Para vencer a Chávez, hay que superarnos a nosotros mismos y cambiar

Este escrito NO ES DE MI AUTORÍA. LO COMPARTO CONTIGO PORQUE ME PARECE MUY PERTINENTE, BGV
“Después de la gran tristeza que me golpeó anoche, luego de los
resultados electorales de mi país, pasé la madrugada entera despierto
pensando en ellos. No entendía como, si yo ya me esperaba este
desenlace, me había pegado tanto. La verdad es que creo que, en los
últimos minutos, me ilusioné con que quizás yo estaba equivocado y sí
podía ganar Capriles Radonski. Esos minutos de ilusión me ocasionaron
varias horas de profunda depresión y ceguera. No puedo imaginar como
están los que tienen meses creyendo que otro sería el presidente
electo en nuestro país.
Mi seguridad de que Chávez volvería a ser reelecto (por lo menos antes
de esos minutos en los que me permití creer en lo que mi corazón
anhelaba y no en lo que mi cabeza decía) no tiene que ver con mis
ideologías políticas. Sí, yo soy más de “izquierda” que de “derecha” y
prefiero un socialismo democrático como lo hay en varios países
europeos, que el capitalismo destructivo que no hace más que abrir la
brecha entre ricos y pobres. Pero Chávez no está montando ningún
socialismo en Venezuela. Si eso fuese cierto, los altos líderes
chavistas no serían dueños de algunos de los centros comerciales más
grandes de Venezuela, ni tendrían yates y autos último modelo ni
habría la corrupción que existe en mi patria.
Esa convicción de que Capriles no saldría electo tampoco tiene que ver
con mi cinismo habitual. Créanme cuando les digo que amo demasiado a
mi país (y sobre todo a la gente que conozco que aún vive ahí) como
para ser cínico en cuanto al futuro del mismo. Tampoco se debía a una
desconfianza en el sistema electoral o que creyera que Chávez haría
trampa. Para mí siempre estuvo claro que Hugo Chávez sería el
presidente reelecto, sólo que no podía decir esto antes de que pasara,
porque me iban a decir que no sabía de lo que hablaba.
Tristemente, Capriles no podía ganar porque, si bien es posiblemente
el presidente que Venezuela necesita, no es el que merece. En seguida
explicaré lo que quiero decir con esto.
Anoche, cuando se supo el resultado de las elecciones, unos amigos
puertorriqueños me preguntaron “¿si Chávez es tan malo, cómo es que
vuelve a ganar?” La respuesta es fácil, mas no simple ni obvia. Chávez
sigue siendo presidente porque cada pueblo tiene, el gobernante que
merece.
No, no digo esta frase a la ligera. Tampoco quiero decir que el 54% de
votantes a favor de Chávez tendrán su castigo merecido por sus
convicciones (o inseguridades) políticas. No. Cuando hablo del pueblo,
me refiero al que todavía no ha aprendido. “Un pueblo ignorante es
herramienta ciega de su propia destrucción” decía Simón Bolívar y
lamentablemente, todavía hay muchos ignorantes en ambos bandos,
Chavistas y opositores.
No quiero decir que ningún venezolano merece seguir siendo castigado
por la criminalidad impune y rampante, la inflación astronómica, la
escasez de alimentos y todos los males que plagan mi nación; y de
ningún modo me regocijo ante esto. Pero si hay mucho que le falta por
aprender a mi patria.
Para saber la razón por la que Hugo Chávez sigue siendo presidente,
primero debemos recordar por qué llegó a serlo en primera instancia.
Tristemente los pueblos tienen una memoria demasiado corta para
aprender de su pasado. Chávez no se convirtió en presidente por magia
o por trampa. Tampoco fue su fallido golpe de Estado lo que lo sentó
en la silla presidencial. Chávez fue electo presidente por una mayoría
sin precedentes en 1999.
¿Por qué? Simple. Durante los cuarenta años anteriores al Chavismo,
Venezuela vivió una época en la que los hegemónicos partidos políticos
Acción Democrática y COPEI se dedicaron a gobernar al país como si de
una empresa se tratase. Claro está, estos fueron los partidos que
habían acabado con la dictadura, por lo que merecían estar en el
poder. Claro está que habían dejado por fuera a los partidos de
izquierda porque, en aquel entonces, la guerra fría estaba de moda y
pues, todo lo que fuese rojo era demonizado. La dupla verde y blanco
eran los partidos políticos que merecía Venezuela, luego de una
dictadura tan terrible como la de Marcos Pérez Jiménez.
