The NY Times ANDREW REINER Enseñando a los hombres a ser honestos con sus emociones

hombres no lloran(Por ANDREW REINER 20 abril 2016) El semestre pasado, una estudiante en una clase sobre masculinidad mostró un video que había encontrado en línea de un niño al que le ponían lo que parecían ser sus primeras vacunas. Fuera de cámara, escuchamos la voz de su padre: “Voy a tomarte de la mano, ¿está bien?”. Después, conforme su hijo se pone más nervioso: “¡No llores!… ¡Vamos, niño grande! ¡Dame cinco, dame cinco! Di que eres un hombre: ‘¡Soy un hombre!’”. El video termina con el niño sollozante con cara de enojado golpeándose el pecho. “¡Soy un hombre!”, dice con lágrimas en el rostro y los dientes apretados.

El video casero era muy pertinente, pues ilustraba la lección de la clase: cómo a los niños se les enseña, a veces con las mejores intenciones, que transformen su sufrimiento emocional en enojo. De manera más inmediata, el video capturó concisamente los primeros pasos de una identidad masculina que lucha consigo misma.

No es cualquier cosa. Como lo descubren los estudiantes en este curso, un seminario del Honors College titulado “Real Men Smile: The Changing Face of Masculinity” (“Los hombres de verdad sonríen: el rostro cambiante de la masculinidad”), lo que al parecer necesitan los niños es lo mismo que temen. Sin embargo, cuando los hacen inmunes a esta honestidad emocional más profunda, los resultados tienen consecuencias trascendentales y a menudo devastadoras.

A pesar del surgimiento del metrosexual y un aumento en el número de padres que se quedan en casa, los estereotipos del tipo rudo son duros de matar. Mientras los hombres siguen rezagándose en comparación con las mujeres en la universidad y las superan cuatro a una en la tasa de suicidios, algunos colegas están dándose cuenta del hecho de que los hombres podrían tener la necesidad de aprender a pensar más allá de sus propios estereotipos.

En muchas maneras, los jóvenes que toman mi seminario –por lo general es el 20 por ciento de la clase– reflejan las tendencias nacionales. Con base en sus calificaciones y sus trabajos escritos, está claro que pasan menos tiempo haciendo la tarea que las jóvenes estudiantes, y aunque son igual de inteligentes, sacan calificaciones más bajas con una indiferencia ensayada.

En un informe basado en el libro de 2013 “The Rise of Women: The Growing Gender Gap in Education and What It Means for American Schools” (“El ascenso de las mujeres: la diferencia creciente en la educación y lo que esto significa para las escuelas estadounidenses”), los sociólogos Thomas A. DiPrete y Claudia Buchmann observan: “El menor rendimiento de los niños en las escuelas tiene que ver más con las normas de la sociedad acerca de la masculinidad que con la anatomía, las hormonas o la estructura cerebral. De hecho, los niños que se involucran en actividades culturales extracurriculares como la música, el el arte, el drama y las lenguas extranjeras obtienen niveles más altos de compromiso escolar y mejores calificaciones que los otros niños. Pero los niños preadolescentes y adolescentes a menudo denigran estas actividades culturales y las tachan de no ser masculinas”.

Continue reading the main storyPhoto

Credit Ben Wiseman para The New York Times
En toda la escuela primaria y después de esta, escriben los autores, las niñas muestran consistentemente “habilidades sociales y de comportamiento más altas”, lo cual se traduce en “tasas más altas de aprendizaje cognitivo” y “niveles más altos de compromiso académico”.

No debería sorprendernos que la tasa de inscripciones de mujeres en la universidad haya superado la de los hombres. En 1994, de acuerdo con un análisis del Pew Research Center, 63 por ciento de los hombres se inscribieron en la universidad en Estados Unidos justo después de terminar la preparatoria; para 2012, el porcentaje de mujeres jóvenes había aumentado a 71 por ciento, pero el porcentaje de hombres no cambió.

Para el momento en que muchos hombres jóvenes llegan a la universidad, un estereotipo de género muy arraigado ha echado raíces que se alimentan de las historias que han escuchado sobre ellos mismos como estudiantes. Es mejor ganar tu masculinidad que tener éxito como una chica, todo por tener que probar constantemente una identidad a sí mismos y a los otros.

La clase “Real Men Smile”, que examina cómo han cambiado o no las percepciones de masculinidad desde el siglo XVIII, se originó a partir de una conferencia provocadora que dio Michael Kimmel, el investigador y autor dedicado al campo en crecimiento de los estudios de masculinidad.

El Dr. Kimmel vino a mi campus en la Towson University en 2011 para hablar sobre el “Bro Code”, que dicta la etiqueta universitaria de los hombres. En su charla, deconstruyó el kit de supervivencia de muchos estudiantes varones, blancos, de clase media: la pornografía en línea, beber en exceso, una hermandad en la que el respeto es proporcional a la falta de respeto que le infrinjan a las mujeres jóvenes durante el ligue y, finalmente, la afirmación más extendida de su débil poder: los videojuegos.

Mientras el Dr. Kimmel enfrentaba habilidosamente una tormenta de protestas, la atmósfera se hizo palpablemente tensa. Un hombre joven que usaba ropa con letras de una fraternidad se levantó. “Lo que usted no entiende es que a las chicas les gusta ligar tanto como a nosotros; ellas se nos acercan también”, dijo. El Dr. Kimmel negó con la cabeza, lo cual dejó evidentemente inquieto al estudiante.

