Prodavinci Rafael Cadenas ¿Quién va a creer hoy en caudillos, héroes, salvadores?

Eros-y-Psique(Prodavinci/Rafael Cadenas | 20 de abril, 2016) María Ramírez Ribes: ¿Crees que el amor está desprestigiado en nuestra época?
Tú sabes que no soy muy dado a usar esa palabra porque se ha abusado mucho de ella, lo cual ha traído su desvalorización. Se suele emplear con tanta ligereza, sin precisar su significado, que cada vez se vuelve más nebuloso. Lo mismo ocurre con otras grandes palabras. Yo invitaría a quienes la traen siempre en la boca a que se inspeccionen bien, pues es fácil caer en el autoengaño. Me parece que los seres humanos no poseen la capacidad amorosa que creen o desearían tener. Está limitada por el propio interés. Hay pues que contentarse con que en ellos haya consideración, respeto y afecto hacia el prójimo. Ya esto es bastante y sirve de contrapeso al odio. Son raros los que se entregan. Tal vez sería más sano, en vez de hablar mucho de amor, observar la violencia de que somos capaces. Ciñéndome a tu pregunta, creo que el amor no puede sufrir desprestigio porque está más allá de nuestras calificaciones, pero la palabra amor sí, de tan traída y llevada sin hondura.

¿Qué papel juega Eros en el mundo actual?
Yo comparto el planteamiento de Adolf Guggenbühl, analista junguiano. En su libro Eros en muletas (Eros on crutches), que por su importancia debería estar en español, trata el fenómeno de la psicopatía, tan extendido hoy en el mundo. El psicópata, según Guggenbühl, es una especie muy particular de inválido: en él no existe Eros, no funciona este arquetipo, al que le asigna por cierto un significado muy amplio. Eros puede manifestarse en innumerables formas, en cualquier afición, aun en la más sencilla. La presencia de Eros en la vida de una persona significa salud psicológica, ese es su papel. El autor también quiere, y esto es muy importante, que el lector, aunque no sea psicópata, vea su dosis de psicopatía, lo que no es fácil porque afecta su imagen.

¿Dónde reside el espacio de lo sagrado hoy?
En todas partes porque todo está envuelto por el misterio. Fíjate en lo que pasa. La gente va a los templos de las distintas religiones y casi siempre sale tal como entró, no ha ocurrido nada importante. Las religiones parecen condenadas a perder su sentido originario e ir convirtiéndose en cáscaras secas. Mira lo que sucede en la India, país tenido por dechado espiritual –eso siempre lo he dudado, aunque me interesa el hinduismo clásico y el budismo– y en Pakistán donde la gente reza a cada rato. Ambas naciones están eufóricas con el letal juguete que lograron construir, no sin ayuda de las naciones desarrolladas, que las condenan hipócritamente, no sé con qué autoridad. Es que la imbecilidad humana no tiene límites. Mira lo que está pasando en Irlanda; a estas alturas protestantes y católicos todavía se detestan, no pueden desprenderse de un odio ridículo puesto que ambos son o se consideran cristianos. Lo mismo ocurre entre judíos y mahometanos. Es decir, no ha habido cambio interno. ¿Cuándo cesará toda esta estupidez, esta insania religiosa o pseudorreligiosa, este fanatismo que es la negación de lo verdaderamente religioso?

En tu libro En torno al lenguaje, por ejemplo, o en Realidad y literatura, tú te has ocupado mucho del papel que juega la palabra como encubridora y como develadora. ¿Podrías darme algún ejemplo de un autor o de un texto en donde la palabra ayude a develar y otro en donde más bien encubra la realidad?
Hay muchas formas de encubrir la realidad mediante el uso deshonesto de las palabras. Por ejemplo, cuando se emplean sin exactitud o para mentir o con el fin de obtener algún provecho. Esto, me doy cuenta justamente ahora, tiene que ver con la psicopatía, que suele manifestarse mucho en el habla. Una forma de vestir la realidad que se ha ido extendiendo bastante es el eufemismo. Se cree que él puede transformarla o disfrazarla mágicamente. Lo «políticamente correcto», invento norteamericano, ha exacerbado su uso. Hay eufemismos que ya entraron en el lenguaje habitual volviéndolo ridículamente empalagoso, alejándolo de la verdad, como el de llamar invidente al ciego o gente de la tercera edad a la que ha entrado en la vejez o solución habitacional a una simple casa o apartamento; pero a Borges nunca se le hubiera ocurrido llamarse invidente, sólo es real la edad que se tiene y ninguna solución puede ser habitacional. Este tema ha sido muy bien tratado por Robert Hughes en su libro La cultura de la queja editado en Anagrama.

Memorial, hasta un cierto punto, agrupa la temática y las expresiones que han caracterizado tu obra. Ahí está también la plenitud de esa vida que “aprende a no pedir nada” y que “vuelve novedad lo que toca, como mano de niño”. ¿Cómo llegar a «tener ojos, no puntos de vista»? ¿Lo has logrado tú?
Creo que sí y no es nada del otro mundo, pero la frase no es mía, sino del personaje de Castaneda, cosa que descubrí después; por eso está en bastardillas. Significa, a mi parecer, no que prescindamos de los puntos de vista, siempre los habrá, sino que estemos dispuestos a abandonarlos cuando lo imponga la realidad, cuando la veamos. Lo importante es no aferrarnos a nuestros pareceres cuando nuestros ojos nos dicen otra cosa. Hay gente de opiniones inamovibles que además tiende a defenderlas autoritariamente. Constituye el mejor suelo para los fanatismos de toda laya. El punto de vista puede ser móvil, pero, ojo: esto no tiene nada que ver con el oportunismo. Es triste, y más si se ufana de ello, que una persona piense a los sesenta años como pensaba a los veinte. Eso es anquilosamiento, no fidelidad; quiere decir que no ha habido mutación.

