Texto íntegro palabras de monseñor José Luis Azuaje Ayala CEV 07/072018

PALABRAS DE MONSEÑOR JOSÉ LUIS AZUAJE AYALA, ARZOBISPO ELECTO DE MARACAIBO Y PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA EN LA APERTURA DE LA CX ASAMBLEA ORDINARIA PLENARIA.

Caracas del 07 de julio de 2018

Sr. Cardenal: Baltazar Enrique Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida, Presidentes de Honor de la CEV

Sres. Hermanos Arzobispos y Obispos de Venezuela.

Rvdo. Mons. Paul Butnaru, encargado de negocios de la Nunciatura Apostólica en Venezuela.

Rvdo. Padre Francisco José Virtuoso, Rector de la Universidad Católica Andrés Bello

Estimados Superiores y Superioras Mayores y Miembros de la Vida Consagrada.

Sres. Representantes de los diversos organismos eclesiales

Miembros de la Junta Directiva del Consejo Nacional de Laicos (CNL)

Sres. Directiva de la Asociación venezolana de Educación (AVEC).

Sres. Pbros. Subsecretarios de la CEV y Presbíteros invitados.

Sres. Directores de los Departamentos del Secretariado Permanente del Episcopado Venezolano (SPEV)

Sres. Representantes de los Medios de Comunicación Social

Distinguidos Invitados e invitadas.

Amigos todos.

SALUTACIÓN.

Animados por el Espíritu Santo y viviendo la comunión fraterna en la responsabilidad que tenemos como obispos ante los cristianos católicos del país, abrimos la Centésima Décima Asamblea Ordinaria Plenaria del Episcopado Venezolano en un clima de cercanía eclesial, ferviente oración, discernimiento pastoral y diálogo respetuoso.

Estatutariamente nuestra Asamblea Episcopal es convocada los meses de enero donde se hace más énfasis en la realidad social del país, y en el mes de julio donde el énfasis va dirigido a la realidad eclesial, que no se distancia de lo social, sino que lo incluye como telón de fondo donde todo inicia y todo concluye.

Iniciando estas palabras quisiera enviar en nombre de esta Iglesia que peregrina en Venezuela y de nuestra Conferencia Episcopal un saludo solidario y de cercanía espiritual a todo el pueblo Nicaragüense y a sus Pastores, miembros de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, ante la situación de violencia que se ha generado en el país a causa de las protestas cívicas por los males que sufre el pueblo. Que el diálogo y la concertación sean el camino que los conduzca a la paz y el bienestar integral.

1. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia Jn 1,16.

A pesar de la difícil realidad que se vive en el país, la Iglesia sigue su marcha testimonial desde los distintos contextos de servicio eclesial. En los últimos tres años ha habido una renovación del episcopado con el nombramiento de nuevos obispos en su mayoría provenientes de servicios parroquiales, lo que implica de por sí una experiencia en el ámbito pastoral; esto enmarca a nuestra Conferencia Episcopal como una de las más jóvenes en la edad de sus miembros y esto nos llena no solo de alegría, sino de responsabilidad ante los retos presentes.

Esta renovación no ha cesado y ha venido acompañada con la creación de la Diócesis del Tigre y el nombramiento de su primer obispo en la persona de Mons. José Manuel Romero, a quien le deseamos un servicio pastoral alegre y lleno de muchos frutos evangelizadores. También el Papa Francisco ha nombrado dos nuevos Arzobispos en la persona de Mons. Jesús González de Zárate como nuevo Arzobispo de Cumaná y en mi persona como nuevo Arzobispo de Maracaibo. Estos nuevos servicios nos comprometen a ser testigos de Cristo resucitado en medio de un pueblo crucificado. Agradecemos vivamente el servicio pastoral prestado hasta ahora en esas arquidiócesis a nuestros queridos hermanos mayores Diego Rafael Padrón Sánchez y Ubaldo Ramón Santana Sequera. Ellos no se retiran a un mundo tranquilo, sino que como “eméritos” tienen un puesto de servicio diferente en nuestra Iglesia, su experiencia, su historia de vida les hace merecedores de ser guías para las nuevas generaciones episcopales. Realmente estamos agradecidos por su testimonio de vida y de servicio eclesial.

