades han sido comprados o malversados a través de la historia, con la finalidad de atravesar los portales de la alta sociedad, la fama, la importancia y la alcurnia “de ser alguien” dentro de la sociedad. Caracas tampoco estuvo exenta de tal situación. Hasta en esto llega la miseria humana, por ello no es de extrañar el enorme desprecio hacia el ímpetu de superación, el gran éxito y el verdadero abolengo de -Los Miranda-, exportado de Santa Cruz de Tenerife pero rebajado por los conflictos intestinos que imponían los enfrentamientos entre la corona española de la época colonialista en Venezuela, y los oprobiosos designios de los imperantes mantuanos de la otrora capitanía general y post independencia. Por ello los términos utilizados como Miranda, El Hijo de La Panadera, son tan solo reutilizados sin mayor basamento, por el ufanado desprecio hacia el otro, un enorme irrespeto hacia la inteligencia, la dignidad y la espiritualidad humana, y quienes lamentablemente lo repiten, no se revisan bien la historia y mucho menos sus verdaderos valores humanos, señoras y señores, -nada nuevo bajo el sol-. Muy propio de nuestras sociedades confusas y malsanas, muchas veces, llenas de odios, rencores, intolerancias, racismos, propios de la ignorancia, la inhumanidad, la falta de piedad, la inmisericordia, por ello es importante rescatar los que Francisco de Miranda insistió como visionario de América del Sur y el Nuevo Mundo, el rescate del respeto, las buenas costumbres, la transparencia, la sinceridad, la honestidad y los verdaderos valores humanos, y sobre, insisto, ese respeto hacia las diferencias de luz, vengan de donde vengan.

Con los años, el término -Hijo de La Panadera- se popularizó, de tal forma que para demostrar el desprecio o bullying social hacia alguien, al menos en Venezuela, se le dice al más pendejo o al más despreciado como forma de ninguneo, desaire, desdén, desplante, displicencia, ofensa, vilipendio, fulano de tal, es -El Hijo de La Panadera-. Aclarado el punto, Francisco de Miranda fue hijo de gente de clase honorable y de forja, al punto que su familia tenía alquilado un palco exclusivo en la ópera de Caracas donde todos asistían a las grandes obras que allí se representaban, hecho notorio que suma su fervor por el digno conocimiento de las culturas del mundo, legado que llevaría en al sangre el propio Protolíder y sus hermanos. La numerosa prole de Sebastián y su esposa Francisca Antonia, fueron formados bajo los mejores términos de educación cívica, moral y de altísima educación, el buen gusto, una higiene más que pulcra, el hablar elocuente, la invariable lectura de grandes autores, la música clásica, la práctica consuetudinaria de la buena mesa en sagrada familia, los hermosos valores de hogar, en resumen, los más altos fundamentos que todo ser humano evolucionado desearía experimentar, aquello rancio, de mayor finura -a lo clásico-, algo muy superior a lo que se acostumbraba entre las delicias palaciegas de las cortes europeas y los grandes mantuanos de la Caracas de los techos rojos. El hogar de Los Miranda fue un lugar donde reinó, la distinción, la cortesía, la reciedumbre con ternura, el misticismo espiritual y las basados en las creencias y prácticas hacia la Fe en Dios. Si vamos al caso, luego de tanta alharaca entre los chismes e intrigas de la época, el buen ejemplo y los valores obviamente era algo que era poco usual, incluso entre los más refinados hogares mantuanos de aquel tiempo.

LOS MIRANDA Y SU ENFRENTAMIENTO CON LOS MANTUANOS

Ya en aquellos tiempos existían roces y conflictos sociales que empezaron a crear un problema de gobernabilidad para las autoridades coloniales, que además tenían que aliviar las secuelas negativas de la presencia de la Real Compañía Guipuzcoana que monopolizaba las transacciones comerciales en la provincia de Venezuela.

