Soledad Morillo Belloso Casas muertas

En 1978 se produjo en Guyana el mayor suicidio colectivo registrado en la historia. Jones envenenó a la gente del complejo que había fundado y también tomó de la pócima letal. La mayoría de los suicidas no sabían que lo que contenía ese vaso del cual bebían los conduciría a la muerte. Jones y algunos de sus oficiales actuaron con premeditación y alevosía.

Creo que Maduro no se va a suicidar. En una mezcla licuada de ignorancia sobre los más elementales asuntos de la gestión pública y las ciencias económicas y sociales, desprecio por el conocimiento y el saber, irrespeto a la condición humana de los venezolanos, malandrismo irredento, irrelevancia moral y mera y simple estupidez, es el líder de la conversión de la crisis en debacle.

El próximo peldaño es el colapso. Le quedan dos opciones:

a. Agarra las páginas que le arrancó al libro del plan y las pone en práctica haciendo del paquetazo un programa completo y con algunas posibilidades de supervivencia, o,

b. Una noche oscura se va a ir o lo van a ir (en pijama).

Digamos las cosas como son, “a calzón quitao”. Lo que Maduro ha anunciado es una monstruosidad, tanto para los estándares del pensamiento de izquierda como de la orilla de enfrente. Esto no es ni un plan comunista ni un plan neoliberal. Esto es un plan idiota.

Ya no se trata de si Maduro ha tenido un patético desempeño. Tampoco es cuestión de mirada hacia un futuro incierto. Hoy no hay incertidumbre. Hay certezas. Este plan macabro hace de la crisis una debacle y en breve va a convertir la debacle en un doloroso colapso.

¿Quiénes se benefician de este plan?

Los enchufados lavarán rápida y con toda legalidad aquí mismito en Venezuela el dinero robado y generarán una burbujita que será insultantemente evidente pero que no producirá ni un brinquito en el PIB.

Los que quieren invertir en Venezuela y que “están como caimán en boca e’ caño” (chinos, rusos, indios, iraníes, turcos, sudafricanos, bolivianos…. y también europeos, australianos, indonesios, filipinos, saudíes, qataríes, canadienses y un largo etcétera) y que se sientan a esperar echándose aire fresco que el costo de esas inversiones sea cada vez menor (a precio de gallina flacuchenta) y sea de tal magnitud el desastre en Venezuela que ellos pasen de ser “deseables” a “irremediablemente indispensables”.

Ya puede English live y el tipo de la chaqueta rosada ir ampliando su oferta de clases on line al ruso, hindi, mandarín, cantonés, turco, farsí, tagalo, árabe, francés, portugués, holandés, polaco, húngaro, etcétera.

Y las agencias de diseño ya pueden ir boceteando los logotipos de las nuevas corporaciones multinacionales en áreas como petróleo y derivados, gas, electricidad, telefonía y telecomunicaciones, puertos y aeropuertos, autopistas, minería y metales, agua y, claro está, ese montón de empresas que el régimen expropió en agroindustria, manufactura, servicios, etcétera.

Porque tengamos claro como agüita de lluvia que el plan que anunció Maduro no hay cómo financiarlo sin ingresos nuevos. Tal como está planteado, el dinero para costearlo sale de nuestros anoréxicos bolsillos y por ende, no responde a la pregunta que habría formulado él nunca suficientemente bien ponderado Miquilena “¿Cómo se come eso?”.

En estos despelotes, terminan haciéndose de dinero fácil los oportunistas, esos que van a vender a altos precios todos los productos que van a escasear y principalmente van a cosechar en el nuevo negocio de la gasolina revendida a quienes no tengan el “carné”.

Van a ganar mucha plata los traficantes que agencien los papeles, el viaje y el cruce de fronteras de los millones que se van a ir a ir del país no ya en diáspora, sino en estampida.

Los militares. Como Maduro les tiene pánico, siempre los va a tener sobre almohadones de plumas.

¿Quiénes nos jorobamos con este plan idiota?

Los decentes. Los que nunca nos hemos robado ni un medio partido por la mitad. Los que vemos devaluados todos los bienes que adquirimos con dinero producto del trabajo honesto. Los que no tenemos fortunas en paraísos fiscales. Los que vemos cómo cada ida al mercado se convierte en un ejercicio de hacer maromas para que la ingesta de kilocalorias no sea tan baja que nos convierta en esqueletos ambulantes. Los que tenemos que, por prescripción facultativa, tomar medicamentos cada vez más costosos. Los que ya no sabemos en qué parte del presupuesto cortar.

Los miles de pequeños y medianos empresarios que han mantenido sus puertas abiertas en medio de una crisis sin parangón y ahora ven que el paquete no hace sino sumar peso hacia la quiebra.

Las medianas y grandes empresas venezolanas que no han hecho sino usar toda la inteligencia para seguir produciendo y sirviendo y lo que tienen por delante es la oferta de un gobierno que saca los colmillos.

El sistema de servicios del estado venezolano, en sus diversas categorías, en ruinas, cuyos funcionarios no tienen cómo prestar a los ciudadanos una atención con un mínimo de calidad.

Los pobres. Convertidos en miserables. Condenados a una vida de mendicidad.

Los ancianos, los enfermos, los encarcelados, los que sufren de alguna incapacidad física o intelectual. Para ellos no habrá ni el más elemental cuidado, porque Venezuela no tiene cómo pagar lo que cuestan.

Los profesionales de áreas fundamentales como la salud, la educación, la seguridad. Años de años de dejar las pestañas pegadas en los libros, años de años de trabajo con visión de futuro para que venga un señor con un plan a hacer añicos el presente y el porvenir.

Maduro pasará a la historia como el que convirtió a Venezuela en casas muertas.

soledadmorillobelloso@gmail.com
@solmorillob

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