Nos alegra mucho compartir el gozo de la Diócesis de Puerto Cabello al aperturar el Año Jubilar de 25 años de servicio eclesial como Diócesis, con inmensas experiencias pastorales y humanitarias y con proyectos futuros que la consolidan como servidora desde su especificidad dada por estar a orillas del mar. En esta historia pastoral han tomado el timón: Mons. Ramón Linares como primer Obispo, Mons. Ramón Viloria como segundo obispo y nuestro hermano Saúl Figueroa como tercer y actual Obispo, a quien saludamos y expresamos nuestra alegría y felicitaciones, enviando un mensaje de cercanía solidaria a todo el pueblo de Dios que peregrina en Puerto Cabello.

Desde que se inició el 2018, hemos escuchado los avances en los Sínodos tanto de los jóvenes como el de la amazonia. El sínodo de los jóvenes que se realizará en el mes de octubre próximo nos pone ante el reto de volver a renovar la opción preferencial por los jóvenes dada en la III Conferencia Episcopal Latinoamericana en Puebla. Tenemos un país de jóvenes que se nos están yendo, que están en salida humanitaria. Se trasladan con los riesgos que esto acarrea en búsqueda de nuevos horizontes que esta realidad venezolana a la que se le ha sometido, no les ofrece. Hay varios verbos propuestos en el documento preparatorio sobre el Sínodo, verbos que nos deben accionar a una búsqueda decidida de evangelización de los jóvenes por otros jóvenes: Reconocer, interpretar y elegir; además, salir, ver y llamar. Tendremos una gran oportunidad para redimensionar la pastoral juvenil en el encuentro nacional de jóvenes (ENAJÓ) a celebrarse del dos al cuatro de agosto próximo. Momento de evangelización, de encuentro entre los jóvenes con Cristo y con el pueblo, de sentido eclesial y de fortalecimiento de la fe. Las Iglesias particulares del oriente del País, teniendo como centro la Diócesis de Barcelona, se alegrarán porque Cristo joven estará ahí presente en cada uno de los participantes. El sínodo de los jóvenes nos da una oportunidad para volver a preguntarnos sobre los procesos de evangelización dirigidos a los jóvenes, ahora con el componente de la fe y discernimiento vocacional desde una acción pastoral al servicio de ellos.

También estamos preparando el Sínodo especial de la Amazonía. Este es un sínodo que tiene una característica propia: es territorial y afecta directamente a 9 países de la región, pero indirectamente afecta al mundo entero, porque la Amazonía es uno de los grandes pulmones del mundo por sus riquezas en culturas indígenas, en biodiversidad natural y riquezas impensables en el subsuelo, en sus ríos y su fauna. Creo que debemos mirar con mayor atención la propuesta del Papa Francisco al querer convocar este Sínodo que no sólo tiene relación con el Vicariato de Puerto Ayacucho, sino con toda Venezuela. Por eso tendremos en nuestra Asamblea un espacio para iniciar esta reflexión sinodal, dirigida por nuestro querido hermano Mons. Divassón, quien nos representa en la Red eclesial Panamazónica (REPAM), una de las instituciones encargadas de organizar el Sínodo.