En La Orotava, la familia Miranda era considerada gente distinguida e ilustre, a diferencia de lo que sucedía en la Caracas de antaño. Su padre hizo fortuna con su trabajo y logró ser nombrado capitán del Batallón de Milicias de Blancos de Caracas, pero por estar en entredicho su procedencia, su nombramiento produjo un fuerte rechazo del estamento social conocido como mantuano, sociedad compuesta de blancos criollos, descendientes de españoles, pero nacidos como Sebastián Francisco en territorio americano, reflejo todo ello de conflictos sociales y raciales latentes y así como consecuencia el generador principal de una de las causas de la Independencia, tal como hoy, tal como siempre, un asunto de valores y dignidad humana. Había cierta dosis de desprecio de los mantuanos hacia su padre por ser un comerciante tan exitoso, ocupación que a sus ojos lo inhabilitaba para ser capitán de Milicias.

Grave, verdaderamente grave, fue el enfrentamiento de Miranda, padre, con dos mantuanos de fuste, como Nicolás de Ponte y Martín Tovar Blanco, cuyos descendientes terminaron contándose entre los republicanos, enfrentamiento que sólo se solucionó cuando el rey Carlos III ordenó a los caraqueños que se le permitiera a Miranda el uso del uniforme y el bastón por considerársele hidalgo, lo cual ocurrió en 1772, cuando su hijo Sebastián Francisco ya tenía un año fuera de Venezuela.

Llegada la hora de su magno hallazgo, se convenció de sus nobles acciones a ejecutar sin retardo, él fue su propia historia, Miranda Is The Historical Par Excellence Self Made Man In The New World (Miranda es el hombre histórico por excelencia hecho por sí mismo en el Nuevo Mundo), por tanto se volvió en el eje de si mismo, en el centro de grandes adversidades, en esa médula del huracán que aún está pendiente para nosotros en la Venezuela actual. Miranda es la “prima forja” que precozmente se responsabilizó de la insigne hora predestinada que Dios puso en sus manos, quizás sin saberlo estaba por encauzar a través de su mano incólume y justiciera, de su mente fulgurante como el Sol y sus visionarios ojos como las estrellas, la más bella e increíble historia jamás gestada en términos de historias patrias.

Ahora más que nunca estamos persuadidos que la aquilatada obra de Miranda permanece siempre joven e inmutable por los siglos de los siglos. Único hombre en tener la fortuna de estar en el ojo de una tormentosa época histórica para la humanidad, luchó al lado de la Zarina Catalina La Grande en la Revolución Rusa, admirado por Napoleón fue protagonista al lado de Jacobinos y Girondinos de la Revolución Francesa, combatió en contra los Moros en el Norte de África, colaborador directo en Pensacola, Florida, en pro de la Revolución Norteamericana al lado de George Washington, no obstante Francisco de Miranda logra agrupar una admirable e inmensa experiencia como la chispa idearía y original del Nuevo Mundo para traerla y legarla a nosotros, <Este debe ser nuestro porque, nuestro real orgullo, nuestro verdadero norte de vida como venezolanos>.

Miranda fue sublime humanista con firmes convicciones de los legados de Jesucristo, traicionado en La Casa Guipuzcoana por sus propios compatriotas en la que llamó -La Hora Menguada de Venezuela, hecho que a mi humilde juicio generó uno de los grandes karmas a futuro de nuestra patria, un ciclo que en la actualidad debemos cerrar en función de su sagrada obra y memoria inmortal.

LA CONJURA PATRIOTA CONTRA FRANCISCO DE MIRANDA

Y Cito:

EL FINAL

La Capitulación toma por sorpresa a muchos de quienes en esos días difíciles de julio de 1812 luchan por salvar la Confederación de Venezuela. La difícil decisión, tomada por Miranda y sus consejeros bajo la presión de eventos que desde adentro y afuera del territorio republicano hacen ver la independencia como una opción cada vez menos viable, es recibida por cada quien y comprendida o no a la luz de realidades locales diversas que no necesariamente coinciden con su razonamiento.

