Oclocracia

Oclocracia llamaban los griegos al gobierno de la turba, en contraposición al gobierno del pueblo. El pueblo es un ente organizado, una institución jurídica, una unidad pensante capaz de tomar decisiones racionales colectivamente, de contratar, de fijarse metas, de actuar en cooperación y complementariamente en la persecución de objetivos. El sistema de gobierno de esa institución que forma parte del Estado es la democracia.

La turba, el fenómeno mob en Inglés, es, en pocas palabras, una manada guiada por instintos y necesidades en respuesta a estímulos. La turba reacciona ante situaciones exactamente de la misma forma en que lo hace un cardumen o un rebaño ante un depredador. Quizás en la huida de una estampida exista orden dentro del caos –hoy sabemos por la Teoría del Caos y el modelado de fractales que esto no es contradicción-, pero la conducta de la turba responde más a los dictados de las estructuras más primitivas del cerebro, mientras que la del pueblo lo hace a los de la corteza cerebral.

La turba escapa en estampida, el pueblo organiza retiradas. La turba lincha, el pueblo enjuicia, administra justicia por medio de los órganos del Estado. El rumbo de la turba está determinado por el impulso de satisfacer necesidades básicas, y la sintonía entre los individuos que la integran se produce en el plano psicológico primordial busca alimento en respuesta al hambre, huye en tumulto en respuesta al miedo, mata en respuesta al odio. La unión de la turba, su cohesión, es circunstancial y efímera, cesa al quedar satisfecha la necesidad que la originó. La unión del pueblo es trascendente, propia de su carácter de institución y corresponde a visión de nación, de futuro.

En ciertas situaciones el pueblo puede devenir en turba, y la turba es susceptible de evolucionar hasta ser pueblo. Sin embargo, para simplificar y a los efectos de esta tesis, consideraremos que la turba es caótica mientras el pueblo es equilibrado, en un enfoque análogo al de la Termodinámica.

En una sociedad en situación de anomia, en la que el Estado ha colapsado y no cumple con sus funciones básicas como regular y proveer servicios de agua, electricidad y seguridad personal y jurídica con un mínimo de eficiencia, el pueblo tenderá hacia la turba. Como en todo sistema, la tendencia al caos amenaza el equilibrio hasta que este cede por la presión entrópica y se produce un cambio de estado. La anomia –que no es más que el caos al que arriba una sociedad organizada en crisis económica y política profunda- se produce cuando la Entropía alcanza el máximo, precediendo al cambio de estado a un nuevo equilibrio del sistema (nuevo gobierno, transición, golpe de estado, por ejemplo).

No son solamente los 75 asesinatos diarios que hacen a Venezuela el país más inseguro del planeta por encima de naciones en guerra; ni los enfrentamientos armados entre cuerpos de seguridad del Estado con organismos irregulares del mismo Estado (colectivos); ni los recientes linchamientos de delincuentes por parte de ciudadanos que frustrados ante un Estado incapaz de administrar justicia, toman la Ley en sus manos; ni la esclavizante y hambreadora inflación en una economía con distorsiones de tal magnitud que ya el ciudadano no conoce el precio de los productos indispensables para la vida, es decir, que no sabe al comienzo de cada día si podrá alimentar a sus hijos; ni las riñas por un pollo o un paquete de harina en la cola para comprar comida racionada; ni la muerte reinante que hace de la suyas en hospitales para adultos o para niños como consecuencia del desabastecimiento de medicinas; ni las continuas fallas eléctricas y apagones sumados al racionamiento de energía que fulmina electrodomésticos y bombillos y pudre la comida escasa y costosa de familias enteras; ni la incertidumbre del ciudadano que sale en la mañana sin saber si regresará a su casa al final del día o terminará en la morgue por cortesía del parrillero de una motocicleta que se enamoró de su celular o sus zapatos; ni la impunidad generalizada que permite que estén en libertad funcionarios públicos cuyos signos exteriores de injustificable riqueza prueban la comisión de delito, y asesinos protegidos en razón de su filiación política por los que deberían ser órganos estatales lo que nos coloca cara a cara con la anomia, con el caos que conlleva el colapso total y absoluto del Estado.

