Victor Maldonado Manual de un colaboracionista perfecto |

Un colaboracionista es aquel que favorece la agenda y los objetivos de otro (Foto: Cristian Hernández @fortunecris)19/08/2017 11:24 AM

Victor Maldonado

Politólogo egresado de la UCV con Maestría en Desarrollo Organizacional de la UCAB. Directivo de la Cámara de Comercio de Caracas. En twitter es @vjmc

Comencemos por la definición más elemental. Un colaboracionista es aquel que favorece la agenda y los objetivos de otro. En política, el término tiene un origen terrible, y alude a quien coopera con el enemigo. Nos viene de la experiencia francesa en la segunda guerra mundial. Tuvo que ver con lo que fue el gobierno de Vichy, remedo de la república francesa, pero con los hilos manejados desde Berlín. En medio de una guerra en la que los franceses se dieron por vencidos demasiado temprano, el Mariscal Pétain llegó a una muy rápida conclusión: que nada se podía hacer ante la avanzada nazi, y por lo tanto, no había otra posibilidad mejor que una rendición pactada, un vasallaje disfrazado de supuesta independencia, una situación nada creíble, y en la misma medida insostenible, y que al final le costó la vida a más de 130 mil judíos, que bajo su gobierno fueron deportados hacia la muerte segura, en los campos de concentración nazi. El colaboracionismo, por tanto, no es nuevo. Es un espectro que aparece cada cierto tiempo, cuando el terror aprieta, y el coraje supuesto, desaparece. Se colabora cuando las opciones de decisión se asumen como si no se debieran a la moral o a la ética política, y cuando la excusa de la sobrevivencia se lleva por el medio cualquier amago de dignidad humana.

Los sistemas perversos no son necesariamente intencionados. Y por supuesto, nada que me resulte más perverso que cooperar con el mal, creyendo que se está haciendo lo debido. Decía M. L. King que “la comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices”. En su valiosa Carta desde la Cárcel de Birmingham de 1963, M. L. King hablaba del colaboracionismo pasivo del que se aprovechan los hombres de mala voluntad que “se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad”. Se quejaba el líder de los derechos civiles de la tibieza de los muchos que consentían un estatus quo abominable. “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos”. Denunciaba ese fatalismo degradado a falsas dicotomías que solo contribuían a asegurar las cadenas de los oprimidos, gracias a la falta de imaginación, y de coraje, de los que necesariamente debían sentirse involucrados. “El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por sí en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente…”. Nada peor que la resignación siempre dispuesta a la servil colaboración.

Colabora el que deja hacer, o el que ingenuamente compra como vías amplias los que no son otra cosa que callejones sin salida. Sus resultados son malos, pero a veces se mueven dentro de la lógica de los efectos contraintuitivos, la tragedia de los resultados no deseados, y de eso que señala el refrán popular, que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Pétain murió creyendo que él, y solo él, había defendido en esas horas oscuras los supremos intereses de su patria. Pero no fue así, colaboró, reprimió, no ahorró ni muertes ni sufrimientos, y al final fue juzgado severamente. Teniendo a su ejemplo a la vista, y a millares de sus émulos, la mayoría gente anónima, que dice operar de buena fe, para preservar sus intereses genuinos, el bienestar de su familia, sus compromisos ideológicos, pero también asumiendo como buen juicio la conjugación de sus peores vilezas, tal vez podríamos intentar organizar un manual para el colaboracionista perfecto.

Niegue que lo que estamos viviendo es un régimen autoritario. Insista en que son exageraciones. Que esto, de ninguna manera puede llamarse dictadura. Que a lo sumo es una “semi-democracia”, presta a volver a la normalidad con las próximas elecciones.

Niegue que vivimos un socialismo marxista con vocación totalitaria. Afirme que esto es una mafia enquistada en el poder, pero que de ninguna manera puede ser calificada como de izquierda. Que ninguno de ellos tiene ideología, que los planes socialistas no existen, y que El Plan de la Patria de ninguna manera conduce al Estado Comunal, o sea, al comunismo.

Compre como buenas todas las consignas pacifistas. Haga muy suyo el lema que dice “o dialogamos, o nos matamos”. Conviértase en un adalid del diálogo con el gobierno, sin importar la agenda, sin tener presente quienes son los mediadores o facilitadores, sin inventariar los costos. Aplauda esos comunicados en los que la oposición usa el lenguaje y los argumentos del régimen, y espere que, por esa vía, y por solo esa vía, se resuelvan los problemas del país.