Si bien Miranda considera la guerra como perdida a corto plazo, ésta no es la percepción de oficiales republicanos que no han participado en las deliberaciones y no están en situación de informarse o ser informados sobre el conjunto de razones que han llevado al generalísimo a proponer un armisticio ante un ejército realista que ellos consideran inferior en número. La natural frustración de estos oficiales está casi ciertamente ligada a una percepción local de los eventos en marcha que no puede compararse a la visión de conjunto que se le ofrece a Miranda, quien continuamente ha recibido informes sobre el calamitoso estado de la Confederación durante las semanas previas a la decisión de capitular. Es con toda probabilidad a la luz de ese entendimiento limitado de la situación que uno de esos oficiales, el coronel e inspector general del Ejército Juan Pablo Ayala, le envía una carta el 27 de julio de 1812 en la cual le expresa el rechazo de “todos los jefes del ejército [1]” a esa decisión.

Según al menos un observador, el entonces coronel José de Austria, la mala comprensión de sus oficiales obedece también a la reticencia de Miranda a discutir con sus subordinados militares sus planes e intenciones. Esta incomunicación no parece diferente a la observada en él en algunos períodos críticos durante la expedición del Leander y probablemente obedece al simple hecho de que cree haber tomado todas las decisiones que puede tomar en un contexto desesperado y calamitoso. En el momento de la sublevación de los esclavos, “bien pocos eran los amigos que para entonces conservaba el general Miranda y muy frecuentes las contradicciones y menosprecio de su autoridad. También es cierto que nadie concebía cuáles fueran sus esperanzas, cuáles sus combinaciones, cuál, por último, su resolución para disipar aquélla acumulación de males que pesaba sobre la mísera Venezuela. Todo era incierto y problemático; el peligro era grande e inminente, y un oscuro e impenetrable misterio nada dejaba percibir [2].”

Ese 27 de julio, el generalísimo se encuentra en Caracas, donde informa al Ayuntamiento sobre la decisión tomada y la necesidad de cesar las hostilidades y aceptar la autoridad de Monteverde. Miranda prepara su salida de Venezuela y ha delegado en su amigo y secretario, el francés Antoine Leleux, la responsabilidad de conducir sus documentos personales a La Guaira, de donde espera embarcarse hacia el extranjero.

El viejo camino colonial que conduce desde Caracas al puerto de La Guaira, según un óleo del pintor alemán Ferdinand Bellermann de 1842. Fue escenario de la llegada de Miranda a su ciudad natal en diciembre de 1810 y dos años más tarde de la marcha forzada de los partidarios de la independencia hechos presos por Monteverde en violación de la capitulación firmada en julio de 1812. “Todas estas víctimas fueron conducidas al puerto de La Guaira: unos, montados en bestias de carga con albarda, atados de pies y manos; otros, arrastrados a pie, y todos amenazados, ultrajados y expuestos a las vejaciones de los que los escoltaban, privados hasta de ejercer en el tránsito las funciones de la naturaleza…” (Miranda, Memorial del 8 de marzo de 1813)

Su decisión de abandonar Venezuela le vale numerosas recriminaciones de parte de quienes objetan la capitulación como injustificada. Estas, no obstante, obvian el hecho de que, aun cuando el acuerdo firmado por Monteverde ofrece garantías sobre las vidas y propiedades de los partidarios de la independencia y les permite emigrar al extranjero si lo desean, no existe en él ninguna provisión que otorgue específicamente a Miranda defensa alguna sobre los cargos que el Estado español ha acumulado en su contra a lo largo de 30 años. Si bien ha firmado la derrota en tanto que jefe de un Estado agonizante, este único hecho no le permite albergar esperanza alguna de recibir un trato justo, o cuando menos un trato que no incluya años de presidio o una condena aún peor por hechos tales como su fracasado intento sedicioso de 1806 (ver Leander). Al no ser súbdito británico, francés o de cualquier potencia comparable a España, tampoco puede aspirar a resguardar su libertad o su vida a través de una eventual negociación de gobierno a gobierno. La única justicia con la que puede contar será la otorgada por el Consejo de Regencia que gobierna en Sevilla a nombre de Fernando VII y, a muy corto plazo, la de Monteverde.

