Paradigma         Manuel Avila      Ciudad ultrajada

 

Cuando en el Gobierno Municipal de Luís Díaz se empezó a vulnerar el patrimonio histórico y cultural de Arismendi se inició el calvario que debía sufrir la capital de Margarita en tiempos de revolución.

Ante los ojos de los asuntinos se ultrajó a la Ciudad al destruir el Paseo “Vargas Machuca” símbolo en honor al arquitecto de la Ciudad, se pintaron con sapolín verde todos los bustos de la capital y nadie dijo nada, y para remate se cambiaron los nombres de las principales calles de La Asunción. Al parecer era una orden presidencial, que obligó a las autoridades regionales y municipales a callar ante tal ultraje histórico.

En ese momento esperé la salida de muchos críticos  y no apareció nadie. Eso me inquietaba como “Hijo Adoptivo de Arismendi”, y me dediqué a investigar por qué “el silencio de los asuntinos”.

Apenas si Richard Fermín en aquel momento concejal, me dijo que en la Asunción no había silencio alguno y le contradije su tesis, porque no se escuchó ni un tumbarancho en la plaza Bolívar de La Asunción.

Se dejó una huella del silencio asuntino porque ni siquiera los bocazas como Leopoldo Espinoza, “un erudito revolucionario” articuló un solo verbo para rebatir el ultraje y devastación de la Ciudad. Pensé que era cómplice de tal aberración, contra la historia y nadie más, ni uno solo fue capaz de levantar su voz contra el fusilamiento de la “Ciudad del Silencio”.

Le dije a Richard Fermín en ese momento que el calificativo de “Ciudad del Silencio” estaba bien puesto, porque que nadie haya opinado con tantos opinadores profesionales, escritores, analistas, funcionarios públicos, ex alcaldes, ex diputados y profanadores de su historia.

Esa pelea había que darla y nadie salió al ruedo por miedo al poder revolucionario, a sus intereses y otros por no querer pegar los cauchos de la acera como siempre. Se quedaron los asuntinos con sus bustos pintados de verde, un error de la historia que solventó el Alcalde Fermín cuando recuperó la silla municipal, pero los nombres de las calles se perdieron, y el Paseo “Vargas Machuca” terminó borrado del mapa y el busto del arquitecto terminó en un depósito de cachivaches de Arismendi.

Esa es una triste historia que se vivió en Margarita y que semeja aquella obra “ídolos Rotos” de Manuel Díaz Rodríguez, donde el personaje Alberto Soria deja simboliza en la idea de imponer en Venezuela sus ideales de artista en medio de la imagen de la decadencia total del país.

Y es el mismo caso de la Venezuela revolucionaria, que refleja la destrucción de un país que se sumergió en aguas de la revolución para terminar vuelto trizas en su historia, su cultura, su sociedad y su esencia venezolanista.

No hay grandes diferencia entre la devastación del país para 1901 que la tragedia que vive la Venezuela del 2018. Pero los ciudadanos de La Asunción permitieron que le destruyeran su Ciudad, sin quejarse por la devastación y ultraje de sus espacios históricos que parecieran diseñados para no dejar rastros de las huellas históricas del coraje de nuestros libertadores.

Ni un cohete lanzó nadie y fui testigo de tanta barbarie contra la Ciudad, en aquel momento y miren que me tocó escuchar discursos encendidos de margariteños ejemplares, y de asuntinos de raigambre citadina, que lanzaron espumarajos por la boca en sus piezas discursivas de antología.

Pero “del dicho al hecho hay mucho trecho”, dice el refrán y aquellos héroes con “tabaco en la vejiga” y con voces de tenores de la palabra, se perdieron en el limbo por tener temor a represalias de parte del gobierno revolucionario.

Ahora cuando viene un nuevo ataque contra la historia de nuestros pueblos, sigue el silencio de muchos que dicen sentir la esencia insular, que se declaran herederos de Arismendi, Mariño y hasta familia de Fajardo, Petronila Mata y Luisa Cáceres de Arismendi.

Pero el coraje que simboliza el Escudo de Armas se diluyó entre las faldas de Matasiete y el Parque Nacional “La Sierra”, pues salvó las voces del concejal Acevedo y de Basilio, en nombre de la Sociedad Progreso y la voz lejana de Richard Fermín en el exilio Chicagüense, a más nadie se le ha ocurrido salir al paso, a las respuesta inoportuna del Alcalde Alí Romero, de ofrecer una recompensa por la captura de los delincuentes del Escudo de Armas.

A lo mejor asesorado por su Director de Cultura, gran lector de las novelitas de Marcial La Fuente Estefanía, lanzó el burgomaestre asuntino el globo de ensayo de la recompensa como si estuviéramos en el medio oeste de las lecturas del bachiller asuntino.

No creo que el burgomaestre de Arismendi que no sabe lo que es un pandelaño,  haya pensado tanto para que se le explotara una neurona en el intento, pues con ese colosal robo de 250 kg de bronce y el hurto del coraje de los margariteños, se empaña un gestión a la cual le roban en su narices la propia insignia del coraje de nuestros libertadores.

Esa es otra prueba de la barbarie que llegó a Margarita hace buen rato, al condenar el gobierno revolucionario a nuestra población a estar indefensa y sin la seguridad que se merece un  pueblo laborioso como el asuntino.

Y ese incidente histórico ocurrió en el mismo momento de la llegada del Ministro Graterol, que había venido hacía poco tiempo a inaugurar la Policía Turística de Arismendi y más reciente a traer 3 carritos patrullas, para aliñar la declaración que en Nueva Esparta bajaron los índices del delito a cero por ciento.

¡Qué desfachatez de una declaración fuera de foco cuando se roban el símbolo histórico del coraje insular ante las propias narices de los jeques de la revolución! y lo que es peor “La Ciudad del Silencio” duerme eternamente hipnotizada, sin que su élite intelectual diga “ni pío” para repudiar esta blasfemia contra la historia y la cultura.

Así continúa La Ciudad del Silencio su rosario de calamidades, mientras la gente reza, come pan de leche y ven pasar las procesiones cada año por las calles de su pueblo. No solo de poesía viven los pueblos, sino de la defensa de sus íconos históricos y culturales, pues en otros tiempos hubiesen salido Luís Beltrán Prieto, Augusto Fermín, Cirio y tantos otros ciudadanos en serie, a batallar por la defensa de la asuntinidad, pero ahora las cosas cambiaron con los aires de revolución y nadie quiere pegar los cauchos de la acera y es mejor hacerse los tontos, para que se lleve la corriente los aires de grilletes y bolas de hierro en los tobillos.

Pero esa es la historia grande de los pueblos y losa defensores de la ciudad tienen la palabra para defender su historia, su cultura y su pueblo.

Manuel Avila

@enciclica

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