Paradigma       Manuel Avila     Ya estamos en el infierno

 

 Salió Pedro del Sambil a las 5 pm del domingo. Había ido a encontrarse con unos amigos y decidió caminar por esa vía, mientras conseguía como trasladarse a Agua de Vaca. De la maleza de la Urbanización Maneiro salió un tipo blandiendo un  filoso cuchillo y lo sometió hasta llevarlo monte adentro.

Le quito su celular, la cartera. Le ordenó que le entregara sus zapatos. Cuando el tipo se descuidó Pedro pegó una carrera,  con tan mala suerte que se fue de bruces. Había dicho recientemente en una reunión de amigos que si lo atracaban, para robarle sus zapatos se jugaría la vida.

Eso hizo, pero falló en el intento, porque el delincuente lo atrapó de nuevo. Le hizo quitarse los zapatos y le ordenó que se quitara la ropa. Lo obligó a desnudarse como un sádico que humilla a sus presos. Así quedó como Dios lo trajo al mundo, y luego lo amarró con la trenza de los zapatos y con unas cabuyas que el malandro tenía en el bolsillo.

Pedro le decía al tipo que por qué le hacía esa maldad y eso produjo la ira del delincuente que lo ató más duro  con las manos arriba como un experto en nudos. En ese instante le dijo Pedro al malandro “¡Te va a caer una maldición por esto que me estás haciendo!” y le respondió el desalmado “¡Es que ya estamos en el infierno!”

Cuando vemos que ocurren estos acontecimientos en el mismísimo Municipio Maneiro, Municipio ideal. nos preguntamos, qué dejaremos para Díaz, Macanao, García, Macanao, Marcano, Antolín y Villalba.

La inseguridad es una calamidad que se viene tragando a los margariteños y a los ciudadanos de este país en general. Todavía Dante “El Protector” no se dado cuenta que no hay seguridad en el estado y solo está pendiente de las bolsas Clap y de aglutinar todas las fuerzas, para seguir con Maduro en la Presidencia. Ese es su objetivo, pero la seguridad de los ciudadanos de Nueva Esparta, no le duele a nadie.

Eran las 5 de la tarde apenas las 5 pm cuando Pedro salió confiado del Sambil y se lanzó a caminar por no tener efectivo para pagar un autobús o una carrera. Esas son las vainas que obligan a la gente a correr riesgos porque en “este infierno de Dante”, con el poder de los cuerpos policiales en manos de un gobierno que no gobierna, estamos atrapados en territorio de la delincuencia.

Nadie escuchó los gritos de Pedro que quedó amarrado de manos y piernas. Los tobillos, las muñecas fueron atadas de manera magistral y una media en la boca le impedía gritar para que lo salvaran.

Como pudo, Pedro empezó a medio pararse, a gatear como pudo y se arrastró hasta llegar a la orilla de la carretera. Se rompió todas las rodillas y las manos al caer sobre una mata de yaque por acción de sus grandes espinas y se ensangrentó todo porque tenía la palma de las manos y todo su cuerpo lleno de espinas por todos lados.

Gritó tanto que se le desgarró la garganta pidiendo ayuda y lo escucharon dos vigilantes del Sambil que acudieron en su auxilio. Pedro le pidió a los funcionarios que le cortaran las trenzas y no supieron hacerlo, por incapaces.

No le soltaron las manos que estaban inflamadas. Y lo dejaron sufrir un rato más. Solo se les ocurrió llamar a la policía, para que atendieran el caso y fue a los policías de Maneiro a quienes se les ocurrió la brillante idea de romper una botella, para soltarle las manos y las piernas a Pedro. Pero que torpes los vigilantes del Sambil, que no disponen ni de un corta uñas para liberar a ciudadano, que padecía los maltratos de uno de esos locos que aman el infierno.

Los policías le dijeron a Pedro que como ya había anochecido no podían adentrase en el monte a buscar los zapatos y que sería mañana cuando investigarían los hechos. Eso es normal en este país, donde al ciudadano nadie le para bolas. Qué triste esta realidad que me obliga a contar lo que ocurre todos los días y nadie saca a la luz pública las calamidades de nuestros pueblos.

Esta misma semana a José lo encañonaron frente al Banco Caroní de Los Robles, en el Sector Peñas Blancas y le quitaron frente a los comensales de una venta de empanadas de Los Robles,  el anillo, el celular y el bolso con sus documentos.

Eran dos delincuentes en moto, con un parrillero como protagonista que se vinieron a Los Robles a hacer de las suyas a plena luz del Sol frente a un banco, cerca de la Estación Los Robles y a 50 metros del Centro Comercial “La Redoma” y lo peor es que, irónicamente ahí está una casilla que dice “Atención al Ciudadano”.

Esa misma semana a Leydo lo asfixiaron en “El Espinal” del Municipio Díaz, los mismos amigos que compartían con él cada día, en su taller de electrodomésticos. Los vecinitos lo abordaron a las 2 pm y lo asfixiaron, para que no los identificara. Esa calamidad de un país enfermo, donde se perdieron los  valores y hasta los amigos montan trampas para asesinar a los propios vecinos.

Con estos tres casos aislados dibujamos el caldo de cultivo de una región que está en manos de la delincuencia y nadie hace nada por enmendar el capote, a tanta desidia gubernamental. Para eso le negaron el control policial al Gobernador Alfredo Díaz, para dejar a los insulares sin protección policial y salvo 4 o cinco alcabalas, que pone la GNB en algunas vías de la isla, aquí estamos a la buena de Dios y con la oración de los santos para poder mantener la vida en tierra de nadie.

¿A cuántos ciudadanos atracan cada día, a cuántos le roban sus carros, sus casas y sus pertenencias y nadie hace nada por denunciar la impunidad, la falta de protección y una seguridad que no existe por ninguna parte?

Lo que es peor, vemos un policía, GNB o PTJ cada dos meses, si tenemos suerte. El ciudadano anda desamparado y los policías solo cuidan a los dueños de negocios, llámese licorería, tienda, panadería o carnicería. Al ciudadano nadie le garantiza su seguridad y de aquel principio constitucional que habla de la seguridad, solo queda letra muerta de adorno.

Por eso, decir que la crisis económica y social del país es un caldo de cultivo para la delincuencia, no es una aventura, ¡Es una verdad superlativa! que nos obliga a resguardarnos bien temprano, a no hacer vida nocturna y a encomendarnos a Dios cada noche, para que la delincuencia pase de largo frente a nuestras casas.

¡Qué Dios nos encuentre confesados! y que no seamos Pedro, José o Leydo en cada uno de esos episodios de esa delincuencia desbordada en tierra de nadie y lo que le permite a los pillos decir “Ya estamos en el infierno”.

Lo peor es que nadie hace nada por salvarnos y todavía a estas alturas escuchamos a Maduro, queriendo ser presidente de nuevo cuando en “el Infierno de Dante” pasa de todo.

Manuel Avila

@enciclica

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