Miranda deja Caracas en dirección a La Guaira hacia las tres de la tarde del 30 de julio, cuando el capitán español se halla a sólo 15 kilómetros de la ciudad. No queda registro de que supiese en ese momento que Monteverde no está cumpliendo con lo pactado y ninguna de las personas de confianza con las que conversará al llegar al puerto cuatro o cinco horas más tarde reportará haber escuchado de él preocupación alguna en ese sentido. Por el contrario, en la mañana de ese día, Henry Haynes, capitán de la fragata británica Sapphire, donde sus baúles han sido embarcados, recibe de su parte una carta en la que señala que la capitulación está siendo “hasta los momentos” respetada [3].

La bandera tricolor republicana todavía ondea en ese último vestigio de la Confederación de Venezuela que es La Guaira. Una multitud de personas vinculadas al intento independentista espera nerviosamente el levantamiento de un embargo ordenado por Miranda en previsión de su propia salida del país; todas quieren embarcarse hacia el extranjero antes de que el puerto caiga en manos de Monteverde. El alivio es general cuando el generalísimo levanta la medida a su llegada, a alrededor de las ocho de la noche. Ése es su último acto de gobierno.

Los eventos de esa noche del 30 al 31 de julio de 1812, durante la cual un grupo de militares liderados por Simón Bolívar, Miguel Peña y Manuel María de las Casas arresta a Miranda por traición a escasas horas de que éste se embarque, subrayan la fractura que existe entre la realidad de un sistema en quiebra y el pensamiento desesperado de quienes se aferran a él.

Bolívar, como tantos otros, había querido embarcarse ese día para el extranjero y no lo había conseguido por el ya mencionado embargo. En secreto y sin esperar la llegada de Miranda al puerto, el futuro Libertador y los demás conjurados lo declaran responsable de la debacle republicana y consideran fusilarlo en castigo sin ningún tipo de proceso. Su actitud en apariencia impulsiva contrasta con la premeditación que se evidencia a través de las precauciones que toman para evitar una posible huida del generalísimo, precauciones que cubren aspectos tales como cambiar la guardia que vigila los alrededores de la casa de gobierno, decidir en qué habitación Miranda pasaría la noche, y alegar la ausencia de vientos favorables para evitar que éste se embarque cuando el capitán Haynes lo conmina a hacerlo esa misma noche por su mayor seguridad, esto último mientras pasan la velada con él sin aparentemente hacerle reclamo alguno.

Una de esas personas, el oficial Pedro Briceño Méndez, quien será secretario privado de Bolívar y gozará de su confianza, escribirá que entre las motivaciones de éste para arrestar a Miranda había estado, además de “vengar a la patria”, el “vengarse él mismo del mal que se le hacía deteniéndole en el país para que fuese víctima de los enemigos,” al no poder embarcarse [4].

Pedro Gual, quien no presencia el arresto pero trabajará con Bolívar como lo ha hecho con Miranda, escribirá muchos años más tarde que la captura de este último había sido sobre todo producto de una mala comunicación y que “una sola conversación habría bastado para disipar los pretextos erróneos con que se había hecho” [5]. Es posible que la mala comunicación jugase realmente un rol en el drama, pero es difícil imaginar que los conjurados ignorasen que Miranda ha puesto fin al embargo esa misma noche delante de la muchedumbre, según consta en el informe del capitán Haynes a su oficial superior. Quizás sí desconocen que Miranda, según lo dicho por Haynes, calcula utilizar un bergantín, el Zeloso, para evacuar a sus seguidores y ha también previsto fondos con los que asegurar su subsistencia en el extranjero. Haynes mantendrá al Zeloso bajo su control hasta el último momento, como convenido con Miranda [6].