Es algo tan trivial como la lluvia en una tarde caraqueña. El habitante de la capital ya ve con normalidad que las principales arterias viales se paralicen hasta petrificarse porque los motorizados empoderados por un Estado que les financia motos, les entrega armas, les regala comida y gasolina, y les garantiza impunidad para que conduzcan la “lucha de clases” que ya lleva 250.000 muertos en 16 años se refugien bajo puentes, cerrando el 90% del espacio vial tan solo para guarecerse. La economía tiene que soportar la pérdida de millones de horas-hombre por los individuos que quedan improductivos al ser atrapados en las congestiones de tránsito, sin mencionar las pérdidas en compbustible, en daños y desgaste de vehículos sometidos al estrés de las trancas, y en costos a causa del impacto ambiental.

motorizados1Es cierto que un alto porcentaje de motorizados son trabajadores honestos y no la calaña capaz de saquear camiones accidentados apáticos a los últimos estertores del chofer moribundo en la cabina. Pero esos y los miles de motorizados que han proliferado bajo el patrocinio del Estado que les otorga las facilidades para la lucha de clases –entiéndase atracos, secuestros express, asesinatos- y que agreden a los escuálidos en las protestas o colman los actos de calle gubernamentales, tienen igual jerarquía que el resto de la ciudadanía que padece sufrimientos de proporciones que desafían la razón y son inaceptables, por su causa. No hay dos clases de ciudadanos: por una parte, motorizados con privilegios y, por la otra, los demás.

No existe país en el mundo en el que un grupo tenga el privilegio de cerrar las vías de comunicación para no mojarse con la lluvia en perjuicio del resto de la sociedad. Además de la pistola, el casco y la camisa roja –y en el entendido de que todavía resta al gobierno algo de autoridad-, debería exigírsele al gremio de los conductores de motocicletas el uso de equipo de protección contra la lluvia con carácter obligatorio.

motorizados_lluviaEs una falacia idiota del socialismo pretender
que una sociedad deba estar constituida únicamente por motorizados y barrenderos. Sería imbécil y perverso, repugnantemente reaccionario, negarles el espacio a estas actividades que son necesarias en una sociedad en la que impere el principio básico de toda sociedad desarrollada, que es la división del trabajo. Pero hay que decir que el ascenso de los motorizados al poder ha demostrado que son fracasados gobernando, además de corruptos. La existencia de motorizados no debe negarle existencia al resto de los individuos, ya que una sociedad exitosa se construye y funciona con todos: motorizados, barrenderos, taxistas, ingenieros, abogados, contadores, maestros, científicos, artistas…

motorizados
Por reducción al absurdo, una sociedad compuesta solamente por motorizados –o aun, solamente por abogados o matemáticos- fracasará, es finita, no podrá perpetuarse ni ganarse un lugar digno en el concierto de las naciones. Se extinguirá cuando se acabe el petróleo o dejen de comprarlo al ser sustituido con otras fuentes de energía. La función de motorizado, mensajero, taxista o cualquier otra, es accesoria y cumple rol de engranaje igual a las demás actividades con las que se complementa en la sociedad. Sencillamente, los motorizados no saben construir represas, ni operar apendicitis, ni programar computadoras, ni formar matemáticos, ni construir satélites, ni criar ganado, ni cultivar la tierra, ni planificar la economía. Hace falta un poco más que saber conducir motos para sacar a un país del subdesarrollo.

motorizadoslluvia
Una sociedad en la que un gremio tiene la potestad de trancar las autopistas pisoteando los derechos del resto de la ciudadanía y causando grandes pérdidas al sistema económico en el ejercicio de un supuesto derecho que no tiene, es una sociedad oclocrática. Es una sociedad caótica y anómica bajo el dominio de una turba que antepone sus necesidades, impulsos e instintos a lo que resta de pueblo.

leonardoLeonardo Silva Beauregard
@LeoSilvaBe

 

 

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