Al ser humano como le aterra soltar su lastre –prejuicios, creencias, doctrinas–; teme quedarse en el vacío, sin nada, cuando en realidad le queda nada menos que la vida tal cual en toda su desnudez y mucha más libertad para pensar, porque con toda la pesada carga que lleva y conlleva no puede hacerlo con lucidez. Ha de despojarse de ella para estar abierto.

En este mundo posmoderno que todo lo cuestiona y todo lo tolera, ¿cómo establecer la línea entre la realidad y la ficción?
Ojalá fuera así, pero es sólo una minoría la que cuestiona, aunque la tolerancia sí se ha ampliado bastante. La mayoría sigue prisionera de su propio bagaje incuestionado. Son pocos comparativamente los que reflexionan sobre sí mismos y menos aún los que lo hacen con imparcialidad porque el ego, que es siempre parcial, lo impide. Verse tal como se es me parece una revolución, que puede traer un cambio de mentalidad, pues viene de adentro, no le quita prestado a nadie, es pura observación.

¿Quién va a creer hoy en caudillos, héroes, salvadores? Basta echarle una ojeada a la historia para recordar que les salen muy caros a los pueblos. El costo en vidas humanas que acarrean es inmenso, y ninguna idea vale más que una de ellas. Para transformar un país no es necesaria la violencia.

Eso se hace con educación, con desprendimiento, con visión, mediante reformas, pero ¿qué ocurre?, que a la mayoría de los políticos los mueve el ego, no el alma, y al emplear esta palabra me refiero a sentires hondos. Algo parecido pasa con las naciones: cada una piensa en su interés y no en el planeta, que está amenazado precisamente por el egotismo nacional.

A los dirigentes de este país que tengan sensibilidad les recomiendo el libro Discursos políticos de Václav Havel, en la serie Austral. Voy a citarte algunas de sus palabras: «Sin una renovación global en la esfera de la conciencia, nada cambiará en el ámbito de la existencia del hombre, y la marcha de ese mundo hacia la catástrofe ecológica, social, demográfica, o de la civilización en su totalidad, será irreversible… Estamos muy lejos de la ‘familia del hombre’, incluso, más bien nos vamos alejando que acercando a ese ideal. Los intereses personales, egoístas, estatales, nacionales, de grupo y, si quieren, comerciales continúan predominando de un modo alarmante sobre los intereses realmente generales y globales. Seguimos sujetos a la impresión nociva y totalmente altanera de que el hombre es la cumbre de la creación y no sólo una parte de ella, y que todo le está permitido… Seguimos destruyendo el planeta que nos ha sido confiado y su entorno… En otras palabras, continuamos siendo incapaces de sobreponer la moral a la política, la economía y la ciencia» Esta es una pequeña muestra del pensamiento de Havel. Él es el único político del que he leído una reflexión sobre el poder, el único que habla del alma, el único que escribe sobre sí mismo de manera implacablemente descarnada. ¿No podríamos importarlo?

En Realidad y literatura retomando a Keats tú relacionas esa atención cuya fuerza hace callar el pensamiento con la palabra amor que, dices, “no puede brotar sin que antes se hayan derrumbado las barreras del yo”. ¿Podrías ampliar esta afirmación?
El yo es un impedimento, pero no tendría sentido luchar contra él, pues ¿quién llevaría a cabo esa lucha? Sería el mismo yo, desde luego. A menos que se piense en un yo superior, pero ésta sería una idea más, sin ninguna realidad, lo que además puede conducir a una inflación peligrosa. Sólo cabe observarnos en nuestro vivir y convivir, estar atentos a nuestras reacciones. Tal vez esto vaya debilitando las barreras.

En tus Reflexiones sobre la Ciudad Moderna hablas del “eclipse del alma” frente a lo utilitario. ¿Es posible revitalizar el alma frente al pragmatismo de lo cotidiano?

¿No crees que incluso dentro de esa cotidianidad pragmática tiene cabida la poesía?
Nosotros no podemos actuar sobre ella, es ella la que actúa sobre nosotros, y yo veo con mucha naturalidad, sin desdén, lo que llamas «el pragmatismo de lo cotidiano». Este viene a ser lo que hacemos todos los días y está cubierto por la costumbre, ese poderoso velo que nos hace olvidar el misterio que todo lo impregna, incluso la llamada vida corriente. Me pregunto cuál es el sentido de esta expresión. ¿Es que hay otra vida distinta a la corriente? La vida es una. Sólo hay que quitar ese velo para verla en su verdadera dimensión haciéndose de unos ojos nuevos. Tampoco tenemos por qué separar de ella a la poesía. Todo está entrelazado, pero nos gusta tanto dividir.

En Dichos afirmas «Cada instante es un regalo. Esto nos debería volver humildes y hacernos dar las gracias. ¿A quién?» ¿Te has respondido en algún momento esa pregunta?
Sí, se trata de eso desconocido, sin nombre, de donde todo brota y a donde todo vuelve. Como ves, esta no es una respuesta porque no puede haberla. Es sólo una invitación al silencio.

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