De la narración que hará años después el oficial edecán del generalísimo, el futuro general Carlos Soublette, se destila que ni Bolívar ni ninguno de sus acompañantes busca aclarar la situación con él antes de apresarlo, y tampoco inquieren los conjurados acerca de la posibilidad de embarcarse con Miranda [7]; si el rechazo a la capitulación es lo que verdaderamente los motiva, lo único que parecen desear es castigarle y ello sin reparar en que, mucho antes de su firma, el alcance de la autoridad y los medios del generalísimo se habían visto severamente reducidos por la acumulación de factores que iban en contra de una victoria militar y de la obtención de una paz civil duradera, lo que incluye la catastrófica pérdida del arsenal de Puerto Cabello en manos del propio Bolívar tan sólo un mes antes (ver La capitulación).

Varios de los conspiradores -José Mires, Ramón Aymerich, Tomás Montilla y Miguel Carabaño- habían estado al lado de Bolívar en esa dolorosa derrota, lo que ha llevado a algunos autores a pensar que el arresto de Miranda obedece a una necesidad personal o política de esas personas de hallar un responsable último de la pérdida de la República cuya supuesta y criminal culpabilidad hiciera aparecer como menor su propia responsabilidad en la debacle [8]. Pero una explicación alternativa es que, tras haber sufrido en carne propia la traumatizante experiencia de seis días de bombardeos y hecho desesperados e infructuosos esfuerzos para recuperar la plaza -“no me obligue Ud. a verle la cara” le había escrito a Miranda un avergonzado Bolívar que se decía a sí mismo en un estado “alocado” [9]-, los sobrevivientes de Puerto Cabello sopesan la capitulación, acordada a través de una simple negociación, como un gesto demasiado fácil que sólo puede ser realizado por un traidor.

Estas teorías no explican, sin embargo, las motivaciones de los otros conspiradores, aquéllos que no han estado en Puerto Cabello y que participan en el arresto por motivos personales que van desde la venganza de viejas rencillas con Miranda hasta el congraciarse con Monteverde. Uno de ellos es el comandante de armas de La Guaira, coronel Manuel María de las Casas, en cuya residencia Miranda se aloja al momento de su captura. Según el capitán Haynes, Casas había explorado la posibilidad de embarcarse hacia el extranjero en la Sapphire [10], pero luego decide seguir las órdenes de cerrar el puerto que Monteverde le ha hecho llegar.

Tras hacer encerrar a Miranda, Casas, que había servido lealmente a la República hasta ese día, arresta también a Bolívar y quienes le acompañan. Con característica vehemencia, el futuro Libertador escribirá al Congreso de Colombia en 1821 que había querido fusilarlo, pero que quienes estaban con él “no se atrevieron a acompañarme a castigar a aquel traidor.” Será la única vez que Bolívar haga pública alusión a los sucesos de esa noche; no mencionará a Miranda ni ofrecerá detalles ni explicaciones sobre su actuación. Privadamente seguirá sosteniendo hasta el final de sus días que consideraba a éste como a un traidor [11], pero ello no le impedirá referirse por escrito a Miranda como “el más ilustre colombiano” y preocuparse por la buena imagen que de él tuvieran los hijos de aquél, Leandro y Francisco, a quienes conocerá y tratará afectuosamente.

Monteverde escribirá al Consejo de Regencia que la captura de Miranda bien había valido el salvoconducto que permitirá a Bolívar embarcarse sin traba alguna rumbo a Curazao el 27 de agosto de 1812, pero no existe ningún indicio de que este último actuase siguiendo acuerdo alguno con el comandante español. Por el contrario, se conocen los nombres de al menos dos amigos realistas de Bolívar, Antonio Fernández de León y Francisco Iturbe, que lo protegerán e influirán sobre Monteverde para la obtención del documento [12] [13].