Desde esta perspectiva de servicio eclesial tendremos presente la conmemoración de los 50 años de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín, que fue inaugurada por el beato y pronto Santo, Pablo VI, en Bogotá el 24 de agosto de 1968. Recordar a Medellín en estos momentos en que vivimos grandes injusticias en Venezuela es motivo de esperanza. Con Medellín se inició un proceso interesantísimo de renovación eclesial y de compromiso por los más pobres de nuestro continente. La lectura que los obispos de ese entonces hicieron de la realidad latinoamericana, el fervor de poner al día a la Iglesia asumiendo el Concilio Vaticano II recién concluido el 8 de Diciembre del año 1965, y la expresión de servicio a los más pobres, cambió la historia de nuestra Iglesia en su servicio a la humanidad latinoamericana. El pacto de las Catacumbas asumido por varios Obispos de nuestra región, a los que posteriormente se sumaron muchos más, fue un primer impulso para hacer de nuestra Iglesia un espacio testimonial y de servicio a los más vulnerables. Hoy esa experiencia se extiende al mundo entero con el Papa Francisco y su visión eclesiológica de una Iglesia testimonial y misericordiosa, que a pesar de los riesgos de salir manchada por servir a la humanidad, no puede detenerse ante las injusticias que corroe la cultura y el alma de nuestros pueblos. Como Episcopado nos hemos propuesto hacer una reflexión recordatoria e inspiradora de Medellín en el mes de Octubre, después del Sínodo de los jóvenes.

Un gran acontecimiento hemos celebrado en nuestro país con la Beatificación de la Madre Carmen Rendiles, fundadora de las hermanas Siervas de Jesús. Es la tercera mujer nacida en nuestra tierra venezolana, que con una experiencia de Dios y en respuesta a su llamada, hizo de su vida una ofrenda convirtiéndose en una bendición para aquellos a quienes sirvió desde su vocación religiosa. Fue una mujer valiente y decidida, y así un referente para todos los bautizados, en especial para la mujer venezolana que día a día trabaja, cuida sus hijos y sufre por su familia. Hoy ante tantas carencias en nuestro pueblo, se multiplican las Carmen Rendiles en nuestras comunidades, servir a un pueblo pobre es la consigna. Ya las comunidades religiosas lo hacen desde siempre y debemos bendecir a Dios por regalarnos el don de la vocación femenina en la vida religiosa, su entrega, sus desvelos humanos y evangelizadores, el llegar a donde otros no llegan, el ser fermento de santidad en nuestro país, es algo que nos hace permanecer con esperanza. Debemos seguir orando pare ver en los altares a otros insignes venezolanos, algunos desde el testimonio laical como el Dr. José Gregorio Hernández. El clamor es que falta un milagro. Dios nos escuchará.

Relacionado con la vivencia de la santidad, el Papa Francisco nos sorprendió el 9 de abril de este año con una nueva exhortación apostólica, Gaudete et exsultate, sobre la llamada a la santidad en el mundo actual. Esta nueva exhortación viene a completar una trilogía muy significativa para nosotros los cristianos católicos: Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), calificada por él mismo como el texto programático de su pontificado; Amoris Laetitia (La alegría del amor), una reflexión sobre el amor cristiano y sobre la teología y la moral del matrimonio y la familia; y la Gaudete et Exsultate (Alégrense y regocíjense) frase que remite al sermón de la montaña y a las bienaventuranzas. Si nos fijamos hay la repetición de la palabra Gaudium (alegría, gozo, paz), como una fuerza motivadora a lo cristiano para emprender la marcha cotidiana de nuestras responsabilidades en el mundo. Ser personas alegres a pesar de los problemas, que viven el gozo de la resurrección y trabajan por la paz en medio de grandes dificultades. Esta Exhortación debe llegar a todos. En ella el Papa Francisco recoge lo que reconoció el Concilio Vaticano II: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre”

Me he detenido un poco en este documento porque considero que es esencial en este tiempo que vive el pueblo venezolano. Muchos de las personas que han llevado a la quiebra a este país se jactan de ser cristianos católicos, de ser devotos de no se qué santo; no podemos juzgar las intenciones de cada persona, porque cada uno nos enfrentaremos al juicio del amor, pero si podemos aprender de la historia que no todo el que diga “Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre”, y creo que el mensaje propuesto en Juan 10,10 es fundamental: “He venido para que todos tengan vida y vida en abundancia”. Entonces seamos serios. Cuando hemos pasado por una historia tan nefasta como la vivida entre el 19 de abril y julio del año pasado donde fueron asesinados más de 130 personas, la mayoría jóvenes estudiantes y que solo se recuerdan como producto de “guarimbas”; por el amor de Dios, que falta de humanidad; eran seres humanos, eran hijos de madres que hoy lloran su ausencia. No eran cosas que había que eliminar, que sacar del camino. Creo que la propuesta del Papa es muy sensata cuando dice: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante”.

