Néstor Sánchez @nestorsanchezas ODA A LA LIBERTAD DE VENEZUELA

Venezuela, es verdad que no es fácil, quien dijo que sería placentero remontar sobre los escombros y remar con obstinación contracorriente, por encima de las olas perdidas entre la noche más oscurilarga.

En tiempos de guerra, alguien dijo, “lo único que tengo que darles es sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. * cayó en el borde del precipicio y ahora henos aquí en medio del campo de batalla, tocando un fondo infernal, rodeados de excrementosos bichos y pegajosas larvas, aun así, unidos estamos somos jardines flores de lis, luchando diestros entre ratones y hombres.

Exhalamos el último aliento, turbados entre nubarrones probando oprobios e injurias por la infausta ruindad del cinismo y la desvergüenza, enfrentado ladrones y corsarios, mezquinos y pícaros, entes por ignorantes desalmados son, sabéis ustedes morbosos del hades lo que os espera al final de la saga.

Aprendiendo de la inclemencia, una época de deshonor y lujuria entre las manos alzadas de cuchillos luengos, balas sucias y ensangrentadas frente al rostro de Oscares que Pérez-en, entre hermanos, -don regio coraje-.

Tiempos de furia, miserias exorbitadas mostradas con desparpajo, las uvas de la ira de Steinbeck rampando por almas desesperadas por un soplido bocado, la muerte de Hamlet, Otelo y Desdémona engañados por el zafio, un depravado Yago, la mala hora de Cervantes con Don Quijote y Dulcinea aun amándose en mi alcoba, juntos a Sancho Panza son un trío de La Mancha Venezolana, despedazados y nebulosos, acogotados y cabizbajos entre océanos de saña, son los molinos de mi mente.

Shakespeare insultado, sufriendo un mundo esquizoide y cuadrado, por los Romeos Montesco y Julietas Capuleto de cualquier esquina de mi barrio, entre abrazos exasperados comiéndose a besos entre pozas nauseabundas y gélidas fosas desmembradas, dúctiles, deleitados, perfumados pero separados por un atroz Teobaldo, mitin de cuervos por adeptos, alejados por egoísmos de familias apartadas, urgen huir entre turbias diásporas de esta Verona nacida en Caracas.

Zarpamos a horadar por cuanto cunaviche de los infiernos, sin luz, sin agua, sin hogazas de pan o casabe, escasa comida con carne de gusanos por salsa, con friolento sopor en largas noches de temor, ¡Oh pecadillo, Santo Varón Jesucristo! niños y gemidos quien los consuela, ancianos sin medicinas y sin sábanas quien los alimenta, noches llenas de penumbras y amargas distancias, sulfurosos vahos, lo peor de nuestras ruines horas menguadas. Se que a vos os importa Mi Dulce Señor, ten piedad!

Si son así, nuestras supuras brotan de gritos purulentos, somos el pueblo de Job, arrastrado y subestimado, a quienes le importa nuestra sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas, si la ley burlona nos escupe en el mero rostro, exigua la balanza de jueces, lerdos de maniquea sotana evaporados en desbandada, mientras la bella dama de la justicia boquea sin pañuelo, niña mía, hace siglos has sido maniatada y ultraviolada por políticos insulsos, yaces desnuda entre lobos y hienas gozonas, coyotes avarientos, un TSJ apocado, una asamblea de cerriles y fornicarios, un tumulto repleto de secuaces y cobardes carniceros, zopilotes carroñeros, ultrajes maquinados por burdos magistrados, una corte de burros y milicianos lamebotas, pordioseros que horror sin cerebro y sin consciencia.

Os habéis aprovechado de bellas inocencias, un pueblo bizarro que a pesar que lo han pateado mantiene recios valores, ideales de sublime voltaje, gesta en sus fuertes ceños somos altares de oro, noble semblante impoluto nuestro cetro, incólumes soportáis como corderos dolidos, apretando dientes sin máculas, valientes héroes sois, nacidos y erigidos en el balaustre por cruz, con el Arcángel Miguel coronando el Kerepakupai Vená, mojados de dulce sangre y amarga miel del Salto Ángel, hiel de karmas, columnas de Sansón, ajusticiados como Cristos en crudos anonimatos, sin perfidia ni pérdida, sois misericordia humana, os mantuvisteis finos y sobrios, a pesar de tempestades, firmes guerreros de luz con antorchas que brilláis de adonis por ojos y palpitares con esperanzas.

¡Venezolanos no desmayéis, tengamos Fe, porque Dios no abandona a sus hijos, esta Nueva Jerusalem, con seguridad revivirá de su desgracia, en el nombre de Cristo, nada será en vano!

Pronto seremos premiados por un destino mejor, sorprendidos y coronados traspasando más allá de la medianoche, despertaremos airosos, nos levantaremos en madrugonazos de glorias patrias, porque aletearán las campanas que redoblarán por nuestra canción más amada, ecos del universo al llamado de la libertad, derrocaremos con 350, y superaremos la ruda afrenta.

Pariremos óptimos gobernantes, gente con don de gente, gente a quien le duela sus hermanos, señores con grey de buena casta, bellos notables, gerentes y guías, mujeres y hombres con manos de seda y guantes de acero, que cohabiten en la órbita del imperio de la ley son sus cofres de tesoros, amando nuestras raíces y respetando la fiel historia.

Dulzura y ternura de frente elevada con orgullo, señoras devotas de damas, recios caballeros listos para servir un porvenir de abundancia, juntos con trabajo tomados de manos, gestas de llenitud, versáis y tocad pandereta, salmodiad como almas alumbradas.

Crecerán buenas semillas de nuevos campos que llenaran vuestras alegres mesas, cantaran las dulces avechuchas, crepitarán los árboles repletos de frutos para el lindo hogar, manaran cascadas del cielo, y arderá el fuego eterno desde los corazones en la nueva alba y entonaremos a cuatro vientos que ha llegado la bella ronda de nuestra santa casa, millones de hogares iluminados por exquisitas luces como regalo en los mejores años de un sagrado destino cincelado por labradores, soñad, cread y creed porque somos sueño en la misma tierra, La Nueva Jerusalem en su misión real, ilustre y encumbrada, ascendiendo mil tepúyes de bendiciones por siempre.
Néstor Sánchez Quintero
Facebook e Instagram: nestorsanchezastro

 

 

*“Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (en inglés blood, toil, tears and sweat) es una famosa expresión utilizada en un histórico discurso del primer ministro británico Winston Churchill ante la Casa de los Comunes (la cámara baja del Parlamento del Reino Unido), el 13 de mayo de 1940, tras reemplazar a Neville Chamberlain como primer ministro, en el contexto de la batalla de Francia, ocho meses después de haber comenzado la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas aliadas estaban experimentando continuas derrotas frente a la Alemania nazi.

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