Con el control de la situación ahora en sus manos y contrariamente a lo pactado en la capitulación, el triunfante capitán canario establece un régimen de persecuciones y corrupción nunca antes visto en la vida de la colonia; más que restaurar la autoridad de la Corona, Monteverde instaurará la suya como primer caudillo y dictador de Venezuela, y actuará al margen de los principios legales que hasta entonces habían sustentado la administración del imperio español. No solamente hace uso de una justicia expeditiva y sin proceso en la que se permite todo tipo de vejámenes sobre los derrotados, sino también consiente que quienes le rodean establezcan un sistema de enriquecimiento criminal fundamentado en la extorsión a las familias involucradas en el intento republicano con la amenaza de la expropiación o la cárcel.

Miranda, por su parte, permanece preso en La Guaira entre agosto de 1812 y enero de 1813, cuando es trasladado a Puerto Cabello; un proceso en su contra ha sido abierto en noviembre de 1812 ante la restablecida Real Audiencia de Caracas, tribunal que imparte justicia en nombre de Fernando VII. En ambos lugares, sus condiciones de encierro, con cadenas y grillos, son extremadamente duras, e incluso por un tiempo está recluido en La Guaira en una celda donde respira “un aire mefítico que, extinguiendo la luz artificial, inficionaba la sangre” -irónico contraste con su propia sensibilidad hacia el tema penitenciario, aquélla que 25 años antes, a su paso por Dinamarca, le había hecho proponer reformas sanitarias a la Casa Real danesa para las cárceles de ese país.

Desde Puerto Cabello, Miranda escribe a la Real Audiencia el 8 de marzo de 1813 un elocuente memorial en el que exige el cumplimiento de la capitulación y aboga porque se respeten los derechos de aquellas personas inocentes que ha visto morir innecesariamente en condiciones de extrema crueldad, en contra de lo prescrito por la propia capitulación y la Constitución española de 1812. Este memorial y otro que Miranda envía el 18 de mayo siguiente son favorablemente acogidos por el Regente de la Audiencia, José Francisco Heredia, quien insiste ante Monteverde para que respete lo pactado, sin ser oído.

En Londres, Luis López Méndez, su secretario Thomas Molini, y otros amigos hacen peticiones ante Lord Castlereagh, nuevamente Ministro de Asuntos Exteriores de la Gran Bretaña, para que ésta interceda ante España a favor de Miranda y de todos aquéllos que han sido detenidos arbitrariamente por Monteverde. Castlereagh hace caso omiso de estas solicitudes.

En junio de 1813, su derrota en Maturín ante fuerzas republicanas lleva a Monteverde a ordenar la evacuación de Miranda a San Juan de Puerto Rico, donde, gracias al respeto que le tiene el gobernador de la isla, Salvador Meléndez y Ruiz, permanece detenido en condiciones mucho mejores hasta diciembre de ese año; desde allí escribe un nuevo memorial o representación exigiendo el cumplimiento de la capitulación, dirigido esta vez al presidente de las Cortes de Cádiz, que han sucedido a la Regencia. En diciembre de ese año es remitido a España, donde confía poder justificarse de sus actos ante los políticos liberales que dominan las Cortes. Su traslado no es anunciado y las autoridades de Cádiz están totalmente sorprendidas al saber de su llegada a ese puerto el 5 de enero de 1814.

Fernando VII regresa a España de su exilio napoleónico en marzo siguiente, y el 4 de mayo anula la Constitución de Cádiz, instaurando nuevamente un gobierno absolutista; muchos miembros del gobierno liberal en el cual Miranda ponía sus esperanzas serán arrestados. Desde su celda en el Penal de las Cuatro Torres del arsenal de La Carraca, Miranda tratará de ser oído por la justicia española. Con el permiso del comandante local, escribe al Rey y sus funcionarios en tres oportunidades solicitando sea que se le ponga en libertad y se le permita trabajar por la reconciliación de los españoles de ambos lados del océano, sea que se le juzgue y castigue, sea que se le permita viajar a Rusia para terminar allí sus días. Es un hombre desesperado que quizás tiene suerte al no enterarse nunca de que esas misivas van directamente al archivo del Consejo de Indias y no llegan a su destino. La negación que se le hace de justicia va al extremo de negársele incluso el proceso [14], reflejo quizás de la ofuscación borbónica ante la inexorable pérdida de América.