En este ámbito de santidad hemos recibido la grata noticia de la Canonización del Papa Pablo VI y de nuestro querido Mons. Oscar Arnulfo Romero. Dos hombres de Dios que sirvieron a la Iglesia bajo condiciones adversas. El Papa Pablo VI, quien tuvo la responsabilidad de proseguir las sesiones del Concilio Vaticano II y la puesta en práctica de sus documentos en situaciones de cambio cultural en el mundo, con el paso de la cristiandad a un servicio humilde, dialogante, de la Iglesia con el mundo y en el mundo; y Mons. Romero, quien nos enseña a darlo todo por el todo en bien del pueblo oprimido, a no callar aunque la adversidad y las amenazas quieran silenciar la voz profética de la Iglesia. Para estos tiempos que vivimos es importante tener referentes; estos dos santos varones son esenciales en nuestro tiempo, además Mons. Romero es copatrono de todas las Caritas del mundo entero, cosa que nos llena de esperanza. Igualmente ha sido anunciada la beatificación de Mons. Enrique Angelelli, Argentino, quien fuera asesinado por sus convicciones de fe y de compromiso social por su pueblo.

La situación de empobrecimiento a la que ha sido sometido nuestro pueblo venezolano ha interpelado de manera más profunda las instancias de servicio de nuestra Iglesia, quien ha tenido que realizar no solo un trabajo ordinario, sino también subsidiario de instancias que le compete al estado venezolano en materia alimentaria, educativa y de salud. Diariamente miles de personas acuden a nuestros servicios institucionales en las parroquias, curias episcopales, escuelas parroquiales, Caritas nacional, diocesana y parroquiales. Tantas veces la demanda sobre pasa la oferta, porque no tenemos los recursos necesarios para atender esta emergencia humanitaria provocada por las nefastas políticas de empobrecimiento.

Una de las instituciones, entre muchas otras, que está sirviendo a nuestro pueblo empobrecido es Caritas en sus distintos niveles. Somos testigos que es una institución que está dando respuestas a las ingentes necesidades de la población en las áreas de alimentación y nutrición, agua, saneamiento e higiene, fomento de capacidades comunitarias, construcción de paz, incidencia política, evangelización de lo social, acompañamiento y fortalecimiento institucional. Este año se han organizado más caritas parroquiales que en años anteriores, lo que significa el valor del voluntariado católico en el área social. Por eso, detrás del programa SAMAN para nutrición de niños y creación de oportunidades a la familia, o detrás de una olla solidaria, o de una botica parroquial, hay un cúmulo de experiencias significativas y de un gran valor comunitario. La gente participa y toma decisiones, se habla de futuro, se da esperanza y no solo cosas, se dialoga sobre el país, sobre la situación de la comunidad, se activan mecanismos de servicios. Caritas seguirá trabajando y sirviendo a las comunidades, nada ni nadie la detendrá porque actualmente es un signo de cercanía, de tocar el sufrimiento. Aprovecho este momento para agradecer a toda la red de Caritas Internationalis y de América Latina y El Caribe, por los signos de solidaridad y cercanía que han tenido para con nuestro pueblo; igualmente tantas Iglesias hermanas de otros países, Conferencias Episcopales y Diócesis que se han solidarizado con nuestro pueblo a través de nuestras instituciones. Gracias por la hermandad y por hacernos conscientes que no estamos solos en esta lucha de llevar vida y dignidad a nuestro pueblo.