Acepte el argumento de que “la violencia de lado y lado” ha deteriorado la convivencia social. Que tanto el gobierno como la oposición son igualmente culpables de los resultados en términos de víctimas de las protestas. No se ponga a creer esa tontería de que el gobierno es el único responsable. Reconozca que todos tienen culpa.

Apúntese a la campaña que plantea la dicotomía “o votos o balas”. Argumente con abundancia que la oposición solamente tiene votos. Y que el régimen está dispuesto a usar las balas con frugalidad. Por lo tanto, esas odiosas actividades de calle deben ser detenidas, para pasar al festival electoral, cuyo cronograma y condiciones se debe cumplir sin poner ninguna objeción.

Sea un ferviente defensor de que “no hay que ceder espacios al régimen”. Y, por lo tanto, hay que ir a las elecciones, aun cuando los costos de esa decisión sean legitimar al régimen constituyente y concederle tiempo al gobierno. Es más, usted no cree eso. Usted no convalida esa falacia interesada y odiosa que insiste en que se reconoce a la constituyente cuando se es interlocutor político de las instituciones que se les han subordinado y han aceptado su supremacía supraconstitucional.

Mantenga la firme convicción de que la MUD nunca se equivoca, pero que está siempre bombardeada por la anti-política, los radicales, el G2 cubano y por supuesto, el régimen. Compre cuanta teoría paranoica de la conspiración haya en el mercado para hacer pasar como conjuras y mala fe de otros lo que es en realidad falta de conducción política y de estrategia.

Erotice sus adhesiones políticas. Convierta a los líderes en santones inmarcesibles y merecedores de todo, absolutamente todo el reconocimiento que pueda darle. Conviértase en su perro de presa, trate de liderar su club de fans y practique con fe de carbonario las actividades propias de las beatas que operan en las redes sociales. Si puede, pídale a Mires su incorporación al chat desde donde se imparten las líneas maestras del establishment comunicacional.

Asuma que la juventud de los dirigentes políticos es una condición necesaria y suficiente para que sean infalibles.

Asuma que por la vía de las elecciones regionales se va a lograr el cambio político que todos en aspiramos. Reniegue de aquel que le diga que los gobernadores son solo agentes del ejecutivo nacional, y que la pugna por el presupuesto los aquieta. Apueste a que ganando 25 de las 23 gobernaciones en juego, se va a demostrar suficiente fuerza como para que haya la estampida esperada.

No coma el cuento de que las elecciones son trucadas. Y que la sustitución de la objetada Smartmatic por una empresa de Jesse Chacón no va a terminar ocasionando menos transparencia y más trampa. Asuma que con suficientes testigos de mesa cualquier peligro se puede conjurar. Olvídese de eso que dicen unos malintencionados de que “gana el que cuenta los votos”. Y dispóngase a votar con alegría, entusiasmo y esperanza.

Mantenga la convicción de que es un acto de coraje ciudadano el salir a votar en cualquier condición. No establezca diferencia alguna entre este momento de turbulencia constituyente y cualquiera de las anormalidades anteriores. Es más, ignore el fondo constituyente y no piense en la agenda de centralización del poder que trae consigo.

Por supuesto no piense que hay ninguna otra opción que el ir a votar. No considere que el votar en ambientes totalitarios le concede al régimen tiempo para consolidar el golpe, y reconocimiento por la vía de los hechos. Siga insistiendo que trabajar con el CNE no es reconocerlo, y que reconocer al CNE no es convalidar la Asamblea Constituyente.

Asuma que la política es para entendidos. Lo suyo es el silencio y el seguimiento incondicional a los líderes de hoy. Defiéndalos a capa y espada de cualquier crítica.

Cambie los términos de la relación entre mandante y mandatario. Ocupe el rol de mandatario cuando en realidad es el mandante, y transforme a los políticos en sus amos y señores.

Nunca olvide responder a las críticas con la pregunta “¿Y tú que propones?” que opera como el abracadabra de la incondicionalidad. Úsela siempre que se sienta incómodo con el comportamiento de sus líderes. Practíquelo como un mantra, diez veces al día, escríbalo en sus redes sociales contra todos aquellos que adopten una posición crítica.

Y, por último, practique la desmemoria. Pase por alto las contradicciones y las incongruencias. No se atreva a revisar lo escrito, declarado o dicho de una semana para otra. Finja demencia y no voltee ni hacia atrás ni hacia los lados. Porque si lo hace, puede ser que agarre desprevenido y sin máscaras a su verdadero dueño, esta embestida totalitaria que te necesita así, incondicional y colaboracionista, para mantenerse ellos en el poder, y a algunos selectos adherentes como ficción opositora.

¡Y que Dios nos agarre confesados!

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