También escribe a Sally y le manifiesta su “esperanza de que muy seguramente el gobierno inglés habrá de sacarme de estas dificultades”; con ese fin ha escrito a Wellington y Nicholas Vansittart [15]. De ellos no recibe aparentemente respuesta, pero Vansittart y el fiel John Turnbull actúan sigilosamente a través del hijo de Turnbull, Peter, y del comandante de la flota británica en Gibraltar, Charles Elphinstone Fleming, para hacer su prisión más llevadera, sin cadenas ni grillos. Ellos le hacen llegar dinero, le obtienen un sirviente, y lo apoyan en la concepción de un plan de escape hacia Gibraltar que nunca se ejecutará [16].

Si bien a sus 65 años sus difíciles circunstancias personales le hacen desdecirse a veces de sus ardores independentistas, no pierde del todo la vivacidad de espíritu que le caracteriza, y demuestra todavía un cierto sentido del humor al referirse a la tentativa de fuga que por entonces contempla como “el viajecito que Uds. saben” en carta a contactos ingleses en Cádiz, el 18 de marzo de 1816. Firma esa carta bajo el nombre falso de José Amindra, un anagrama de su apellido.

Una semana más tarde y un día antes de cumplir 66 años, el 25 de marzo, sufre una hemorragia cerebral y cae en cama; la boca le sangra. Convalece tres meses y medio durante los cuales cuatro médicos diferentes coinciden en que no hay curación posible.

En la madrugada del 14 de julio de 1816, Francisco de Miranda fallece en la enfermería de La Carraca. “No se me ha permitido por los curas y los frailes le haga exequias ningunas, de manera que en los términos que expiró, con colchón, sábanas y demás ropas de cama, lo agarraron y se lo llevaron para enterrarlo”, escribe su sirviente Pedro José Morán a sus amigos ingleses [17].

La arbitraria actuación de Bolívar, que es sólo coronel y a quien nadie ha conferido autoridad alguna sobre Miranda, no tendrá nunca una explicación satisfactoria pues él mismo se cuidará de hacer pública una versión personal de lo sucedido. Años después de su muerte en 1830, personas que le conocieron intentarán dar explicaciones diversas que no lograrán disipar la sombra de la doble injusticia que él y sus seguidores cometen no sólo en el apresamiento y la prisión de Miranda, sino también en la posterior difusión de la leyenda según la cual la Confederación se había perdido por su exclusiva responsabilidad, leyenda que persiste aún en nuestros días.

Fin de la cita, tomado de:    http://www.franciscodemiranda.info/es/biografia/final.htm

QUIEN ERA EL PROTOLIDER MIRANDA?

Miranda Gran conocedor de los símbolos esotéricos, amplitud y profundidad en conocimientos sobre la misión de las grandes escuelas iniciáticas de Luz al servicio de la libertad, psicólogo por naturaleza con gran olfato para el Momentum Mundi, hombre de fino instinto para las oportunidades, como líder militar y prócer civil con férreos principios humanos, prohombre desplegador de sólida ética a toda prueba, maestro en cualquier organización, planificador como pocos, administrador honesto, insigne estratega, ejecutor de sus obras, más que un gran hombre de mar, o simple nauta, -Un Real Comodoro-, sublime literato, coleccionador de libros raros y especiales como pocos en el mundo, legislador como el mas justo de los jueces, pluralista en lingüística, escritor de fiera y lúcida pluma de gran perseverancia, detalles y orden para llevar a cabo su máxima obra escrita su Diario personal llamado Colombeia en honor a su admirado Cristóbal Colón, exquisitez con la ejecución de la flauta de Luigi Boccherini, amplía su rango musical al lado de gente como Joseph Haydn. Miranda dominador del arte culinario como el mejor chef europeo, eterno recopilador de secretos amorosos en las beldades curvilíneas de esas damiselas que suspiraron por él en sus mejores tiempos, indubitable dominio social en las grandes cortes gozando de sus influencias bien ganadas en las altas esferas del viejo mundo, esta es tan solo una pequeñísima parte de su cultura -per se universalista o enciclopedista-, faltarían años luz para describir a tan especial visionario de la historia de todos los tiempos, el Creador de la Gran Colombia nacido en la Cuna de la Libertades Americanas, Venezuela La Nueva Jerusalem.