Un gran acontecimiento eclesial que tiene directamente que ver con nuestras Iglesias particulares y con los miembros de nuestra Conferencia Episcopal es la Visita Ad Limina Apostulorum que realizaremos los obispos el próximo mes de septiembre en Roma. La visita Ad Limina tiene dos objetivos focales: venerar los sepulcros de San Pedro y San Pablo, y tener un encuentro con el Papa Francisco. Estas dos referencias tiene la finalidad de expresar la comunión y unidad de la Iglesia con Jesucristo, y afirmar la responsabilidad en la custodia del depósito de la fe y la verdad transmitida por los Apóstoles. Más significativa es esta visita porque presentamos el trabajo de tantos agentes de pastoral en las distintas áreas de servicio, como testimonio de la fuerza viva que el Espíritu Santo suscita en nuestras Iglesias particulares. Pedimos al pueblo de Dios que peregrina en Venezuela, nos acompañe con su oración. Los Obispos aprobaremos y promulgaremos una Carta Pastoral donde especificamos todo lo concerniente a la Visita ad Limina y el porqué de nuestro encuentro en Roma del 4 al 17 de Septiembre próximo.

He querido dejar de último en este recorrido eclesial la mención de nuestro plan trienal; es el plan de la Conferencia Episcopal que será ejecutado por el Secretariado permanente con sus departamentos. Ha sido consensuado con los vicarios de pastoral de nuestras diócesis, las comisiones episcopales y los directores de los departamentos; ha sido un ejercicio de discernimiento y comunión buscando siempre el interés de nuestro pueblo y los procesos más explícitos de evangelización. Su marco de referencia ha sido la realidad de nuestros pueblos, sustentado por la misericordia y la centralidad en Cristo, para testimoniar la caridad cristiana en todas las dimensiones de la vida. Quiero agradecer vivamente a todos los que trabajaron en él.

II.-Panorama nacional.

Después de este recorrido de algunas acciones eclesiales, permítanme expresar algunos elementos de reflexión desde el ámbito social. Debo recordar que de esta Asamblea Episcopal saldrá a la luz pública nuestra exhortación pastoral que abarca elementos de la realidad nacional.

La Iglesia es pueblo, un pueblo que es de Dios pero que se hace presente en la realidad social, por lo que vive y padece todo lo que los hombres y mujeres de esta querida tierra experimentan de negativo ante esta crisis globalizada. Por tanto, la Iglesia no está aislada, sino en medio del pueblo para servir y amar con preferencia a los que sufren y padecen, y compartir su riqueza, Jesucristo, con todos y todas. La Iglesia no es un cuerpo extraño ni mucho menos salvadora de situaciones contingentes, sino servidora de la vida desde el amor y la misericordia.

Después de unas elecciones presidenciales que ha generado más dudas que certezas, en la actual condición del país, el pueblo se hace algunas preguntas: y ahora ¿qué vamos a hacer?, ¿cuál es el camino a recorrer?, y hace una de las afirmaciones más sentidas: vivimos desesperanzados ante una situación injusta que nos ahoga. Ante esta situación recordemos las palabras del Papa San Juan Pablo II: “Cristo parecía impotente en la cruz. Pero Dios siempre puede más”; y el amor vence siempre, ese amor que está clavado en la Cruz, en los crucificados que va dejando esta perversa ideología y sistema de gobierno; pero ante esto debemos recordar que el amor vence siempre, y venció desde la cruz, desde los crucificados, desde el no hombre, desde la nada, desde la muerte.

Como ciudadano me pongo a pensar en las oportunidades de desarrollo que se han perdido en el país; por un lado, ante la implantación de un modelo político, como es el modelo totalitario y hegemónico por el que lucha una minoría, que ha generado pobreza en el pueblo; y por otro lado, un liderazgo opositor fragmentado, con proyectos individuales que apuntan a la toma del poder sin un proyecto país. Ante esto, el pueblo va hablando, se va sintiendo, va alzando cada día su voz.