Pero, sumidos en el capitalismo más salvaje y el populismo más vil,
los “ADecos” y los “COPEyanos” se acordaban del pobre solamente cuando
de conseguir votos se trataba. En una nación con más de 80% de
pobreza, esta gente gobernaba para el 20% restante: los ricos y la
clase media, que todavía tenía un estilo de vida bastante acomodado.
Era la época de los viajes a Disney, de la ropa bonita, del walkman y
el reloj swatch, de las vacas gordas y la bonanza.
Mientras tanto, el pobre se conformaba con ver de lejos al rico y a la
clase media tener la vida con la que ellos sólo podían soñar. A
cambio, recibían calificativos como “mono”, “malandro”, “Niche”,
“marginal”, “tierruo” palabras despectivas que sólo tenían un
verdadero significado: inferior. Por si fuese poco, al pobre se le
acusaba de que “si era pobre, era porque no quería trabajar para salir
del hueco en el que estaba”. Esta falacia no sólo implicaba que el
pobre era vago y vivía en la calaña, sino que desconocía a aquellos
que, aún trabajando y partiéndose el lomo, seguían siendo pobres, o a
los millones que simplemente no conseguían un trabajo.
Tristemente comenzó a aumentar la criminalidad y esto empeoró el
panorama. Mucha gente culpa a Chávez de la inseguridad que vive
Venezuela hoy en día, pero la verdad es que ésta comenzó mucho antes
de 1999. A mí, mucho antes de Chávez, me amarraron en mi casa y se
llevaron todo. Me apuntaron con rifles semiautomáticos cuando
asaltaron la mansión de unos amigos donde me estaba quedando a dormir.
A mi mamá le abrían el carro cada dos meses. Yo caminaba con miedo en
la calle y sin poder usar un reloj en la muñeca, antes de que Chávez
fuese siquiera liberado de prisión.
Todo este ambiente de inseguridad venía acompañado de un prejuicio
gigantesco. Si uno veía un morenito vestido con ropa barata en la
calle, uno sospechaba de él porque “seguramente era un malandro o un
choro”.Si, lamentablemente este era un estereotipo basado en una
realidad, pero no dejaba de causar un distanciamiento aún mayor entre
las clases y, por lo tanto, más resentimiento de los pobres.
Cuando tenía 10 años (hace 21 años, 7 antes de Chávez), mientras
permanecía amarrado en el piso y se llevaban los aparatos electrónicos
de mi casa, un ladrón dijo en voz alta “me voy a llevar el Nintendo,
porque mi hermanito no tiene con que jugar”. En mi mente de niño sólo
pude percatarme de una cosa: “este hombre no nos hace esto porque sea
malo, sino porque nos tiene rabia”. Claro, yo era demasiado pequeño
para entender qué le había hecho yo para que me castigara llevándose
mi Nintendo, pero el sentir el resentimiento en su tono de voz, marcó
mi vida para siempre.
Ahora bien, como si se tratara de una olla de presión, el
resentimiento y el abandono por parte del gobierno, se fue mezclando y
convirtiendo en una bomba de tiempo. El “Caracazo”, los disturbios, la
criminalidad, dos intentonas de golpe de Estado, estos no son eventos
aislados que salieron de la nada. Eran demostraciones de un pueblo
descontento y desesperado. Todo esto fue un caldo de cultivo para que
apareciera un hombre, que sería visto como un héroe, un símbolo e
incluso un mesías.
Hugo Chávez era un hombre que no venía de la clase alta. Un soldado de
un pueblo pobre llamado Sabaneta, en el estado Barinas. Se presentó
ante ese 80% de la población y les habló a ellos. Hizo lo que nunca
antes nadie había hecho: hablar sobre ellos y para ellos. Su gobierno
sería para los pobres y castigaría a quienes los habían dejado en el
abandono y la miseria, mientras vivían bien. Era un premio para los
que habían sufrido por tanto tiempo, así como un castigo para los que
se habían hecho la vista larga. Era el gobernante que merecía
Venezuela.
Durante 14 años, Chávez ha mantenido un discurso de odio de clases,
acusando a todo quien se le opone de ser “oligarca” e “imperialista”,
recordándole a aquellos que lo siguen, que “él vino a hacer lo que
nadie había hecho antes”. Votar por sus opositores era volver a votar
por el “no pueblo”. Tristemente, la campaña le ha salido muy bien.