LOS RESTOS DE MIRANDA: RESULTADOS DE LA INVESTIGACIÓN PRELIMINAR

En la actualidad, tenemos fe, esperamos por la inmensa dicha de recuperar los restos mortales del Héroe de Héroes, gracias a las investigaciones propuestas en 1972, por el Excelentísimo Hermano Nectario María y el Vicealmirante Francisco J. Elizalde Laínez. Nectario Maria digno hombre que cultivó los principios humanos y religiosos así como el acervo histórico de la nación emprendió esta dura gesta que hoy se mantiene en pie bajo el minucioso cuidado, alta investigación profesional y veraz trabajo de la Fundación Hermano Nectario María y su Presidente el Lic. David Chacón Rodríguez, este ilustre venezolano, escritor, investigador y brillante hombre de Letras, Filosofía e Historia fue quien reimpulsó junto a su Padre + (ex director) Daniel Chacón Zambrano tan vitales hallazgos. David Chacón continúo colaborando en la gran hazaña al lado de personalidades como la Dra. Catherine Hanni del Centro de Biología Molecular y Celular de la Universidad Claude Bernard en Francia-Lyon, está reconocida científica es aceptada como la máxima autoridad mundial en la investigación de ADN Mitocondrial(Hombre de Cheddar), según David Chacón me sirvo citar

-Aprovechando que recientemente un grupo de científicos establecieron el parentesco del código genético por la línea materna del conocido Hombre de Cheddar (Murió 7.150 años A.C) y fue encontrado en 1903, en las cercanías de Cheddar Gorge (Garganta de Cheddar), una pequeña localidad situada al suroeste británico, a unos 80 km., de Bristol con el del profesor de historia contemporánea en la universidad del mismo nombre, Adrián Targett (este catedrático es un caso excepcional dentro de la paleoantropología, ya que es la única persona del planeta que ha encontrado su antecesor de hace 9.000 años), de 42 años, mediante la extracción del ADN de una pieza dental. Actualmente los restos del Hombre de Cheddar se exhiben en la entrada de la cueva en donde fue encontrado, en el año 1903– fin de la cita.

Así Hanni y su equipo Franco-Venezolano comenzaron los estudios de los “Restos de Miranda” para su comparación con su descendencia, junto a dos venezolanos como la Dra. Maritza Garaicoechea insigne Antropóloga (UCV) y el Dr. Rodolfo Fernández-Gómez, Biólogo Molecular, joven y genial científico (IVIC) quienes han dado con los restos del Protolíder. Para dicha investigación fue localizada la osamenta del primogénito de Miranda, llamado Leandro Miranda Andrews fue hallada en perfecto estado en el cementerio parisino Père Lachaise. En su natalicio 268 y 202 años de su partida, solo me resta decir del Protolíder de Venezuela y América Toda, Viva Miranda, Sigamos Su Ejemplo De Valor, Gloria y Justicia, Forjemos La Libertad Definitiva de Venezuela.

Néstor Sánchez Quintero – Twitter: nestorsanchezas; Facebook e Instagram: nestorsanchezastro: email: nestorsanchezastro@gmail.com

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