Es la otra Venezuela que va despertando poco a poco, la Venezuela de la mayoría que se ha sentido engañada, pero que cada día se hace más consciente de su situación y se hace más solidaria, sencilla, sin arrogancia; son personas de nuestros pueblos, de nuestros barrios, de nuestros campos, de nuestras aldeas, de nuestros profesionales que han sido empobrecidos y que hoy salen a las calles a protestar por la falta de insumos y recursos para su trabajo, de nuestras madres que madrugan para hacer las injustas colas en la adquisición de alimentos y medicinas para sus hijos; las personas que día a día trabajan y luchan por sus familias, por sus ideales; esa que reza en su casa por los hijos que se les fueron, la que tantas veces se siente engañada por quienes negocian con la política y viven peleándose una cuota de poder; por estas personas es la apuesta de nuestra Iglesia en salida y de tantas instituciones nacionales e internacionales. Por tanto, es un clamor despertar y reaccionar, es el momento del encuentro como país. Debemos recordar que los cambios vienen de las periferias.

El Papa emérito Benedicto XVI dice: “el primer servicio que presta la fe a la política es, pues, liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre algo difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos” (1).

¿Será que en Venezuela solo nos hemos enfrentado a lo posible con consignas sesgadas del “ahora sí”, “ya es el momento”, “es inevitable”, etc?. Parecen tópicos creados en un laboratorio y no es mentes ilustradas. Dar esperanza no es algo instantáneo, está de por medio el testimonio de entrega y de caminar con el pueblo, no como salvadores, sino como compañeros de camino. Es tener la audacia de plantear alternativas viables construidas entre todos cuyos enfoques deben ser: la dignidad de la persona humana y la búsqueda del bien común que pasa por un sistema político ético y al servicio de todos. Es tener también la sensatez de saber contra que o quien se lucha. Este es el liderazgo que hay que crear y valorar.

Para nosotros los cristianos es retador este tiempo, porque estamos llamados al bien, a ser constructores de lo bueno, lo noble. La Carta de Pedro nos advierte: “Pero jamás alguno de ustedes padezca por asesino o ladrón” (1Pe 4,15). Los ciudadanos tenemos el arma democrática de la resistencia, más aún como cristianos bajo la lógica del amor y el bien común; nos resistimos cuando el Estado exige la negación del bien, de la justicia, cuando exige el mal. Ahí está el cristiano para resistirse a ello y para contrarrestar esta actitud con el bien, con lo justo desde su propia libertad. Aquí entra en juego la fe y no tanto los cálculos políticos. El centro de interés debe estar en el bienestar del pueblo, de la familia humana, en la promoción de la dignidad humana y de sus derechos, haciendo énfasis en el cumplimiento de sus deberes cuando las condiciones normales lo permitan.

Un factor fundamental es reconstruir el liderazgo social, no solo desde las cúpulas, sino desde las bases sociales. Esto no es algo instantáneo, sino un empeño constructivo y de concientización que vaya permitiendo vencer pequeñas batallas hasta lograr revertir el mal que engendra a una sociedad de necesitados. Tantas iniciativas que caminan cada una por su lado, donde se cree que la perfección y la razón les protegen individualmente, sin acceso a la riqueza del otro. Venezuela no se reconstruye a pedazos, ni puede esperar ensayar cada una de las propuestas, por lo que hay la necesidad de la unidad, de verse las caras, de buscar puntos comunes, de dejar la arrogancia política de la perfección.

Este pueblo está hablando. Las miles de protestas que se suceden diariamente, aunque no se reportan en los medios de comunicación, manifiestan el gran descontento que existe ante el sometimiento de unas improvisaciones que enmarca el sistema e indican la falta de racionalidad y pericia de quienes deben tomar decisiones en materia pública. Estas protestas indican el fracaso de un modelo que a grito y desde hace muchos años el pueblo viene denunciando. Pero cuando una mecha se ha encendido, ya no se apaga y se va haciendo más fuerte hacia su destino final: la liberación integral.

Muchas Gracias.

(1). Benedicto XVI. “Los cristianos ante los totalitarismos, en Joseph Ratzinger. Benedicto XVI. Liberar la libertad. Fe y política en el tercer milenio. BAC. Madrid, 2018. P. 76

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