Ese 80% de la población, que por más de cuarenta años había estado en
la boca del gobierno, sólo cuando necesitaban votos, ahora está en
cada cadena de más de cuatro horas que hace su líder, en todos los
canales de televisión. Si el 99% de todo lo que Chávez dice es
mentira, aún así, es un 1% más de lo que por cuarenta años le habían
dado a esta gente.
Pero esto no es enteramente culpa de Chávez. Tratemos de pensar
fríamente y no dejemos que las pasiones nos embarguen. Además del
discurso chavista, las acciones de la oposición no han sido, por así
decirlo, las más brillantes para tratar de neutralizar el efecto del
discurso del presidente.
En primer lugar, los líderes de la oposición siempre han sido personas
de la clase media o alta, en segundo lugar, durante los dos días que
estuvieron en el poder, cometieron el error de disolver la Asamblea
Nacional y quedar como unos dictadores, durante los primeros años de
contienda política, subestimaron a Chávez llamándolo loco o bruto,
pero aún peor, ninguno se ocupó de intentar ganarse al pueblo. El
discurso opositor estaba dirigido al que ya estaba en contra de
Chávez, no al que estaba a favor. Una vez más, dejaban al pobre (y por
lo tanto a la mayoría) de por fuera. Sí, por supuesto que Capriles
hizo lo contrario. Por fin alguien se había dado cuenta de que esto
era un error y por lo tanto, se lanzó a la tarea de abrirle los ojos a
los chavistas, pero, después de 40 años de oligarquía y 14 años de
chavismo, no es tarea fácil convencer a los olvidados que “este
blanquito, hijo de ricos y clase media” no los va a abandonar una vez
que llegue al poder, como hicieron los anteriores a él. Esto no es una
tarea de 3 meses de campaña.
Pero no sólo los líderes de esta primera etapa de oposición son
culpables de mantener a Chávez en el poder. Los verdaderos culpables
siguen siendo el pueblo venezolano. Si ya por un lado tenemos que la
clase pobre cree ciegamente en Chávez porque representa al marginado,
la clase media y alta no ha ayudado en nada a sembrar dudas sobre
esto.
Los opositores no dejan de llamar “mono”, “malandro”, “ignorante”,
“bestia”, “bruto”, “animal” y cualquier otra cantidad de adjetivos
calificativos denigrantes a Hugo Chávez y a sus seguidores. Ayer,
cuando se supo el resultado, rápidamente se llenaron las redes
sociales de opositores insultando a los oficialistas. ¿Es esa la mejor
manera de demostrar que los que iban por Capriles querían un país en
paz y sin divisiones?
Por si fuese poco, no sólo siguen alimentando el resentimiento, sino
que, están tan convencidos de que son la mayoría, que no aceptan que
la mayoría del pueblo quiere a Chávez y que las razones, no sólo son
históricas, sino que son culpa de nosotros mismos. A la par de los
insultos, salieron miles de tweets, blogs y demás manifestaciones
online de las “pruebas de la trampa electoral” que llevó a Chávez a la
reelección. “Esto no puede ser, nosotros éramos más, se vio en las
marchas”. Señores, las marchas no son una votación. Una marcha puede
tener cientos de miles de personas, incluso un millón, pero fueron más
de 13 millones de votantes. En las marchas no había más de 6 millones.
Por supuesto que el triunfo de Chávez no es enteramente limpio. Sí, es
cierto que hubo una gran porción de votantes chinos, cubanos,
bolivianos, etc, traídos a Venezuela sólo para que votaran por él.
También es cierto que muchos electores fueron “obligados” o
“convencidos” a votar por el candidato presidente, ya sea por miedo o
porque les ofrecieron dinero. Pero esto no suma 7 millones de
habitantes. No nos ceguemos debido a nuestras pasiones. Sí,
afortunadamente se alcanzó un 46 % de votantes que no quieren a
Chávez. Durante 14 años ha ido sumándose gente a la oposición, gente
que se ha dado cuenta de que Chávez es un fraude y que, ese 1%
verdadero de lo que dice, no justifica los atropellos a la libertad,
el discurso de odio y violencia, la corrupción sin precedentes y todos
los males del Chavismo. Pero todavía no es suficiente y es nuestra
propia conducta hacia el oficialista, lo que no lo hace más fácil.
Para ganarle a Hugo Chávez, tiene que haber una verdadera revolución.
Un verdadero cambio. Tiene que existir un candidato del pueblo. Uno
con el que los marginados se puedan identificar. Uno que no represente
a la clase media y alta, sino a la baja. Que no hable bonito ni que
nombre a la virgencita y a la paz, mientras el contrincante habla de
batallas con la espada de Bolívar en mano.
Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que dejar de ver por
encima del hombro al chavista. Dejar de sentirse superiores, más
inteligentes, más dignos, con más clase y más patriotas. Sí, los
chavistas dicen que los opositores son apátridas y traidores, pero los
opositores dicen lo mismo y más de los oficialistas.
Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que dejar de culpar
a Chávez de todos los males del país, así como tienen que reconocer
que sí ha hecho cosas positivas. Ningún chavista le creerá el cuento a
ningún opositor que venga a decirle que la revolución no ha mejorado
en algo su vida.
Para ganarle a Hugo Chávez, todos los opositores tienen que aceptar y
admitir que existen pobres, que su realidad no es la misma que la de
nosotros y por lo tanto, sus necesidades tampoco son las mismas.
Todavía, hoy en día, a pesar de la inseguridad que sigue existiendo y
empeorando en Venezuela, a pesar de la inflación y el control de
cambio, todavía existen venezolanos que viven su vida totalmente
ajenos a la realidad que les rodea. Siguen viviendo a lo grande, en
sus fortalezas y yates, comprando todo lo que desean, preguntándose
cómo es posible que los chavistas sigan votando por quien quiere
hacerlos más pobres, sin darse cuenta de que muchos de ellos ya son
pobres.
Todavía hoy en día, muchos venezolanos siguen viviendo como reyes y
esperan que quienes no tienen nada, dejen de votar por el que les
promete que esto va a cambiar (aún si no es cierto).
Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que entender que hay
mucha gente con dinero que se está haciendo realmente millonaria con
éste régimen, y que se las van a arreglar para que esto no se termine.
Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que dejar de
encerrarse en su burbuja. Dejar de ver Globovisión solamente. Entender
que el mensaje de este canal es para el que ya está en contra de
Chávez, porque el chavista no ve Globovisión. Venezolana de Televisión
en este sentido es superior porque entiende y asume que el opositor no
ve el canal del Estado. Ellos no intentan convencer al opositor de
nada, sino mantener al chavista creyendo que su presidente es la única
salvación. Esto es lo que necesita el oficialismo para ganar. En
cambio, la oposición necesita ganar más seguidores, no mantener
contentos a los que ya tiene con el discurso antichavista.
Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que entender que el
socialismo no es una obra demoníaca; que no es ni bueno ni malo, sino
otra ideología política, que tiene muchísimas cosas que se pueden
implementar. Tienen que entender que el Capitalismo tampoco es bueno
ni malo, pero que ciertamente ha sido el causante de mucha pobreza e
injusticia. Tienen que comprender que la revolución bolivariana no es
un socialismo. Esto también lo tienen que aprender muchos
oficialistas, pero es menester de los opositores hacérselo entender y
para esto, primero lo deben entender ellos.
Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que entender que el
imperialismo del que habla Chávez no es un invento. Está basado en
cosas muy reales y por eso, la fobia que le ha sembrado en la cabeza a
sus seguidores es muy tangible.
Para ganarle a Hugo Chávez, los opositores tienen que venir con
humildad, sin creer que tienen la verdad de todo y que son mayoría
porque sí. Dejar de creer que son los que estan en lo cierto y
entender que toda historia tiene dos caras. Dejar de creer que ellos
son las víctimas de esta historia. Entender que el que ha estado
herido por mucho tiempo es el chavista y que es este quien necesita
que le pidan disculpas. Ni con arrogancia ni con superioridad van a
lograr convencerlo de que no volverán a marginarlo.
En pocas palabras, para vencer a Chávez, hay que superarnos a nosotros
mismos y cambiar todos.Nos quejamos del discurso de odio de Chávez
pero somos nosotros quienes lo alimentamos y le damos fuerza. El
cambio tiene que venir de todos. Venezuela es el país en el que nadie
asume responsabilidades. Siempre la culpa es de otro, pero nosotros
mismos somos incapaces de cumplir la ley. Nos quejamos de que los
policías son unos matraqueros corruptos, pero ninguno de nosotros
cumple las leyes de tránsito a cabalidad. No existen límites de
velocidad, el hombrillo es otro canal más en la autopista. Nos
quejamos de la corrupción burocrática, pero si podemos pagar un poco
más para conseguir lo que queremos más rápido, somos parte del
problema. Así mismo, es necesario comenzar a aceptar que si Chávez
está en el poder, es porque todos nosotros hemos contribuido a esto.
Cada Pueblo tiene el Gobernante que merece”.

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José Hernández  30 de abril 2018, lunes #PeriscopioVenezuela buen dia

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