Paradigma              Manuel Avila      Aguanten su pela

 La pela que le está propinando el Gobierno a la sociedad venezolana es parte de la tragedia de un pueblo noble, que vive las inclemencias de un país acorralado por sus propios vómitos.

De nada han valido los cantos de sirena, que hablan de la transformación de una sociedad de poetas muertos. Venezuela llora, el país se resiente y tropieza con las osamentas de muertes a granel.

Cuando Venezuela se resiente por tener una hiperinflación mortal, anunciada para diciembre por el orden de los 44 mil % es parte de una locura existencial, que mantiene en ascuas a una sociedad enferma de pasión por la patria.

Pero lo que no se entiende es cómo la gente sigue aplaudiendo las locuras del sistema, y se encierra en un tormento de ideas alocadas, que tropiezan cada día con una inflación mortal que dejó boquiabiertos a los venezolanos.

Entramos en el túnel de la locura crítica de una sociedad que se muerde, y se enreda la cola, viendo de cerca una escasez que desbarató las ilusiones de un pueblo, que cometió el error histórico de saltar la cuerda democrática, para dar paso a una ilusión que le carcome el alma a todo el país.

Pero la pela se vino sobre los ciudadanos de manera repentina, para convertirlos en mutantes que ruedan por las calles en busca de la salvación humana.

Esas son las vainas de una sociedad que se encierra en sus propios desmanes y atraviesa el desierto en puntillas de pie, saltando alacranes y arenales de espejismos fabulados.

Pero la pela sigue en las calles, con disputas bárbaras en las colas de los supermercados, que muestran la cara de un matadero tropical, donde los zamuros y los carniceros se pelean a dentelladas, las vísceras de una sociedad enferma de miseria colectiva.

No contar con centros dispensadores de alimentos, que surtan a la población venezolana es por falta del control gubernamental, de una sociedad atrapada en sus propias alucinaciones de fieras heridas.

Ya no ondean las banderolas rojas por ninguna parte y nadie se atreve a hablar de la revolución, porque a pesar de las confusiones ideológicas continúa dando tumbos una sociedad atrofiada, por sus fallas de funcionabilidad.

No es con  aumentos indiscriminados y con los remedios socio-ideológicos como se hará la reingeniería de un equipo gubernamental que se pierde en la catacumbas de las promesas y solo aumenta en palabras huecas los espejismos de la nada.

Por ninguna parte brotan soluciones a una crisis descomunal que se llevó en sus ancas la Venezuela Bolivariana hasta convertirla en la cenicienta del continente, detrás de países considerados subterráneos en el concierto latinoamericano.

De nada valieron los mensajes de las lechuzas del juicio final,para emparejar la felicidad de un pueblo que cayó en desgracia, por los errores de instrumentación de un modelo económico, que no se ha orientado por los caminos de la bonanza.

Esa realidad se vino contra los propios ciudadanos, para arroparlos en su propia cúpula de fantasías. Por ninguna parte se escuchó el clamor del pueblo que no dudó de su pasión política para defender a la parcialidad política del momento.

Con esa carga burocrática que se tiró encima el Estado venezolano con el pago a miles de ciudadanos que jamás laboraron en la administración pública, se le enredó el papagayo a un gobierno hipotecado con los chinos, los rusos y los cubanos.

Y si a eso le agregamos que el señor Chávez repartió a manos llenas el patrimonio nacional a todas las naciones del Continente, para resolver crisis económicas monumentales, que no correspondían a los venezolanos solucionar.

En ese carril de la historia se anotó un gobierno venezolano que se auto nombró protector del mundo, sin tener los galones para asumir compromisos económicos que no eran de su competencia.

Esa es la realidad de un pueblo que cambió la felicidad de la democracia, que con sus baches e imperfecciones mantuvo a este pueblo por años con los mercados cargados de alimentos, con sus banca funcionando a todo ritmo, a sus hospitales con limitaciones, pero con quirófanos activos, médicos especialistas y un personal, que podía vivir con el salario mínimo que ganaba.

Pero con la  revolución se vino sobre Venezuela una ola de ilusiones que terminaron convirtiendo la empresa petrolera en ruinas y flojera. Esa es una verdad que se cuela por las alambradas de los cerros de Caracas y por las barriadas pobres de nuestro país, donde las madres lloran a sus muertos, porque la inseguridad se convirtió en el principal problema nacional.

Con los cubanos se apareció en la Venezuela bolivariana una ola de protuberancias sociales, que no dejó libre el pensamiento nacional más nunca y todas las plagas se volcaron sobre una sociedad muerta de ruina moral y donde se cuelan enfermedades tropicales, que habían sido  erradicas de la República por el trabajo de los galenos de la vieja patria.

Pero creer que en Venezuela todo cambió con el arribó de la revolución, se equivocó porque desde la revolución nos llenaron de fantasías y sueños increíbles que se reflejaron en los espejos de un proceso fracasado, por haberse pegado a un modelo obsoleto que solo vendió periódicos cubanos cargados de tinta pútrida y de una ideología equivocada.

Esa es nuestra realidad, que desde el 98 se vino coleada entre pólvora y sangre, para quedar patentada en una estatua colgada en Margarita en las cercanías del Hilton y donde el galáctico hizo una señal hacia el cielo para reflejar la fuerza de un telurismo comunista.

Así estamos en la Venezuela bolivariana, pasando aceite como dijo Manuel Jiménez en  una metáfora de los incierto para referirse a la muerte económica del país.

Así estamos y así seguimos esperando un cambio de dirección para hacer la reingeniería que le devuelva la felicidad a la nación, pues un pueblo con tantos lunares en su calidad de vida no aguantará tanto tiempo esa ola de improvisaciones y de locuras colectivas.

Manuel Avila

@enciclica

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