Paradigma      Manuel Avila    Los gritos del silencio

Los textos pesimistas volvieron a florecer en la Venezuela bolivariana, como consecuencia de las pésimas políticas de un gobierno inútil que no resuelve nada. Sino que aumenta los niveles de la crisis con más inflación, escasez, falta de medicamentos, cierre de hospitales colapsados y  del maltrato contra el ser humano.

Se nos vino encima la crisis, para propiciar la peor ruina económica y social del país. Nunca creyeron los que apostaron a la ola emocional del “galáctico”, que llegaríamos al punto de la quiebra moral y económica, de un país tan próspero.

Pero esa catástrofe que estaba anunciada por el pésimo manejo de los recursos del Estado, por parte de elementos sin credenciales para manejar tanto dinero, y que terminaron con las busacas llenas… pero dejaron al país en ruinas.

No les importó a los jeques del poder, que colapsaran todos los servicios públicos de un solo soplido, y ahí tenemos en las propias narices la catástrofe de Corpoelec, Cantv, Hidrocaribe, gas, cierre de hospitales, cierre de clínicas, escasez, retardo de claps, inseguridad y una oscuridad total, en toda la nación.

A eso hay que agregar el cierre de medios de comunicación llámese emisoras, televisoras y periódicos, porque los revolucionarios se llevaron por el medio hasta a sus aliados históricos, sin ton, ni son.

Esa es la triste realidad en un país que dejó atrás la bonanza petrolera, para entrar por la puerta de la ruina nacional. El populismo ramplón se posesionó del alma nacional hasta llevar a los desclasados de la revolución a vivir de bonos, pensiones y migajas del erario público.

Esa es la ley de la selva en un país donde la ignorancia tiró su razón, para quedarse reinando entre ciudadanos sin oficio, que solo viven esperando los días de pago de bonificaciones, para poder comprar un kg de pasta, un paquete de arroz o un paquete de harina. Esa es la realidad  de una nación, atrapada en sus propios bazares de la ignorancia, y donde cada ser humano lucha por mantenerse vivo, en medio de la oscuridad y el caos.

Ver a los venezolanos hurgando entre la  basura, es parte de la locura de un gobierno atrapado en sus propios vómitos y caminando de espaldas a la realidad, pues es evidente que caímos bien profundo en el pozo de la ruina y de país petrolero rico, volvimos a las catacumbas de la miseria nacional.

De aquellos cuentos de caminos, que mantenían la ilusión de los venezolanos que creyeron en esos vengadores, que venían  a entregar las riquezas petroleras a los ciudadanos… solo quedan fantasías de la nada.

¡No volverán a mentir a los ignorantes! porque ya todas las mentiras pasaron las pruebas de la estafa, y los salarios de miseria son los trofeos de guerra, que exhiben los radicales del proceso, como estandartes de la muerte.

Esa ruina social que se envalentonó para defender el régimen en  otros momentos, es parte de la tragedia de un país atrapado en sus propios estertores de cigarrones heridos. Ya nadie grita consignas de luchas revolucionarias y se le está acabando la gasolina a los perifoneadores de oficio, que gritaban en las plazas del país y defendían la revolución con el alma.

Aquí está privando la sensatez de un ciudadano que pasó las prueba de las misiones, de los bonos y la mendicidad revolucionaria para reclamar calidad de vida, y ese derecho humano de mantenerse sano para continuar en la lucha por la sobrevivencia.

Pretender continuar esa serie repetida de héroes y vengadores, que nunca le  presentaron a la gente aquel proyecto del “Hombre nuevo” es parte de las calamidades de una revolución, que se muere a menguas entre mentiras y compromisos con la clase militar.

Pero se acabó la historia de engañifas y cofradías políticas que terminaron secuestrando por 20 años a una nación que vivió de la mentira y la fábula revolucionaria.

Por esa razón la gente que creyó en el Comandante recuerda con odios mellizales aquellas historietas que  mostró al vengador de los pobres con el hacha de la guerra y el traje de verdugo del proceso a una figura difuminada, que se fue al otro plano dejando a los venezolanos en la peor crisis de su historia.

Ya no hay más oxígeno para una clase política que fracasó al no poder resolver los problemas de los venezolanos, sino que sepultó los sueños de los venezolanos  a gran profundidad.

La ruina nacional tiene nombre y apellido cuando los ciudadanos sufren las inclemencias del hambre, como consecuencia del error histórico de matar la productividad, de cerrar las industrias y de expropiar a los verdaderos generadores del progreso nacional.

Con razón la diáspora nacional puso más de 4 millones de venezolanos en otras naciones en busca de niveles de sobrevivencia y ese error de la historia, que explotó en las narices de los hombres del gobierno deja sin sus mejores valores a una sociedad desarraigada por la crisis.

No quiere ver el gobierno sus errores y esa será su perdición más tarde que nunca, pues de las sociedades dormidas se esperan respuestas contundentes, que terminan derribando muros y cambiando el curso de los ríos.

Por ahí andan las chiniguas del juicio final llorando lágrimas de sangre, cuando la revolución traicionó a sus propios alcahuetes, a quienes creyeron que cosecharían productos en abundancia en algún momento y terminaron con sus empresas atascadas en la calamitosa situación del cierre.

Por ese motivo los ciudadanos con sus ideas libertarias en sus hombros se preparan para la lucha de las ideas que le devuelvan la felicidad a una nación, que hasta hace poco tiempo era la reina de la democracia continental.

Pasamos al último lugar del ranking internacional de la inflación y portamos las banderas de la quiebra de un país, que en tan poco tiempo terminó vuelto polvo y paja.

Seguimos arreando el tiempo y soñando con el hombre nuevo que no nació en el Socialismo del Siglo XXI y condenó a la ciudadanía a sus peores tiempos, pues esta Venezuela que cruje en medio de la tormenta es parte de las falsas promesas de una ideología que se alió con Fidel Castro para diseñar la peor crisis de la historia nacional.

Esa es la razón por la cual los venezolanos andan a la desbandada, buscando nortes en otras naciones y prestando su talento para el desarrollo y el progreso de los pueblos del mundo.

El caos llegó muy pronto con sus bonos de la ruina y con la mendicidad como sustento de estos espacios de la ignorancia nacional, pues es evidente que la sociedad se resintió de tantas lágrimas derramas en noches de vigilia, cuando hasta el pescador perdió sus esperanzas en  la formación del hombre nuevo que nunca nació.

Atrás quedaron las ideas castradas por vendedores de baratijas, que creyeron en la revolución y aun cuando se mofaron de los verbos y de los sustantivos quedaron sepultados en el lodazal como carretas sin fuerzas para salir de la crisis.

No bastaron los cantos de sirena, los bloqueos de las ideas aleccionadoras y los gritos de muerte que muchos encumbrados empresarios lanzaron desde la montañas de la quiebra moral para frenar el avance de un ciudadano empeñado en cambiar esto para siempre.

Manuel Avila

@enciclica

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