Con voz temblorosa, el joven tartamudeó acerca de cómo las mujeres pueden ser tan insensibles e hirientes como los hombres. Sonaba como una víctima. Pero después cuando le pregunté si se había acercado a alguno de sus amigos para que lo aconsejaran o lo consolaran, se quedó viéndome, incrédulo: “No, yo puedo solo”.

Quería que la clase explorara este rasgo distintivo de la psique masculina: la vergüenza que sienten cuando experimentan cualquier tipo de tristeza, desesperanza o emoción fuerte que no sea la ira. Muchos hombres jóvenes, al igual que ese estudiante, se ponen máscaras convincentes, pero en el fondo no son quienes fingen ser.

Las investigaciones muestran lo que los profesores en la niñez temprana siempre han sabido: que desde la infancia hasta la edad de 4 o 5 los niños son más emotivos que las niñas. En 1999, un estudio de Harvard Medical School y Boston Children’s Hospital halló que era más probable que los niños de 6 meses tuvieran “expresiones faciales de enojo, que se comportaran mimados, hicieran señas para que los cargaran” y “tendían a llorar más que las niñas”.

“Los niños también estuvieron más orientados socialmente que las niñas”, indicó el informe; era más probable que miraran a su madre y “mostraran expresiones faciales de alegría”.

Esto se desarrolla en la obra de Niobe Way, una profesora de psicología aplicada de la Universidad de Nueva York. Después de 20 años de investigación, la Dra. Way concluye que muchos niños, especialmente adolescentes tempranos y medios, desarrollan amistades profundas y significativas, con lo que compiten fácilmente con las mujeres en cuanto a su honestidad emocional e intimidad.

Pero les quitamos esa debilidad mediante la socialización. Una vez que llegan a los 15 o 16 años, “comienzan a sonar como estereotipos de género”, escribe la Dra. Way en “Deep Secrets: Boys’ Friendships and the Crisis of Connection” (“Secretos Profundos: Las amistades de los varones y la crisis de conexión”). “Comienzan a utilizar frases como ‘no soy homo’… y nos dicen que no tienen tiempo para sus amigos, aunque su deseo de mantener ese tipo de relaciones sigue ahí”.

Algunos críticos culturales ven una relación entre una creciente vulnerabilidad emocional con la erosión del privilegio masculino y todo lo que conlleva. Esta amenaza percibida de disminución del poder revela defectos espantosos y a veces amenazantes en la psique masculina. Los expertos señalan los ataques sexuales en las universidades e incluso los asesinatos en masa como los que ocurrieron en una universidad en Oregon y un cine en Colorado. Se creyó que estos atacantes compartían dos rasgos hipermasculinos: sentimientos de aislamiento profundo y una obsesión con la notoriedad viral.

Con todas las investigaciones que muestran que los hombres jóvenes sufren debajo de la gravedad de la masculinidad convencional, los estudios de los hombres están ganando validez como un campo por sí mismo, no solo una derivación de los estudios de la mujer.

¿Entonces por qué los campus no tienen más centros de estudio para los hombres? Hablar de darle poder emocionalmente a los hombres provoca que la gente voltee los ojos. Pero ¿acaso a las mujeres no les beneficiaría que se anime a los hombres para que acepten todas sus emociones? ¿Por qué seguimos limitando las vidas emocionales de los hombres si eso no le sirve a nadie? Esa pregunta es el plano retórico que les presento a los estudiantes antes de comenzar con lo que llamo el experimento del “Hombre Real”.

En esa actividad, los estudiantes entablan conversaciones con extraños para explorar, de primera mano, las normas socializadas de la masculinidad y para determinar si esas normas alientan una identidad saludable y sostenible.

Un estudiante exploró la cortina de silencio y ansiedad que flotan en la atmósfera de las habitaciones de los hombres en la universidad; dos estudiantes averiguaron cuáles eran las percepciones de género que tenían los niños en una tienda de juguetes. Uno de los proyectos más reveladores fue una presentación que creó un estudiante: se grabó a sí mismo y después a una amiga mientras fingían que lloraban en el vestíbulo lleno de gente de la biblioteca de la universidad, para así evaluar las reacciones distintas de quienes pasaban por ahí.

“¿Por qué crees que algunas mujeres jóvenes se detuvieron para ver si tu amiga estaba bien, pero nadie hizo lo mismo contigo?”, le pregunté.

Incluso en este punto del semestre, los estudiantes, algunos de los cuales han estudiado temas de género antes, parecían estar cegados cuando se trataba de sus propias suposiciones arraigadas. Así que su respuesta sorprendió a muchos. “Es como si tuviéramos miedo”, dijo, “de que el orden natural de las cosas colapse por completo”.

Andrew Reiner es profesor de literatura y estudios culturales en la Towson University de Maryland.

Comentarios:

Más ariculos
Cerrar

Titulares de La Bicha 22/09/2018 Desde ¿Por qué no te callas? hasta “No sea imbécil”

https://twitter.com/drwilfredobello/status/1043285949982097408?s=12 Muy buenos días, así es amigos en todas partes del mundo, ¡Aquí está la Bicha! agradecida de Dios porque hoy, como todos los sábados...